Sal Nuñez
Durante muchos años me auto diagnostiqué (investido de vanidad) mi personalidad como sana, porque creía que exhibe estas características: 1) es adaptativa, 2) flexible, 3) funciona en forma autónoma y competente en diferentes áreas de la vida, 4) posee la habilidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias, y 5) es capaz de conseguir metas propias, con el consiguiente sentimiento de satisfacción subjetiva. Sin embargo, recién me digo que desde la infancia me he caracterizado por tener un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que nunca me ha sido diagnosticado por un especialista; al que no voy a acudir porque a los ochenta años, ni me estorba, ni peligran los que conviven conmigo, ni empeora mi vida. Todo lo contrario. Me mantiene interesado en una multiplicidad de temas y dispongo de exceso de tiempo para abordarlos. En mi generación ni los padres ni los maestros atendían los síntomas que exhibí desde la infancia porque la psiquiatría estaba en pañales, no había surgido el persuasivo conductismo de B.F. Skinner como ciencia de la conducta. Pero aprovechando mi superávit de tiempo reflexiono sobre mi caso y el de algunos familiares. Me disculpo por invocar al pasado como referencia explicativa, cuando mi actual propósito inmanente es enfocarme en vivir el presente.
Me pusieron la prueba ordinaria de nuevo ingreso a la primaria del colegio jesuita en el que me inscribió mi padre en León, Gto. Tuve 100% de aciertos en menor tiempo del esperado en el examen de admisión a 1º. Ese día me pusieron el correspondiente al 2º e igualmente lo pase al 100%. Dijo el encargado que mentalmente podría ser muy competente en 3º pero estaba inmaduro con seis años de edad y eso me afectaría la convivencia con quienes eran mayores y más corpulentos. Por lo que inicié la primaria en 2º. La política de la escuela era que cada alumno que terminara en primer lugar a fin de año estaba exento del pago de colegiatura por el siguiente. Mi padre pensó que se había ahorrado la colegiatura de 2º y de 3º cuando en ambos años resulté en lo más alto de mi salón, pero aduje que yo merecía el dinero por mi esfuerzo, para comprarme lo que él (justificadamente) no me compraba. Mi padre lo aceptó renegando, y yo no me ufané por lo logrado.
El calendario escolar del centro del país iba de Febrero a Noviembre, y el del Norte iba de Septiembre a Junio. Mi padre me sacó del 1º de secundaria en la escuela de los jesuitas a fines de Noviembre, y me inscribió en un colegio lasallista en Monterrey que ya llevaba tres meses de clases. Me dieron el ingreso a 2º condicionado a levantar el promedio en los siguientes seis meses, pues para los tres de inicio me anotaron calificaciones de reprobado en todo porque estuve ausente. Levanté el promedio y pasé. Pero sin conocimiento de mis padres, me cambié de escuela cuando se descubrió públicamente la pederastia de los lasallistas de la casa de asistencia donde me había inscrito mi padre. Y me inscribí en 3º en una secundaria marista ubicada más cerca que la lasallista. Ahí conocí a mi amigo y fiel lector HDAO a quien le apodaban “el pavo” por los comerciales radiofónicos que ofrecían un pavo en la compra de un reloj en la tienda de una familia de igual apellido: Arreola.
Cursé la preparatoria del ITESM en dos años; e ingresé a la carrera de ingeniería química a los 16. Para un día del maestro, propuse en el salón que actuáramos un sketch de media hora para evidenciarle al Ing. Teodoro Reiter que habíamos asimilado sus enseñanzas. Escribí un entremés donde los seis personajes vestidos con las etiquetas del laboratorio eran o inmiscibles, o demasiado volátiles, o reaccionaban explosivamente entre sí, o tenían una compatibilidad sorpresiva (30ml del volumen de uno + 70ml del otro, mezclados totalizaban 85ml), u olían fétido. El estruendo de las carcajadas durante la representación atrajo a los alumnos de varios salones y la audiencia pasó de 25 a 100 durante esa media hora. Al final, el maestro me dijo que estaba en la carrera errada, que me cambiara y estudiara Literatura. Lo hice cuando iba en 8º semestre de la carrera de ingeniería química. Ya en la escuela de Letras conseguí empleo como reportero en la sección dominical del periódico “El Porvenir”, gané el primer lugar y mención honorífica en un concurso de drama. Monté obras de teatro, actúe en otras, jugaba de portero en el equipo representativo del ITESM, tenía una novia en Durango, otra en Monterrey, y una tercera en León, Guanajuato.
