292 — El Miedo No Anda en Burro

Sal Nuñez

Me pregunta mi hijo Xocoyotl (X) que cuántos pendientes tengo. Su intención es obvia. Escribí sobre la necesidad de tener siempre pendientes autoimpuestos para propiciar la longevidad, y su pregunta es una manera de averiguar si le voy a durar vivo mucho o poco. Su corazón es más grande que su cabeza. Lo advertí de inmediato y le dije que tengo más de cien pendientes y hasta ahí llegó el tema porque Geo me miro desde su lugar en la mesa con una mirada de: “No se te ocurra mencionarlos porque vas a acaparar la atención por horas.” Reconozco y acato esas miradas porque se las sembró su abuela y le florecen conmigo a menudo.

Geo y X son producto de la educación de abuelas en sus respectivas infancias; cuando el “hombre de la casa” era el proveedor y el protector de todos y las mujeres se subordinaban relegadas a la domesticidad. Quienes los cuidaron en su tierna infancia les llevaban por lo menos 50 años de vida previa; ignoraban la teoría pedagógica de María Montessori. Por lo que, en vez de jugar con ellos, les instigaban miedo para modelar su conducta: “te vas a caer”, “te va a hacer daño”, “lo vas a romper”, “te va a picar”. Mi infancia tuvo lugar en el medio rural donde las abuelas les decían a los nietos: “ahí espantan”, “en la ciudad hay robachicos”, “le voy a decir a tu papá para que te pegue”.

Tengo como pendiente escribir y compartir cientos de temas similares a éste; no le exageré a X. Todos los días se me ocurren cinco distintos al analizar mi vida actual. En la que mi nieta Luna, 77 años menor que yo, me educa como abuelo actualizado, sin proponérselo. Acostumbro a verificar la utilidad y el beneficio de lo que yo pueda enseñarle aunque sea una inactividad. ¿Cómo cuál? Como nunca atender mi celular cuando estoy con ella. Es su tiempo. Quien me llame o envíe mensajes puede esperar. Mi tiempo le pertenece. Por eso me busca porque sabe que haremos algo juntos en forma exclusiva. Entonces no hago uso de juguetes. Le muestro el uso de utensilios de adulto. Como la lupa que me ayuda a leer los tamaños de fuente pequeños, o el espejo magnificador que usa su abuela para depilarse las cejas. Como la lámpara de mano que solamente puede utilizar para investigar la oscuridad dentro y fuera de la casa o debajo de las camas. Explora el mundo con esos dispositivos en lo que se le ocurre. Todo eso la emociona. La emoción es el soporte fundamental del aprendizaje. Una emoción de amenaza o de miedo, nos va a dificultar siempre el aprendizaje profundo, a cualquier edad. Una emoción de alegría, de felicidad, y de confianza nos va a abrir las puertas hacia aprendizajes significativos y útiles en la vida.

Pero cuando somos padres, escondemos o disfrazamos las emociones y nos dirigimos a los hijos con eufemismos. Sin proponérnoslo, les damos el mensaje falso de que no nos pasa nada, de que somos fuertes, de que tenemos la capacidad para comprarles lo que desean o llevarlos a donde llevan a sus amigos. Pero lo exteriorizamos con emociones controladas o sin ellas. No es mi caso con todos mis hijos. En el caso de X, la educación cotidiana y omnipresente fue la de su abuela porque yo fui para él un padre ausente. Como fue mi caso y el de 14 de mis 17 herman@s. También fue el caso de Geo. Y en ese tipo de cuidado, en términos generales, hay mucha instigación de miedos.

El miedo no es un enemigo. Es un sistema de alarma. El problema es cuando la alarma se queda prendida y nos impide hacer lo que necesitamos hacer para crecer y desarrollarnos. Ese tipo es un miedo inhibidor que no nos protege, nos frena. Y cambia según la etapa. De los 2 a los 5 años, los niños sienten miedo a no existir sin el auxilio de otras personas. Es el miedo a la separación y al mundo como amenaza porque a esa edad todavía no tenemos un "yo" separado. Tenemos miedo al abandono, a los monstruos, no somos nosotros mismos so no estamos acompañados por aquellos en quienes confiamos. En muchos casos (no en todos) no exploramos por temor a perdernos. No queremos ir al baño solos. No intentamos probar juegos nuevos. Bloqueamos el desarrollo de la misma autonomía con la que luego batallamos los ancianos: aprender a emprender muchas actividades por nosotros mismos, a sobreponernos para ir adquiriendo independencia. Debo decir que no es el caso de todos mis nietos.

En la edad escolar de 6 a 12 años, nos enfrentamos al miedo a no ser capaces. Es el miedo a la evaluación, al error y al ridículo. El mundo ya no es mamá y papá, es el grupo y la maestra. Pensamos: Mejor no participo por si me equivoco, mejor no lo intento por si saco mala calificación, no leo en voz alta para que los demás no se burlen. Bloqueamos el desarrollo de nuestras capacidades. Al eludir la competencia, nos alejamos del aprendizaje. De niños dejamos de preguntar para no parecer tontos. Nos decimos internamente: "Si me equivoco, no valgo."

