286 — Recordamos mejor lo inconcluso.

Sal Nuñez

Los supercentenarios han alcanzado la edad de 110 años o más y conservan su lucidez mental y emocional. Se estima que hay de 350 a 400 en el mundo. Una característica común que tienen es que siempre tienen pendientes inacabados, establecidos por ellos mismos; que no les causan estrés. Esto me fue dicho por Fidel de la Garza, el geriatra de mi madre, cuando ella cumplió la edad que tengo al escribir esto. Tristemente, mi madre falleció accidentalmente y no llegó a ser supercentenaria. Hoy me propuse validar lo que dijo Fidel, porque me incumbe al igual que a varios lectores. Aprendí que cuando uno se dice a si mismo con frecuencia: "todavía tengo que...", se le alarga la vida. No es frase bonita, hay biología detrás:

1. El cerebro no se jubila si hay algo inconcluso. Se llama efecto Zeigarnik: el cerebro recuerda mucho mejor lo que dejamos a medias que lo que ya terminamos. Un pendiente mantiene la mente en modo búsqueda; activa la memoria de trabajo, planificación y atención. En el estudio Rush de Chicago de envejecimiento, encontraron que las personas mayores de 80 con un propósito definido tenían 2.4 veces menos probabilidad de desarrollar Alzheimer que los que decían "ya no tengo nada que hacer".

2. Uno o varios pendientes nos dan motivo para levantarnos con mejores objetivos que atender al cuerpo yendo a evacuar al baño, o salir a caminar. Por eso me he impuesto la tarea de ser abuelo-chef y escritor de ocurrencias cotidianas. En Okinawa, donde hay más centenarios en el mundo, le llaman ikigai: algo pequeño pendiente que hacer al dia siguiente. No tiene que ser grande.

3. Nos protege de la depresión silenciosa que nos dice en silencio "estoy triste", "ya para qué". Tener un pendiente alcanzable rompe ese "para qué". No tiene que ser productivo, pero tiene que ser definido por uno mismo.

4. Nos mantiene conectados. Ese tipo de pendientes menores casi siempre incluyen a alguien o algo: una planta, un vecino, un trámite, una receta de cocina, un relato como éste. Eso evita el aislamiento, que es el factor número uno de deterioro rápido después de los 80.

Lo importante es el tipo de pendiente. No sirve una lista interminable que angustia. Sí sirven una o dos cosas pequeñas, visibles, que pueda uno terminar y volver a empezar. Que nunca concluye y siempre necesita de uno. Si estás pensando en alguien de 80+ que quieres mucho, no le quites los pendientes por ayudarle. Ayúdale a hacerlos más fáciles, no a eliminarlos. El cerebro de nosotros los viejos necesita muchos más motivos para estar activo, que descanso o televisión. Para quienes se interesen en películas donde los actores y actrices protagonistas, están en los 80s y 90s; les puedo enlistar las que ilustran a lo que me refiero. Como dijo una vedette: si me las piden se las doy.

Bluma Zeigarnik, psicóloga rusa, notó algo que todos los meseros saben: recuerdan perfecto la cuenta que no han cobrado, pero en cuanto se la pagan, se le olvida. Porque el cerebro guarda lo inconcluso y borra lo terminado. Puso a muchas personas a hacer tareas simples - armar un rompecabezas, hacer una figura de plastilina - y a la mitad de ellas, sin avisar, las interrumpía: "gracias, hasta aquí". Horas después les preguntaba: ¿qué recuerdas que hiciste? La gente recordaba 90% mejor las tareas que no terminó que las que sí terminó. Llamó a esto: sistema de tensión. Cuando empiezas algo, tu cerebro crea una tensión, como una liga estirada. Esa tensión solo se libera cuando terminas. Si no terminas, la liga sigue tensa, sigue ocupando espacio en tu memoria. Te está diciendo "hey, esto sigue abierto".

A los 30, nuestro cerebro está lleno de ligas tensas que nos estresan: trabajo, hijos, deudas. A la edad de la mayoría de los lectores, muchas ligas ya se les soltaron. Los hijos ya se fueron, el trabajo terminó, muchas metas se cumplieron. Y eso, que suena a paz, para el cerebro es peligroso: si no hay tensión, no hay motivo para mantener los circuitos encendidos. El cerebro es ahorrador, apaga lo que no usa. Tener un pendiente pequeño es volver a tensar una liga, pero a propósito, chiquita y amable. No causa angustia. Cuando me digo "mañana termino el caldillo duranguense", mi cerebro toda la noche deja una ventana abierta etiquetada: caldo - mañana. Si la tarea es enorme e imposible, la tensión no motiva, atormenta. Se vuelve rumiación. Decirte: "tengo que arreglar mi vida", o “tengo que ordenar toda la casa”, no sirve. Si el pendiente es menor y sólo tomará dos minutos hacerlo, sí motiva. Como: "Dejé las cucharas sin secar. Mañana las seco". El cerebro no distingue. Para él, las dos son tareas abiertas. Pero la segunda sí la puede cerrar, y al cerrarla siente: todavía puedo. Los psicólogos que trabajan con longevos usan esto a propósito: Dejar algo a propósito sin terminar hoy. El efecto Zeigarnik es un ancla que nos enseña no terminar las cosas; sino pertenecer a una historia que todavía no termina.

En 1976, Langer y Rodin, le dijeron a todos los abuelitos de un piso: "ustedes mandan, elijan qué planta quieren de las que les mostramos en fotografía y ustedes la cuidan". Y a los de otro piso: "a cada uno le trajimos una planta y nosotros la regamos por ustedes". 18 meses después, el grupo que eligió la planta estaba más vivo, y más alegre. La mitad del otro grupo había fallecido. La diferencia reside en quién la originó. Así pasa con los pendientes. Pendiente impuesto por otro que no funciona: "Mamá, tienes que caminar porque te lo dijo el doctor". El cerebro lo registra como control externo. No crea efecto Zeigarnik completo, crea carga. Lo vive como "me mandan". Si no lo hace, siente culpa o vergüenza. Si lo hace, siente obediencia, no logro. Con el tiempo genera lo que los psicólogos llaman indefensión aprendida: "ya no decido yo, solo hago lo que me dicen". Puede funcionar unos días por compromiso o por amor, pero no deja huella en la memoria y no aporta la placentera dopamina al terminar. Lo termina y piensa "ya, para que no me estén diciendo". Pendiente puesto por uno mismo: "Mañana voy a dejar remojando los frijoles porque quiero hacerlos como yo quiero" o "Voy a dejar el crucigrama a medias para terminarlo después de desayunar". En estos hay autonomía, y esa vale más que la salud.

En el Jornal de Personalidad y Psicología Social, Deci y Ryan exponen su Teoría de la Autodeterminación. No es un estudio solo de ancianos, es toda una teoría sobre por qué lo elegido por ti motiva y lo impuesto no. Mostraron que cuando uno elige, el cerebro marca la tarea como propia. Al terminar, no se dice uno "cumplí"; se dice "todavía puedo". Es competencia, que se recuerda 2 a 3 veces mejor. Porque el cerebro guarda mejor lo que él mismo inició. En laboratorio lo midieron: si te interrumpen en una tarea que TÚ elegiste, la recuerdas mucho más que si te interrumpen en una tarea que te impusieron. Los pendientes de otros sirven solo si pasan por un filtro de elección. Explica por qué un pendiente propio vale más que diez pendientes impuestos con buena intención. Sigo con esta costumbre que me tiene siempre al pendiente, pues.


← Volver a las entregas

Discover more from Consejos de Viejo

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading