Sal Nuñez
En el siglo pasado, fui pionero de la globalización de varias empresas que me pagaron bien por convertirme en un Rolling Stone en el estricto y correcto sentido del término: una piedra que, al rodar, se le amella el filo de sus aristas para que la corriente en donde está inmersa la lleve de un sitio a otro; sin dañar su integridad, ni dejarle cicatrices notorias e incapacitantes. Simplemente le facilita la expedita adaptación a otro lugar; pero no garantiza la integración íntima y personal con una pareja de otra cultura. Conozco los procesos de ajuste que requieren los contrastes culturales en lo social, y también en lo individual; ya que mi pareja sentimental de 1967-1976 era una parisina de ascendencia judía. Antes de continuar defino lo que entiendo por CULTURA:
Es el manual invisible que le instalan a uno antes de los 10 años; el sistema operativo con el que nuestro cerebro decide automáticamente, sin pensar, qué es normal, respetuoso, lógico, y digno de confianza. No lo elegimos. Nos lo instalan en forma descoordinada mamás, papás, escuelas, idioma, colegas… Y tiene 3 capas cebolléicas.
Lo que se ve es solamente el 10%, el folclor, (comida, idioma, música, indumentaria, formas de saludarse, etc.).
Lo que se hace el 30% de las normas no escritas (resolución de conflictos, demostraciones de afecto, educación de los hijos, puntualidad, formas de decir "no", etc.).
Lo que se cree las capas profundas que integran el invisible 60% (lo que nunca se dice porque "es obvio que así es", las nociones de la verdad, el respeto, el amor, la familia, el apego a las tradiciones, los protocolos gubernamentales, las relaciones con los extranjeros).
Ejemplifico con mi experiencia al fungir como el hombre que nos trae a todos buena fortuna (lo traduzco al pinyin pù chuáng rén porque no hay equivalente en occidente). Lo más cercano pero muy inexacto sería decir “padrino de bodas” en una provincia atea pero confuciana: Liaoning, adyacente a Corea del Norte, con una población del doble de todos los países nórdicos juntos. Acepté desempeñar este rol de honor condicionado a contar con dos intérpretes bilingües: uno de la generación de los padres y otro de la generación de los novios.
Al amanecer, tuve que protagonizar la ceremonia del ān chuáng = Arreglar la cama: ser el primero en pisar la recámara nupcial, y "sembrar" la cama nueva. No es decorar. Es esparcir dulces sobre la cama: dátiles rojos, y semillas de loto. Para que la vida de los recién casados sea dulce y pronto tengan un hijo noble". Al colocarlos sobre la cama roja, me pidieron hacer formas para que los niños después los recojan, y con ello se fomente la fertilidad. Literalmente, “planté hijos en la cama.”
Luego coloqué monedas sobre los burós para cumplir con la parte de la ceremonia conocida como sā xǐ qián = Atraer prosperidad a la recámara para que nunca falte el dinero en esa casa. Ponerlo al amanecer es para que el primer brillo del sol le pegue al dinero, y lo cargue con yang, la energía masculina activa. Me eligieron para ello por tener entonces 47 años de edad y reunía tres condiciones vitales: 1) Era mayor que el novio pero mi cuerpo tenía vigor, no era el que tengo ahora. 2) Había procreado ya cinco hijos que gozaban de salud. 3) Desempeñaba una actividad lucrativa suficiente para sufragar el progreso económico de mi familia. Me dijeron que al ser yo el primero en entrar a la recámara nupcial, mi suerte la contagiaría. Haber cruzado el mundo para estar allí, duplicaba la fortuna que me rodeaba en esa ceremonia; porque mi energía era nueva. No llevaba conmigo rencillas o pleitos familiares contagiantes. Me levantaron al amanecer porque la cama no la podía ver nadie antes que yo. Si entra una mujer con mala suerte, viuda, divorciada o alguien de luto, contamina la cama. La familia que me solicitó desempeñar tal papel no me investigó porque los chinos son endémicamente comunicativos y desconocen el concepto de “confidencialidad”: todo se lo comunican. La secrecía corresponde a quien está involucrado en algo ominoso, condenable, vergonzoso, fuera del grupo social. En cuanto terminé de colocar dulces y monedas, cerraron la puerta detrás de mí. Nadie podía entrar o sentarse en esa cama hasta la noche. La regla es que la cama sembrada no se toca hasta que entren los novios. Partimos en tres taxis rojos. Al arrancar los autos, en ambos lados sacaron por la ventana largas varas de carrizos con 400 cuetes rojos anudados en cada una. Y los cuetes fueron estallando estrepitosamente por todas las calles que recorrimos hasta el salón de la recepción. Me explicaron que la razón de esto es para propiciar que este diálogo en los transeúntes:
¿A qué se debe el ruido?
Se casan fulano y mangana.
Ah, y no tienen nada que esconder.