Tras tal infancia y adolescencia, en nuestra relación de pareja, tenemos a no ser amados tal y como somos. Es el miedo a la intimidad y al rechazo. Ya no es que me vaya mal en la tarea, es que me vean por dentro y se vayan. No le ponemos límites a nuestra pareja por miedo a que nos abandone. No mostramos necesidades por miedo a ser una carga. Los celos o la frialdad, o la compulsión por controlar a nuestra pareja son caras del mismo miedo. Bloqueamos nuestra identidad y nuestra capacidad de disfrutar la intimidad porque no podemos ser como realmente somos mientras estamos con nuestra pareja. O nos anulamos para que nos quieran o nunca nos vinculamos para no sufrir. Internamente nos decimos: "Si me conocen de verdad, no me van a querer."

También existe miedo a formar una familia porque nos abruma la responsabilidad y no nos creemos capaces de enfrentarla adecuadamente. Tememos no ser suficiente para responsabilizarnos por la vida de otro que depende de nosotros. Nos decimos: "Hasta que esté listo voy a tener hijos. No toleraría la angustia de que algo grave les pase. Si fallo, daño a alguien para siempre. Si no tengo todo el control de lo que pasa, tendré miedo a ser como mi padre (o mi madre).” Bloqueamos nuestra capacidad de trascender, de sostener, de cuidar, de crecer y desarrollarnos como adultos plenos.

En todas, el miedo dice: "No te muevas, así estás a salvo." Y en todas, sobreponerse no es dejar de sentir miedo. Es hacer lo que te toca hacer con miedo. El niño pre-escolar va al kínder llorando, pero va. El escolar levanta la mano temblando. La pareja dice "esto me duele" aunque tiemble la voz. El padre deja que su hijo se suba a la bicicleta, aunque le dé angustia. El miedo no es una sola cosa. Son 4 sistemas que se disparan al mismo tiempo y se refuerzan entre sí. Si solo atacas uno, vuelve por los otros tres.

El 1º es un mecanismo fisiológico. El cuerpo toma el mando. Es el más antiguo. No piensa, reacciona en 12 milisegundos, antes de que pensemos. La adrenalina y cortisol nos aceleran el corazón a 120, se nos contrae el estomago, nos sudan las manos. Inmediatamente después, nuestra sangre se va de la corteza prefrontal - la parte que razona - a las piernas. Por eso nos quedamos en blanco. Paralizamos nuestro desarrollo. En la etapa pre-escolar vomitamos, nos orinamos, hacemos berrinches, no dormimos, nunca usamos palabras. Ya en la etapa escolar nos duele la cabeza antes del examen, tartamudeamos. En nuestra vida en parejas se nos cierra la garganta antes de decir lo que sentimos, tenemos disfunción sexual, o insomnio después de una pelea. Y en familia frecuentemente nos sentimos agotados.

El 2º es un mecanismo psicológico. Nuestra mente inventa una historia. Como nuestro cerebro no soporta no entender, se inventa una explicación para justificar el temblor del cuerpo. Inventa escenarios catastróficos: "Va a pasar lo peor y no voy a poder con eso. Mi mamá no va a volver nunca. Si repruebo me van a correr de la familia. Si le digo que no, me va a dejar y me voy a quedar sola para siempre. Si no soy padre perfecto, mi hijo va a ser infeliz toda su vida. Ya sé lo que piensan de mí sin que me lo digan. Se están burlando. Ya no me quieren. Soy tonta. No sirvo como pareja. Nunca voy a poder tener una familia." El pensamiento no es la realidad. Es una hipótesis del cerebro asustado que se explica cosas sin evidencias.

El 3º es un mecanismo emocional: El sentimiento se vuelve la identidad de uno. El miedo se hace crónico. Las emociones se adhieren al miedo. Ya no es "siento miedo", es "soy miedoso". “Si tengo miedo, mamá se enoja, entonces soy malo. Tengo miedo a sentir miedo. Me da vergüenza temblar frente a todos. Tengo miedo a ponerme nervioso. Mejor no voy a la escuela.

Prefiero parecer flojo que tonto. Para no sentir celos o culpa, mejor controlo a mi pareja. Tengo miedo de no ser buen padre, me siento culpable por tener miedo, me enojo con mi hijo porque me hace sentir eso."

El 4º es un mecanismo social donde el entorno confirma el miedo. El miedo nunca es de uno solo; se aprende y se mantiene porque alguien lo premia. Se transmite viendo a otros que lo evidencian. Quienes le repiten al niño muchas veces "ten cuidado, te vas a caer" crían niños que no trepan. En las casas donde no se permite llorar, se crían padres que hacen lo mismo. Un papá que nunca pide ayuda alecciona, porque "los hombres no piden ayuda”. Parejas que ven a sus padres no hablarse por semanas cuando tienen un conflicto, repiten la conducta. Este sistema premia no enfrentar a los miedos. Si el niño llora, no va al kínder, se queda con la abuela y ve tele. Este premio inmediato, hace que el niño mengüe su desarrollo a largo plazo: alivio hoy, fobia mañana. Pareja: “No digo lo que me molesta para no pelear”: paz hoy, resentimiento acumulado que explota en 6 meses. Familia: “No lo dejo ir a la fiesta para no angustiarme yo”: tranquilo hoy, hijo sin autonomía mañana. Si el entorno no cambia, el individuo no puede sostener el cambio solo. Por eso sobreponerse al miedo es un acto social, no solo individual. Necesitas al menos una persona que te diga: "Ve, yo te sostengo si te caes".


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