Sal Nuñez
Esta intrusión de la tecnología en la comunicación social es mundialmente estudiada; principalmente en los países de habla inglesa donde se han acuñado términos que ya son aceptados en otros idiomas como “bullying”. “Phubbing”, es menos conocido. Lo explico a mis colegas veteranos pues nuestros cerebros tramaron su respuesta a los estímulos en la era analógica y les parecemos torpes y caducos a las nuevas generaciones educadas en la era digital.
Phubbing = phone + snubbing = ningunear con el teléfono. El nombre de la etiqueta fue acuñado en 2012 por una agencia australiana para darle nombre justo a eso: estar físicamente con alguien y mentalmente en el celular. Informar con el cuerpo que lo que llega por la pantalla es más importante que la compañía de cualquiera de los presentes. No es una enfermedad. Es un hábito aprendido del diseño de las plataformas de las redes sociales diseñadas para secuestrar nuestra atención la mayor parte de nuestro tiempo. El término tiene parientes menos conocidos como “Nomofobia”: ansiedad a estar sin celular. FOMO [Fear Of Missing Out]: miedo a perderse algo si no miras pronto la pantalla de tu teléfono. Vigilancia intermitente: el cerebro prefiere la recompensa variable del desconocido mensaje nuevo a la recompensa segura de una interesante conversación con los acompañantes. Esto le pasa incluso a quienes desean estar presentes, pero no lo están. El celular les funciona como un estímulo latente; no saben si el próximo mensaje es del trabajo, un chiste, un chisme sobre alguien conocido, o nada. Esa incertidumbre es más adictiva para el cerebro que una conversación predecible al lado de otros. La persona que hace phubbing no siente que está despreciando. Se auto define como multitasking (puede concentrarse en varios asuntos simultáneamente). Pero quienes la acompañan sienten desprecio por su inatención. Está comprobado que esta conducta no se corrige con sermones, se corrige con acuerdo previo. Ejemplificando: “celulares fuera de la mesa”. Si se espera algo urgente, advertir: "espero un mensaje del doctor". En casa, una regla efectiva es: los primeros y últimos 30 minutos del día y durante comidas, sin pantallas.
Consejo para quienes no hacemos phubbing: Si lo ves mucho en tu círculo y te afecta, no lo tomes como que eres menos importante que el celular. Es que en esa persona domina la atención en modo rápido en el que la amígdala domina a la sección frontal de su corteza cerebral, y su conducta obedece a ello. El recorrido de las señales en las generaciones digitalizadas usa una ruta distinta a las de los viejos. Aunque tengamos exactamente el mismo cableado. Los viejos subordinamos socialmente lo urgente a lo importante. Para los jóvenes lo urgente requiere atención inmediata sin importar tanto lo que puede ser más importante.
Los viejos surgimos en la etapa analógica. En nuestra infancia si queríamos ver algo, teníamos que esperar. No había demandas instantáneas. Si nos aburríamos, no había rescate, nos aburríamos de verdad. Si queríamos hablar con alguien, acudíamos a donde estaba. No había notificación. Nuestra atención en los asuntos padecía menos interrupciones. Sin advertirlo, crecimos utilizando con mayor incidencia la región prefrontal de nuestro cerebro. La que trata de identificar y actuar en base más a lo importante que a lo urgente. Las generaciones digitales crecieron haciendo una frecuencia de uso mayor de la amígdala en su cerebro. Quieren que todo les llegue ya, si tarda 3 segundos se impacientan. Todo y en todas partes los interrumpe, leen en sus celulares 80-100 notificaciones diarias. Todo les es de una novedad variable: este es el alimento favorito de la amígdala. No es que tengan más amígdala biológicamente. Todos nacemos con la misma. Es que el entorno digital le paga tiempo extra a la amígdala y le recorta el tiempo normal a la zona prefrontal de nuestro cerebro.
Bajo esta perspectiva, el mundo analógico era más estable. Un barrio, un trabajo, una casa, un canal televisivo, un puñado de estaciones de radio. El mundo digital es incierto, líquido, y para nuestro cerebro de viejos, entrenado en estabilidad, esa incertidumbre se siente como amenaza. Las personas con las que se rodean consultan incesantemente su celular no porque esperen una noticia, sino por temor a no enterarse pronto de un chiste, un chisme, o una noticia proveniente de alguno del centenar de contactos en su directorio.
Los viejos sostenemos más la atención en lo que acontece, pero somos intolerantes a la incertidumbre y a los cambios inusitados. Los jóvenes tienen una alta tolerancia a la incertidumbre y a los cambios; pero el nivel de su atención es menor que la nuestra. Ninguno es mejor. Son adaptaciones. Por eso trato de que mi nieta se beneficie de la educación de un abuelo entrenado para esperar, sin hábitos de ver en la televisión imágenes rápidas que cambian cada par de segundos.
En psicología le llaman a la conducta de los padres jóvenes: reactividad. Entendida como el tiempo entre el estímulo y la respuesta. Reaccionar es saltar sin tiempo intermedio, actuar de inmediato ante cualquier estímulo. El hijo llora -> le dan una pantalla para que se calle. Si sienten aburrimiento en 3 segundos -> abren Instagram. Otros nombres para lo mismo:
1. Sesgo de urgencia / Adicción a la urgencia. Tu cerebro cree que todo lo urgente es importante. Y los viejos creemos que no lo es. No confundimos la estridencia con lo valioso.
2. Sesgo de acción. Cuando se prefiere hacer algo (aunque sea inútil) a no hacer nada. Por eso nos cuesta dejar al niño aburrido. Sentimos que tenemos que rescatarlo.
3. Secuestro de la amígdala. La parte rápida del cerebro toma el volante antes de que la corteza prefrontal, la lenta, pueda opinar.
4. Reactividad dopaminérgica a la novedad. Tu cerebro está entrenado para reaccionar a cada posible novedad porque cada novedad podía ser comida o peligro hace 100 mil años. TikTok hackea eso.
Lo que corresponde hacer es tener más fuerza de voluntad. Reaccionar es rápido y hace sentirse útiles a los jóvenes. Responder es lento nos hace sentirnos útiles a los viejos cuando ensanchamos el tiempo entre un estímulo y la reacción que corresponda. Lo que hago cuando Luna me pide ver la película de mi infancia: El Globo Rojo.
Es el debate más viejo en nuestro cerebro ante la percepción de lo que nos atemoriza: huimos, o pensamos primero qué hacer. Para quienes quieran documentarse mejor, les adjunto el enlace que los llevará al estudio de la Universidad de Guadalajara, a este respecto.
https://comunicacionysociedad.cucsh.udg.mx/index.php/comsoc/article/view/e8661