Sal Nuñez
Recapitulando. Opino que abunda un exceso de etiquetas sobre el comportamiento o personalidad de las personas. Son cajones en los que nos clasifican terceras personas, que al correr del tiempo se convierten en prisiones que nosotros mismos nos imponemos. Debido a ello me aparté de las clasificaciones enlistadas en la Asociación de Psiquiatría Americana por dos razones: están basadas en el 4% de la población mundial y reciben una divulgación apabullante que van siendo adoptadas y adaptadas por otras culturas. Como reacción a esto, he recurrido a la clasificación medieval que se utilizaba en los monasterios para establecer las posibles rutas que debían recorrer los novicios para desarrollarse mejor y contribuir mejor a la sociedad. Hay un obstáculo en ello: las descripciones o etiquetas han sido definidas posteriormente y cada cultura utiliza la palabra que considera adecuada; misma que nos regresa al punto de partida: es una etiqueta muy susceptible de distorsionar el concepto. Ejemplo: al #9 unos le llaman “pacificador” y otros le llaman “indolente”. No es lo mismo. Tampoco explican que han sido establecidos nueve niveles de “pacificador” o de “indolente” desde el supersano hasta el superenfermo; y que la mayoría nos comportamos en el término medio; lo que en latín se conocía por las traducciones de Aristóteles como Aurea Mediocritas = término medio, o dorada medianía: expresión que alude a la pretensión de alcanzar un deseado entre los extremos; un estado ideal alejado de cualquier exceso, basado en conformarse con lo que se tiene y no dejarse llevar por emociones intensas, esporádicas, y desproporcionadas. En la Edad Media europea le asignaron números a los tipos de personalidad que uno tiende a adoptar más del 50% de su vida. En este segmento me refiero a los tipos #3, #6, y #7. Y como en el anterior, teniendo en mente a personas con las que trato desde hace más de 35 años.
El #3 se vende a sí mismo para ser amado reteniendo su identidad. Su pecado es la vanidad, pero la disfraza. Su miedo base es ser un fracasado, inútil, sin valor, ser nadie. Su deseo base es ser valioso, exitoso, admirado, un triunfador que ejecuta bien lo que le pagan por hacer.
En su nivel A no tiene disfraz, el éxito que logra no es para impresionar, es para inspirar; es auténtico, un modelo. Es valioso por lo que es, no por lo que hace. Sus repetidos éxitos lo hacen ser conocido como un triunfador. Motiva, inspira porque es real, no porque brilla.
Muestra en el nivel B una confianza real en sí mismo. Es muy competente, energético, contagia ganas. Su autoestima no depende del aplauso. Trabaja mucho pero todavía tiene corazón.
En el nivel C empieza la identificación: "Yo soy lo que logro". Muy productivo, carismático, imagen impecable. Todos quieren ser como él. En Instagram todo se ve perfecto: familia, viajes... Es admirado, pero ya empieza a preguntarse en secreto "si me quitan todo esto, ¿quién soy?". Como campeón eficaz aún brilla, pero ya con un poco de actuación.
La mayoría vive en el nivel D necesita ganar para sentir que vale. Se compara todo el tiempo. Empieza a pulir su imagen y a esconder lo feo. En la reunión no escucha para entender, escucha para ver cómo se ve mejor que el otro. Si le preguntan dice "todo bien, todo excelente" aunque por dentro esté fundido. Pero es muy competente en lo que hace.
En el nivel E actúa, persigue un mejor estatus. Su vida es un currículum. Se vende. Mide a la gente por lo que tiene: qué coche, qué título, qué pareja. Se endeuda para comprar el reloj que lo haga ver exitoso. Se queda en un matrimonio infeliz porque "se ve bien la familia". Dice lo que la gente quiere oír para caer bien. Se vuelve oportunista, camaleónico. Ya no sabe qué siente, solo qué debería sentir para verse bien.
En el nivel F infla, exagera, miente. Su miedo a fracasar es tan grande que prefiere mentir que verse como fracasado. Envidia a otros. Puede sabotear a otros para quedar arriba.
El nivel G ya es insano. Es un oportunista que ya no tiene valores, solo objetivos a lograr a toda costa. Puede estafar, traicionar, usar a la gente como escalones. Su identidad colapsó. Su familia ya no lo conoce: es una cara diferente en cada lugar. Vacío total por dentro, pánico a que lo descubran.
