301 — O Último Azul

Sal Nuñez

Después de intercambiar mensajes por WhatsApp con MSB, le sugerí que buscara en Netflix o en YouTube el título en portugués de este texto; o en inglés bajo “The Blue Trail” o en castizo como “El Sendero Azul” o con el nombre de la protagonista Denise Weinberg. No tuvo éxito. Ahora le comparto el del director: Gabriel Mascaro a ver si corre mejor suerte. Esta película no mira al pasado ni a la muerte, sino al presente, combina sensibilidad, ingenio y crítica social, enfocándose en la vitalidad que aún habita en los cuerpos maduros. Su cámara resalta la esperanza y el deseo, redefiniendo la experiencia de envejecer como un acto de libertad y descubrimiento. Conmino a quien lee, que la busque en la pantalla donde pueda encontrarla. Narra la historia de una mujer de 77 años que se rebela contra un estado distópico que pretende confinarla porque en el sistema de economía neoliberal ha dejado de ser productiva y a ser una carga social; como todos aquellos mayores de 75 años. Evito contar la trama para que sea disfrutada e interpretada según quienes logren verla.

Baste decir que esta obra brasileira de bajísimo presupuesto ha sido reconocida con el Oso de Plata en la Berlinale, y aclamada en decenas de festivales internacionales. Es una parábola sobre la libertad y la dignidad del cuerpo envejecido. La protagonista es una actriz mayor que asume con orgullo su envejecimiento. En Brasil, la primera generación de mujeres mayores del mainstream televisivo tuvo que recurrir a procedimientos y cirugías faciales e inyecciones de Botox (como Silvia Pinal, Irma Serrano, Lucia Méndez, Verónica Castro) para esconder la vejez. Pero ésta luce con orgullo sus arrugas y afirma que le sirven de herramienta creativa.

Las películas con protagonistas mayores suelen tratar la finitud, el deterioro, la muerte o la nostalgia del pasado. Lo especial de ésta es que no mira ni al pasado ni a la muerte, sino al presente tal y como lo vivimos mi hijo PG, su hijo Max, y yo cuando navegamos en un pequeño bote por la periferia de Manaos y vimos delfines rosas, pirañas de dos tipos, y pueblos flotantes enteros donde los residentes van en lancha al templo, al mercado, a la cruz roja, o a un restaurante. La Amazonia es conocida por sus encantos. Hay muchos elementos psicotrópicos en su fauna y flora. La historia que abordo muestra una alegoría de ello para referirse a la utopía, la fantasía, y la esperanza; cuando la protagonista pone una gotita de la babosa azul del caracol en los ojos, que le aporta las nociones gráficas de mirar el futuro y abrirse caminos. Algo similar a lo que en mis épocas hicimos con el LSD o los hongos de María Sabina. De ahí surge el título del film de estilo clásico de realismo mágico, como sus predecesores: “Como agua para chocolate”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “Un paseo por las nubes”, “La casa de los espíritus”, y sobre todo “El hombre de 100 años que salió por la ventana y desapareció”.

La película está hecha con mucha sinceridad, desde una mirada y un sentimiento muy personal del director, que al igual que Gabriel García Márquez, fue criado por sus abuelos. Nos impregna de un sentimiento de encantamiento, de creencia en la vida y en la posibilidad de redescubrirla sin importar la edad. Su utopía de libertad, independientemente de quiénes seamos o de nuestra edad, es que siempre es tiempo de desear ser libre y descubrir la vida. En vez de acatar las leyes neoliberales en una ciudad industrializada que buscar confinar a todos los veteranos a una colonia de jubilados, para reducir el costo de la carga social en los contribuyentes más jóvenes. La justificación del programa gubernamental es que los ancianos deben dejar libres a sus hijos para que puedan trabajar y producir más. Pero Tereza, no está dispuesta a renunciar a su vida y todavía quiere realizar un sueño irrealizado: volar en avión por primera vez; hasta donde le alcancen sus ahorros. Buscando concretar su objetivo, emprende la búsqueda de otro futuro: un renacimiento, una existencia distinta, la prueba de una vida nueva, con otro significado, otro horizonte.

La idea le surgió al creador de esta película durante la pandemia y su impacto en la productividad industrial. Cuando abiertamente se debatía si se frenaba la economía para evitar que murieran más ancianos. Hubo una presión muy grande para no detener nada. El cuerpo del anciano se volvió un problema para la economía, y brotaron ideas para abatir costos en el cuidado de la salud y de la alimentación de los ancianos. Y en medio de eso surge una anciana que, a su manera y sin proponérselo, desafía la forma en que el Estado planeó su final con el supuesto argumento de que así ella va a descansar y disfrutar de sus últimos años de una vejez digna. La película juega de forma crítica con esa propaganda del gobierno, que vende un proyecto de utopía, un eufemismo que dice que “el futuro es para todos”. Y que, a su manera, va vendiendo la ilusión de que es bueno para todo el mundo aislar a los ancianos del contexto social honrándolos con el título de patrimonio vivo nacional.

La película también le devuelve a la protagonista una posibilidad de practicar su sexualidad. Su cuerpo desea contacto físico. No la seduce la idea del contacto con un cuerpo joven. Es la relación íntima y estable, con otro ser donde encuentre fortaleza, seguridad, y una vida diferente a todo lo anterior de su pasado. Fuera de los protagonistas que actúan con mayor frecuencia, el resto son gente común que reside en Manaos y que fueron capacitados por el mismo director para desempeñar su rol. En la historia, hay una fábrica de procesamiento de carne de yacaré (cocodrilo, caimán). También hay un casino donde en vez de cuadrilátero o palenque, se organizan apuestas alrededor de una pelea de peces en la que las personas apuestan lo que tienen y lo que no. También está presente la cultura beat. La música también es de algún modo un personaje singular, que invita a bailar. Y como dije antes, MSB sacudió el huarache, y deslizó el tacón semanalmente durante su juventud.


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