298 — La Viralización del Enojo en México

Sal Nuñez

En Estados Unidos se legaliza la vociferación del enojo en 1987 cuando Ronald Reagan deroga la Doctrina de la Imparcialidad en los Medios (Fairness Doctrine). Antes, las estaciones de radio o TV, por ley debían presentar la perspectiva de ambos lados. Al quitarla, nace la libertad para expresar y contagiar el enojo donde no se exhibe la razón, se ataca a un contrincante. En 1996 nace Fox News. Los empleados leen un memorándum interno que afirma la línea a seguir: "La gente no quiere ser informada, quiere ser reafirmada". Fox cede la importancia a las noticias para reafirmar el enojo de su audiencia. Funciona en forma por demás lucrativa. En 10 años el valor de Fox excede al de CNN y nace el modelo económico: El enojo vende más que la verdad. Se algoritmiza. En 2009 Facebook implementa el botón Like. En 2012, pone el algoritmo EdgeRank: ya no ves lo más reciente, ves lo que más te engancha. En 2013, un equipo interno descubre algo incómodo: los posts que generan "angry" 😠 se comparten 5 veces más y mantienen al usuario 3 veces más tiempo que los que generan "like". Facebook cambia todo su algoritmo para priorizar lo que motiva: intercambios de opinión entre los miembros de una red de contactos (Meaningful Social Interactions).

En 2016, Cambridge Analytica demuestra que con enojo puedes ganar elecciones. No necesitas convencer, necesitas encabronar a tu base para que salga a votar y deprimir a la base contraria para que no vote. Desde entonces, el enojo deja de ser una emoción y se vuelve un producto de exportación gringo. Brasil es el laboratorio para América Latina. Bolsonaro no gana por propuestas, gana con WhatsApp. Miles de grupos de WhatsApp mandan 30 audios, memes y videos falsos al día sobre que el Partido del Trabajo convertirá a los niños en gays, y que cerrará iglesias: enojo moral, y miedo. El costo de la operación: centavos. Retorno: la presidencia de la economía más grande de América Latina. A Brasil voltea a ver todo el continente, incluido México: no necesitas Televisa para ganar. Necesitas 500 celulares de prepago y gente dispuesta a mentir. En México el viejo negocio fallece. El periódico ya no vende: Reforma, El Universal, Milenio pierden 40% de ingresos entre 2018 y 2024. Los periódicos fuera de CDMX subsisten por el chayote que reciben de los gobernadores y presidentes municipales. La TV abierta se encoge. Televisa pasó de 80% de participación de la audiencia en 1995 a 28% en 2024. Entonces periodistas, medios, políticos, e influencers buscaron un nuevo modelo para comer. Y encontraron el modelo gringo-brasileño ya probado de vender enojo. Se emuló en tres niveles:

1. Ya no venden la nota de 800 palabras. Venden el clip de 30 segundos con título en mayúsculas: "MIRA COMO ESTE CORRUPTO SE RÍE DE TI". No les importa si es verdad. Les importa el click, porque es el nuevo puesto de periódicos. Brozo*, Alazraki, Azucena Urastegui, Denisse Dresser, Jairo Calixto, Ferriz de Con, Astillero, Aristegui. Todos, de izquierda y derecha, viven de eso. Si quien los lee o escucha no se enojan, no comen. *Roberto Madrazo Pintado y su hijo le pagan 10 millones/año a Loret y 8 a Brozo por hablar en Latinus.

2. El político mexicano Z descubre que es más barato hacerte enojar con el adversario que hacerte creer en Z. ¿Para qué construir una propuesta de 50 cuartillas si con un video diciendo "los del otro partido quieren quitarte tu casa"? La 4T perfeccionó el mañanero del enojo, la oposición perfeccionó el enojo del miedo. Es el mismo negocio, diferente vitrina.

3. El influencer es el más perverso. En México hay 4 millones de jóvenes que quieren vivir de lo que pagan las redes. ¿Qué es lo más barato de producir y lo que más pega? El enojo. No necesitas luces, guion, talento. Necesitas un celular, grabarte mentando madres a un restaurante, a un policía, a una aerolínea. Un contenido de 0 pesos que te da 100 mil seguidores. En un país donde el salario mínimo son 250 pesos al día, el enojo se volvió el emprendimiento más rentable. No es casualidad, es supervivencia económica deliberada. En México no nos viralizamos porque seamos más sensibles sino porque descubrimos que en un país donde nadie te paga por pensar, sí te pagan por enojarte y por enojar a otros. México no es hoy un país más enojado que en 1985. Es un país que encontró cómo rentabilizar su enojo a escala industrial; pasamos de leer el mundo, a ver el mundo, y a opinar sobre el mundo sin haberlo entendido. Y en cada salto tecnológico, perdimos una capa de freno y ganamos una capa de combustible.