La novia vistió en seda roja con bordados de dragón y fénix. En China el blanco es el color de la muerte, del luto, de los funerales. El rojo (hóngsè) es vida, suerte, fertilidad, alegría, ahuyenta a los malos espíritus, y atrae a la fortuna. Pero por la influencia occidental, usó uno blanco occidental para las fotos y la ceremonia de entrada. Tras las fotos se vistió nuevamente de rojo tradicional para la recepción. El novio peinado y maquillado. El tiempo de la fiesta fue la cuarta parte del tiempo de las fotos. Entendí que la boda no era para los novios, es para la familia y para demostrar prosperidad. Todo se documenta con una producción brutal de fotos y video que dura todo el día. El maquillaje del novio (cabello alzado con crepé y laca, corrector, ceja, polvo mate y mejillas teñidas con colorete) es para no verse ojeroso, sudado, con la piel brillante: influencia coreana donde se cree que el hombre guapo no es el rudo; es el hombre flor, piel perfecta, ceja arreglada, pelo elaborado = K-pop. Un novio que llega sin arreglarse es visto como que no le importó, que no respeta a la familia de la novia. Ir al salón 3 horas antes es decir "me esforcé por tu hija" es su único día de ser emperador. Aunque en la tradición confuciana, el hombre normalmente no se permite vanidad, la boda es el único día socialmente permitido para que lo consientan. Es casi ritual: "Honramos a nuestros ancestros y queremos suerte y fertilidad. Honramos a los invitados y queremos salir prósperos y hermosos en las fotos que verán todos nuestros allegados".
Para iniciar el banquete, el padre del novio anunció que me correspondía pronunciar el discurso de apertura de banquete (kāixí cí). Me sentí con cara de “estatus”. Los émulos de Geo ya me habían aconsejado no extenderme más de tres minutos porque adolezco de “la fuga del hilo de la media también conocida como la ignorada salida del avión”. Los intérpretes me dijeron que era el momento más importante de toda la recepción. Nadie toca un palillo hasta que el hombre de respeto hable. Y me aconsejaron no hablar de amor tipo Hollywood porque nadie lo entendería, aunque por respeto aplaudirían fuerte y largo. En la lógica confuciana, las palabras de un hombre próspero y de fuera, dichas justo antes de comer, se convierten en el sabor de la comida. Fingiendo modestia (porque hacerlo es muy bien visto) agradecí al padre del novio, a sus ancestros, a los novios, a la familia y concluí deseando pronto un hijo varón (entonces nada más tenían autorizado tener uno, ahora ya no).
Lo que siguió no fue una fiesta. Fue un congreso de negocios familiar con comida donde el 95% eran hombres que aportaban dinero dentro de un sobre rojo. La boda no era netamente de la pareja, era del padre del novio. La mayoría mayores que yo. Invitar a una boda es pagar una deuda social y cobrar otra. Si tu tío fue a la boda de mi hijo, yo tengo que ir a la de tu hijo con sobre rojo. No estaban celebrando el amor; el mensaje era: "seguimos siendo aliados". Las esposas de esos hombres muchas veces no van. Se quedan en casa, o van solo a la ceremonia del té de la mañana y se regresan. Porque si va el hombre, la familia ya está representada. Llevar a la esposa es doble gasto de sobre. Bailar en pareja en público, frente a los mayores, en el norte tradicional es casi una falta de respeto. Es íntimo, es sexual, es del sur, es occidental. La fiesta norteña no es bailar es comer mucho y, sobre todo, fumar.
En cada mesa había un tazón con cientos de cigarrillos. Se dio curso al ritual de “ofrecer humo” (jìng yān). El novio pasaba a encender los cigarrillos y escuchar felicitaciones de cada uno de los comensales. Ofrecía el cigarro con dos manos, y después de una pequeña reverencia lo encendía. Esto era aceptado por todos, incluso por gente que no fumaba. No ofrecerlo y no aceptarlo era una ofensa. Es la tarjeta de presentación del hombre adulto. Un hombre nuevo que provee, y al que tratar como a un igual. Debuta como futuro patriarca. Ya no es hijo, ya es hombre que puede invitar. Compartir fuego = compartir suerte. Encender el cigarro del otro es crear un vínculo. Es literalmente compartir tu fuego con la otra familia. Decir "ahora nuestro fuego es uno". Es símbolo de prosperidad. Poner cajetillas enteras gratis en cada mesa es decir "nos fue bien, nos alcanza para invitar". Mientras más fina la cajetilla, más cara, el lucimiento es mayor. La recepción fue muy jerárquica. Hay mesas de tíos, de jefes, de vecinos que no se conocen. El cigarro es la excusa para que todos los hombres se paren, hablen, rían.
O festejen sentados alrededor de mesas redondas con cupo para diez comensales, equipadas al centro con una mesa giratoria (cānzhuō zhuànpán) a la que erróneamente se le llama en Estados Unidos “lazy Susan”. En China este agregado es la norma, no la excepción. La idea es de cultura colectivista confuciana pura: nadie tiene que pedir que le pasen nada, nadie se queda sin alcanzar, todos giran y todos comparten por igual. El baile con música de aparato portátil fue al final fue solo para los jóvenes, cuando no estaban los mayores. Duró diez 10 minutos.