En el penúltimo nivel H padece delirios de grandeza para tapar un sentimiento de fracaso absoluto. Miente patológicamente, se endeuda, lo demandan. Sigue aparentando riqueza mientras lo embargan. Inventa títulos, premios, historias; es un farsante desesperado. Si lo descubren, en lugar de pedir perdón, crea una mentira más grande.
Ya en el nivel I padece de una depresión severa oculta detrás de una sonrisa. Se autodestruye, el cuerpo se le daña por tanto estrés. Colapsa, es una cáscara vacía que se autodestruye porque se dice “si no soy admirado, no existo. Como el famoso que lo tiene todo y se quita la vida porque ya no puede sostener la actuación. O el ejecutivo que sufre un infarto a los 40 y sigue contestando mails en el hospital. Si no puede ser alguien, prefiere no ser. El antídoto del #3 no es más éxito, es más verdad. Su crecimiento se da al ser leal a un grupo, a mostrarse sin maquillaje, a decir "fracasé y tengo miedo" y descubrir que por eso lo quieren más, no menos.
El #6 tiene un miedo base de quedarse sin apoyo, sin guía, sin seguridad, ser traicionado. Por lo que su deseo base es tener seguridad, certeza, pertenecer a algo confiable. Si el #2 retiene amor dándolo, el #6 retiene seguridad dudando de todo. Su pecado es el miedo. Es muy leal y al mismo tiempo es muy escéptico. Muestra dos caras con mucha frecuencia; la del fóbico (se hace chiquito y busca protector) y la del contra fóbico (ataca primero para no sentir miedo). Mismo miedo, distinta máscara.
En el nivel A se comporta como un valiente guardián. Cundo transforma su miedo en coraje. Ya no busca seguridad afuera, la tiene adentro. Se vuelve un roble para todos; un líder que en plena crisis dice "no sé qué va a pasar, pero vamos a salir, confíen". No es ingenuo, ha visto lo peor y aun así elige confiar. Protege sin asfixiar.
En el nivel B es un compañero confiable: leal, trabajador, con sentido del humor. Ve los riesgos pero no se paraliza. La gente lo quiere porque sabe que cuenta con él. No es el más brillante, pero es el más fiel.
En el nivel C es un colaborador muy comprometido. Aquí empieza la identificación: "Yo soy el que pertenece". Muy responsable, se identifica con su equipo, familia, empresa. Necesita sentirse parte, defiende a su familia aunque no tenga razón. Todavía sano, pero ya empieza a necesitar la aprobación del grupo para sentirse seguro.
En la banda media se desempeñan la mayoría de los de este tipo. En el nivel D le sube un poco la ansiedad. Empieza a ver problemas donde no hay para prepararse. "¿Y si pasa esto? ¿Y si lo otro?". Empieza a buscar autoridad que le diga qué hacer.
En el nivel E es un escéptico defensivo. Activa su desconfianza. Si es fóbico, se comporta dependiente y obediente pero no dice lo que piensa. Si es contra fóbico, se vuelve desafiante, provocador, sarcástico, se burla de la autoridad para no sentirse chico. Ambos piensan: "no confío en nadie".
En el nivel F se muestra autoritario y un poco paranoico.
Busca un chivo expiatorio. Se vuelve rígido, blanco y negro, busca culpables; es muy reactivo. Necesita certeza absoluta.
La banda insana comienza por el nivel G. Donde el #6 se vuelve en un inseguro crónico. Ya no confía ni en sí mismo: dependencia total o agresión total. No puede decidir nada solo. Le puede dar un ataque de ansiedad por decidir qué comer. Llama a 5 personas para que le digan qué hacer. O se encierra armado en su casa porque "todos me quieren atacar". Ve traición en todas partes.
En el nivel H le dan delirios de persecución. Cree que el mundo conspira contra él. Puede volverse cruel para defenderse de un peligro imaginario. Cree que su jefe, su pareja y sus amigos tienen un grupo para hablar mal de él. Empieza a atacar preventivamente, a difamar, a aislarse. Su miedo es muy autodestructivo.
Hasta que en el nivel I colapsa. “Si no hay seguridad en ningún lado, mejor me autodestruyo yo antes de que me destruyan otros.” Se sabotea justo cuando le iba bien: renuncia sin nada, rompe una relación buena, porque no soporta la incertidumbre de que lo dejen después. Se queda paralizado, sin poder moverse, viviendo en el peor escenario de su cabeza. El antídoto del #6 no es más seguridad, es más confianza. Su crecimiento es pasar de "¿qué puede salir mal?" a "todo va a estar bien aunque salga mal". Aprender a confiar en su instinto, no en 100 opiniones. Su medicina es la acción sin garantía, respirar y hacer, aunque tenga miedo.
El #7 tiene un miedo base: quedar atrapado en el dolor, en la carencia, en el vacío, ser privado. Su deseo base es ser libre, feliz, satisfecho, lleno de opciones. Su pecado más visible es la gula: no de comida, sino de experiencias que puede abordar con entusiasmo y sentir que han sido unas grandes aventuras. Retiene su alegría huyendo de ciertas situaciones.
En el nivel A tiene una felicidad profunda, no es euforia. Es un sabio alegre que disfruta del éxtasis que le aporta maravillarse por un acontecimiento en particular, que siente placer o admiración con tanta intensidad que se olvida de todo lo demás. Ya no huye del dolor, lo incluye. Está presente y agradecido. Su alegría cura.
En el nivel B es muy curioso, creativo, entusiasta, con energía contagiosa. Inspira. Ve posibilidades donde otros ven muros. Alegre pero centrado.
En el nivel C empieza la identificación: "Yo soy el alegre, el que puede con todo". Muy productivo, multitasking, hace mucho y bien. Emprende negocios, viaja, tiene mil amigos. Todavía brilla, pero ya empieza a llenar su agenda para no sentir el vacío. Si para, se angustia.
En el inicio de la banda media, en el nivel D se comporta como un consumidor que planifica. Empieza a confundir felicidad con opciones. No se compromete por miedo a perderse algo mejor. "¿Y si hay algo más divertido?" Empieza dieta, gimnasio y negocio la misma semana. No termina ninguno. Participa en 20 chats porque "no quiero aburrirme". Evita el compromiso etiquetándolo como "atadura".
En el nivel E acumula planes, pero no profundiza en ninguno. Usa el humor y la charla para no hablar de lo que le duele. Compra cosas que no necesita, come de más, toma de más, todo para no sentir el hueco. Se vuelve superficial, cínico, hiperactivo, disperso.
Huye en el nivel F. Escapa de sí mismo o exhibe manías. Si lo confrontan, explota muy impulsivo e irresponsable. Culpa a otros de su aburrimiento. No puede estar solo sin celular, música o gente. El silencio le da pánico.
Entra a la banda insana en el nivel G. Se vuelve adicto a estímulos: fiesta, droga, juego, adrenalina. Todo para no sentir porque le tiene una acendrada fobia y una muy débil tolerancia al dolor. No soporta ningún límite. Promete y no cumple. Su vida es un caos de proyectos sin cerrar, relaciones sin cerrar, deudas sin cerrar. Huye de sí mismo.
Un el nivel H se vuelve erratico y destructivo; exhibe una impulsividad peligrosa. Gasta lo que no tiene, se mete en problemas legales, arruina relaciones buenas por una aventura de una noche. Ya no controla su gula, maneja tomado porque "no pasa nada". Muy infantil, cree que siempre lo van a salvar. Debajo hay un niño asustado que cree que si para, se muere de tristeza.
En el extremo de lo insano está el nivel I en el que colapsa por saturación. De tanto escapar del dolor, se queda vacío y paralizado. Ya ni la fiesta le divierte. Se encierra, deprimido pero disfrazado de "estoy chido". Ya no disfruta nada, pero sigue corriendo. De tanto buscar felicidad afuera, se olvidó de cómo sentir por dentro. Necesita parar por completo para salir de su anestesia. El antídoto del #7 no es más opciones, es menos. Su crecimiento es pasar de "quiero todo" a "quiero esto y lo profundizo". Aprender a quedarse, a aburrirse, a sentir la tristeza sin escapar. Su medicina es el compromiso y el silencio. Una cosa a la vez, hasta el final.