El México del papel era un México lento, elitista, y centralizado. Para estar informado en 1970 tenías que comprar Excélsior o El Día, saber leer de corrido, y aguantarte 1,200 palabras sobre la reforma fiscal. Era aburrido, incompleto, y priista, pero tenía una exigencia: si querías indignarte, primero tenías que entender. El papel obligaba a la linealidad: tenías que leer el primer párrafo, el segundo, el contexto. No podías saltar al insulto. El formato era anti enojo rápido. La televisión predominó no porque dijera la verdad sino porque quitó el requisito más caro: la lectura. Televisa entendió que a México no le gusta que le informen, le gusta que le cuenten. Había poca diferencia entre las historias de víctimas y villanos, y las noticias de la noche. El efecto psicológico fue brutal: la TV convirtió el enojo en un producto doméstico. Te enojabas a las 10 pm con López Dóriga y desayunabas con Loret de Mola, con el secuestro, con la devaluación. Era un enojo con inicio y fin. Un enojo que no te exigía hacer nada. Solo ver. Y nos acostumbró a lo más dañino: la política como espectáculo de rostros, no de ideas. Ya no importaba qué decía el presupuesto, importaba si el político lloraba, gritaba o se veía pendejo. Llevamos 30 años de esa inducción. Sin ella, TikTok no hubiera funcionado en México.

Si la TV centralizó el enojo, el celular lo privatizó y lo volvió adictivo. La TV tenía dos dueños con apellidos Azcárraga y Salinas. El celular tiene 130 millones que creen que son dueños: la gran mentira de la democratización. El cambio no es tecnológico, es neurológico. El celular quitó el horario. Antes te enojabas de 10 a 11. Ahora te enojas a cualquier hora. Tu cerebro nunca sale del estado de alerta. México vive con cortisol alto permanente. También quitó la distancia. La TV te hablaba desde un estudio lejano. El celular te habla al oído, con faltas de ortografía, como tú, en tu idioma: "Wey, vean lo que me hizo este culero". Ya no es noticia, es chisme. Convertimos la vida pública en una vecindad de 120 millones de habitantes. Quitó el rol pasivo. En la TV podías ser un pendejo sentado. En el celular, si no reaccionas, no existes. El algoritmo no te premia por entender, te premia por indignarte en público. Si ves un video de injusticia y no comentas "qué poca madre, hay que lincharlo", eres cómplice. La omisión se volvió pecado. Somos un país oral, colectivo, emocional y con una profunda necesidad de pertenencia. El celular nos dio pertenencia instantánea: “únete al linchamiento y serás parte de algo”.

Se reemplazó a la información por la opinión. La regla previa era: ocurre un hecho, alguien va, verifica, escribe, edita, publica. Hoy es: “tengo una opinión sobre el mundo, busco un video de 15 segundos que parezca confirmar mi opinión y lo publico; si el hecho resulta falso, no importa, mi opinión ya se viralizó”. En México esto se aceleró porque matamos a todos los árbitros. No confiamos en el gobierno, ni en la prensa, ni en la empresa, ni en la iglesia, ni en el vecino. Cuando nadie puede decir "esto es verdad", gana el que grita más fuerte y el que confirma tu prejuicio. El negocio entendió que mientras la información tranquiliza, la opinión enoja.

Si te digo: "La inflación en México fue de 4.2% en junio", cierras el celular y sigues con tu vida. Si te digo: "La inflación de 4.2% demuestra que los fifís o los chairos te están robando y se ríen de ti en su departamento de la Condesa", te quedas dos horas comentando. Facebook, TikTok, X, YouTube no ganan un peso con tu paz mental. Ganan con tu indignación. Su modelo de negocio no es informarte, es retenerte. Y la forma más barata de retener a un mexicano es hacerlo sentir ofendido. Entonces, todos nos adaptamos: el político ya no propone, opina. El periodista ya no reportea, opina. El influencer, ahora opina de política. Porque opinar es gratis, no requiere salir a la calle, y genera más dinero que informar. Es el analfabetismo funcional con WiFi. El enojo mexicano ya tiene una fórmula industrial, repetible y perfecta. La ves todos los días.

1º Necesita un villano humano, no un problema estructural. A México no le interesa entender por qué el sistema de justicia no sirve. Le interesa el video del policía gordo pidiendo mordida. Necesita una cara para odiar, porque odiar a un sistema cansa, odiar a una persona entretiene.

2º Necesita un video vertical sin contexto de 18 a 35 segundos; es la prueba definitiva en el México sin pruebas. No importa qué pasó antes o después. Solo importa ese clip donde alguien la caga. Todos son el mismo producto: 20 segundos de estupidez humana para que tú te sientas superior moralmente por 5 minutos.

3º Necesita permiso moral para agredir verbalmente. Nadie se despierta diciendo "hoy quiero ser un cabrón". Se despierta diciendo "hoy voy a hacer justicia". Por eso los comentarios tan violentos: "AMLO es un hijo de la chingada, ojalá se muera", "Hay que quemar su negocio", "Que lo violen en la cárcel". Porque la turba no cree que está siendo cruel, cree que está siendo justa. El enojo se disfraza de virtud. Es la coartada perfecta.

4º Termina siempre en lo mismo: clasismo y racismo disfrazado de justicia. El enojo viral en México, si lo rascas, siempre es clasista. Sea de arriba hacia abajo - "pinches nacos" - o de abajo hacia arriba - "pinches popis". El celular nos dio un vehículo para proyectar un enojo que no resuelve nada. No mete a nadie a la cárcel, no baja la inseguridad. Somos adictos a sentir que hicimos algo, sin haber hecho nada. Esa es la viralización del enojo en México: percibo a distancia a un país entero gritando en un cuarto donde el grito de todos sofoca al de alguien que toca a la puerta para proponer algo mejor. Una turba así es imposible educarla y mejorarla.


← Volver a las entregas

Discover more from Consejos de Viejo

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading