284 — El Globo Rojo

Sal Nuñez

La Academia Americana de Pediatría recomienda, para la edad de mi nieta Luna, una exposición mínima a pantallas rápidas de televisión, tabletas o teléfonos. Y si uno decide mostrarles algo en una pantalla, que sea lento, sin diálogo veloz y en compañía de un adulto. El Globo Rojo es la película que casi todas las instituciones de educación cinematográfica citan como ejemplo. Es la más proyectada en escuelas Montessori para niños de 3 a 6 años en todo el mundo, porque cumple con los criterios de ser real, carecer de fantasía agresiva y estar desprovista de diálogo explicativo.

Hay ocasiones en que me encuentro repantigado viendo televisión y mi nieta Luna se sienta a mi lado. Pocas veces presta atención a lo mismo que yo miro, porque sabe que accederé a describirle, en párrafos largos, de qué trata esta clásica película infantil francesa sin diálogos. Busco en YouTube el título "El Globo Rojo" o "The Red Balloon" y le voy interpretando, despacio y en castellano cuidado, lo que ven sus ojos. Si noto que está dispuesta a poner atención durante media hora, actúo como narrador durante todo el tiempo que dura la película. Las ocasiones en que su atención ha durado menos de los 34 minutos que dura el film han sido pocas y poco memorables. Cuando su atención se acorta —porque algo la atrae más— suspendemos la actividad hasta que vuelve a pedírmela. Y la retomamos, la siguiente vez, desde el punto donde dejó de verla.

Mi propósito no es ampliarle el umbral de atención, sino ayudar a que su cerebro sostenga el enfoque. En una personita de 33 meses es improcedente hablar de "déficit de atención". Su cerebro está programado para tener una atención corta y saltar de un estímulo a otro. Que un niño de 2 años no aguante 10 minutos sentado no es un déficit: sencillamente tiene 24 meses. Lo que sí les está ocurriendo a los niños de hoy es que, sin querer, les estamos inculcando el tipo de atención más difícil de entrenar: la atención rápida y reactiva. Las caricaturas con cortes cada 2 segundos, con sonidos y cambios de color constantes, les enseñan a reaccionar. El Globo Rojo entrena para sostener la atención en espera de lo que viene después. El promedio de sus cortes es de 7 segundos. El cerebro a esa edad necesita entre 6 y 8 segundos para ver (1), entender (2) y predecir (3) qué va a pasar. El Globo Rojo le da tiempo para hacer las tres cosas. Por eso puede seguir la historia sin palabras. Su experiencia es contemplativa; no le altera el ritmo de la respiración.

En las caricaturas de Warner/Disney, antes de que termine el paso 1 ya hay un corte, un chiste, un ruido. El cerebro a esa edad no procesa, solo reacciona. Mira sin reír. Creo que por eso los niños quedan hipnotizados pero agotados al ver caricaturas que los sobre-estimulan. Es la diferencia entre pasear en un columpio que alguien empuja o andar en motocicleta. La acción de esta película dura 30 minutos y tiene alrededor de 250 planos, lo que da unos 7.2 segundos por escena, un ritmo cercano al de la acción real de un niño. La duración promedio de las escenas en las caricaturas del período 1940-1960 era de 3 a 4 segundos. Las actuales de Disney/Warner rondan entre 1.5 y 2.5 segundos. Cocomelon, Peppa y Bluey están entre 2 y 3 segundos, con corte + zoom + sonido + canción. No me sorprende que abunden los jóvenes (de 5 a 50 años) sobreexpuestos a caricaturas y películas de acción y efectos especiales que muestran dificultad para prestarnos atención a los viejos, que no somos lacónicos ni hablamos en aforismos, sino en párrafos. La vida que han llevado les ha acortado el umbral de atención hacia los viejos, y les desespera porque se han acostumbrado a escuchar y a pronunciar frases breves, sobre todo en las series y películas que ven.

La película que le narro a Luna muestra fragmentos de tres días en la vida de Pascal. En el primero, suelta un globo rojo cuyo color resalta entre la grisura del barrio obrero de París donde vive con su abuela. Descubre que el globo tiene mente y voluntad propias, y este comienza a seguirlo a todas partes, flotando a veces junto a la ventana de su cuarto, por fuera, ya que su abuela no le permitía entrarlo a la casa. Pero el globo le demuestra empatía constante y, sobre todo, lealtad, una emoción que contrasta con la envidia y los celos de los niños del barrio, y con la rigidez excesiva de las figuras de autoridad en el transporte público. En el segundo día lo castigan encerrándolo por llevar al globo que lo sigue hasta la escuela. El globo lo espera afuera hasta que lo dejan salir. Llueve, y varios transeúntes lo ayudan con sus paraguas para resguardar al globo de la lluvia. Para entonces ya no necesita sostenerlo por el cordón: el globo lo sigue incondicionalmente. En el camino se cruza con Sabine, una niña que lleva un globo azul; este se suelta para seguir al globo de Pascal, libre, pero la niña lo recupera y no suelta el suyo. El tercer día es día de ir al templo. Lo lleva su abuela. Pero los expulsan por llevar al globo, que Pascal se niega a abandonar. Para entonces, los niños traviesos, envidiosos y celosos por no tener un globo fiel que los siga a todas partes, terminan apedreándolo al no poder atraparlo. El globo se desinfla. Fieles a la solidaridad del rojo, brotan desde casas, tiendas y parques de París globos multicolores que, juntos y solidarios, se llevan a Pascal a pasear por los tejados de la ciudad. En ese momento acompaño a Luna en su ingenuidad imaginativa.

Más que cualquier otra película infantil, esta es una de las dos que me convierten en niño cada vez que las veo, a pesar de que fue hecha hace 70 años. La veo con Luna para vacunarle un poco el umbral de atención antes de que caiga presa del mercado actual de productos animados. Está hecha en su idioma: sin palabras. Tiene solo tres frases en toda la película. Es pura causa y efecto visual. Enseña la permanencia de la lealtad. El globo se va, vuelve, espera. Es el primer concepto de amistad. Es un personaje, no una cosa. En un París gris de posguerra, todo es gris salvo el rojo. Es un ejercicio de atención selectiva. Se detectan, sin palabras ni sonido, la tristeza, el miedo, la alegría, todo sin rostros exagerados. Ella aprende a leer emociones sutiles. La maldad y la reparación: al final, los niños malos pinchan el globo. Es la primera vez que muchos niños presencian una pérdida. Y luego todos los globos de París vienen a consolarlo. Cierra con esperanza, no con trauma. Siempre la acompaño a verla y, con mis palabras de adulto, le describo lo que ocurre. Últimamente le pido que me explique con sus propias palabras lo que está viendo. Le hago preguntas para saber si repite las mías o usa las suyas. No se la pongo de fondo para que se distraiga. Ya comenzó a contársela a su papá. El año próximo intentaré quitarle el sonido a la película "The Point" y retomar este ejercicio. Cuando llegue el momento, lo compartiré.


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