Ahora me entero de que personas como yo, hiperactivos y exageradamente curiosos mentalmente en la infancia, y con intereses múltiples y a veces contrastantes, somos diagnosticados con el síndrome de TDAH que tiene muchos componentes transmisibles. Su base genética es muy fuerte 70-80% heredable. En gente como yo la dopamina y la noradrenalina funcionan distinto en la corteza prefrontal de nuestro cerebro. No es por el azúcar, ni las vacunas, ni la mala crianza de quienes nos cuidan. Es decir, algunos de mis hijos o nietos pueden dar muestras de lo mismo o de variantes. No es en lo absoluto falta de inteligencia o voluntad. Es como tener un Ferrari con frenos de bicicleta. No es ser vago, no es por el celular, no es falta de disciplina. No es solo de niños. Al 60% de quienes tienen TDAH les continúa de adultos, solo que la hiperactividad visible se internaliza volviéndose inquietud interna. No es que no podamos atender algo. Es que se nos dificulta elegir algo de lo mucho que nos llama la atención. El problema central no es que nos falte o falle la atención, es que no podemos regularla. Por lo que brincamos de un tema a otro, pero no en forma superficial, prueba tácita de ello son las sagas y los consejos que comparto con quienes me dispensan amablemente su atención.
¿Soy deficiente? ¿Soy especial? ¿Soy sobresaliente? No. No. No. Soy un producto de la interacción de la carga genética, y del zeitgeist o “espíritu de la época”. En México puedo citar a cuatro ingenieros de mi generación que han resultado excelentes fuera de lo que estudiaron. Uno en poesía, otro en historia, otro como cronista urbano, y el último como locutor: Gabriel Zaid, Enrique Krauze, Germán Dehesa, y Pedro Ferriz. En la misma categoría podría incluir al director de cine Alejandro González Iñárritu. Y confirmados por ellos mismos: Michael Phelps (28 medallas olímpicas), Andrés Iniesta, Simone Biles, Jim Carrey, Justin Timberlake, Richard Branson, Lewis Hamilton, Will Smith, Ryan Gosling, Thomas Edison, Agatha Christie, Einstein.
Nos cuesta sostener tareas secuenciales, como los juegos de mesa. Nos distraemos, perdemos las secuencias y evidenciamos un desinterés que frustra a los demás. Procrastinamos tareas simples o hacemos maratones en lo que nos gusta. Necesitamos siempre tener ruido o música de fondo para disfrutar de lo que hacemos, y sentir la presión de una fecha límite o alguna novedad para iniciar la actividad. Nos abruman las listas largas de pendientes y las segmentamos para llevarlas a cabo. No es desidia ni falta de conocimiento, es que nuestras conexiones neuronales son transversales. No es problema del contenido, es del contenedor. Nuestra memoria semántica está impecable, lo que nos falla es la memoria de trabajo, la que sostiene el "dónde voy" mientras entra otra cosa. Nos emproblemamos con una secuencialidad monótona y predecible; y nos volvemos inatentos. Pero en contraste nos funciona bien la metacognición: notamos los errores con más nitidez. Es nuestra forma basal de procesar. No es que no sepamos contar a los cinco años, es cómo contamos: empezamos la tarea del 1 al 20 y a la mitad nos vamos a otra cosa, nos saltamos los renglones al leer y necesitamos poner el dedo para evitarlo. De niños olvidamos tres instrucciones seguidas: “ve por la libreta, trae el lápiz y cierra la puerta”. A los cinco años hacemos solo una. Nos hiperenfocamos: podemos pasar horas en una actividad y no 10 minutos con algo aburrido.
Yo estoy muy orgulloso y soy muy presumido de mis hijos. Mientras crecieron observé en cada uno ciertas tendencias conductuales neurológicas (de nacimiento) que ahora sé que tienen nombre y han sido clasificadas como mi TDAH. También me siento compensado en vida por mi apareamiento con Geo. Pero nunca externo etiquetas al comportamiento de mis familiares cercanos porque dichas por mi pueden tener más peso que si cada quien se auto diagnostica sus rasgos y manías. Ninguno de mis descendientes ni mi pareja es autista de rango especificado. Pero sí hay obsesivos-compulsivos, histriónicos, dependientes, narcisistas, reservados, esquizoides pasivos, creativos, procrastinadores… Varios muestran diversos grados de alexitimia, uno adolece de discalculia, otro con frecuencia exhibe reactancia. Pero todos han estado conscientes de sus tendencias desde su septenio 3º y las manejan; como he hecho yo con las mías durante 75 años. No abrigaría agravio alguno si mis nietos declaran que su abuelo tuvo TDAH auto diagnosticado; y espero que, si lo dicen, reciban el trato que amerita el dato.
(Para mi inquisitivo amigo GM). El tema que abordo hoy tiene la siguiente bibliografía:
https://es.wikipedia.org/wiki/DSM-5
https://www.nimh.nih.gov/health/topics/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd
https://www.nimh.nih.gov/health/publications/espanol/trastorno-de-deficit-de-atencion-e-hiperactividad