315 — Manifiesto – Primera Parte

Sal Nuñez

Los del 12° al 14º septenios, atentamente nos dirigimos a usted no para pedirle ayuda, sino para pedirle que retire una ayuda que no pedimos. Hemos dejado de competir en dos carreras en las que usted todavía está inscrito: la velocidad del cuerpo y la velocidad del habla. Porque descubrimos que ir despacio no es perder; es por fin ver el camino. Le pedimos amablemente que no confunda lentitud con torpeza, pausa con olvido, silencio con vacío. Porque desde esa confusión muy seguido nos habla con un tono que nos ofende más de lo que nos instruye: el tono de la lástima. Ese diminutivo, ese volumen un poco más alto, esa sonrisa que no llega a nuestros ojos. No somos sus niños. Somos sus mayores. Y si desea acompañarnos hasta el septenio 15º le pedimos lo siguiente:

1. No nos hable con lástima. Háblenos con respeto.

La lástima mira hacia abajo. El respeto mira a los ojos. No necesitamos que nos tengan pena por la edad. Ténganos envidia por tenerla.

2. No use con nosotros el tono conmiserativo que usa con los enfermos y con los perritos. Lo detectamos a un kilómetro. Ese tono no informa, y nos duele más que las rodillas porque suena a: te considero menos capaz.

3. No nos grite. Pregunte. Si no escuchamos, lo diremos. Gritar no es aclarar, es infantilizar. Si quiere que lo escuchemos, hable de frente, sin prisa. Articule.

4. No nos hable en diminutivos. No tomamos pastillita, no damos vueltecita. Tomamos pastillas, damos vueltas. El cariño real dice las cosas por su nombre.

5. No nos explique lo obvio como si fuera la primera vez. Sabemos usar un cajero, un celular, un control remoto. Si no sabemos algo nuevo, preguntaremos. Lo que no toleramos es el tutorial no solicitado: Mire, le pica aquí, ¿ve? Aquí. ¿Entendió? ¿Sí? ¿Seguro?. Eso no es ayuda, es demostración de superioridad.

6. No nos apure. Caminamos más lento porque estamos negociando con cada paso, no porque no sepamos a dónde vamos. Hablamos más lento porque estamos eligiendo las palabras, no porque no tengamos qué decir. Si nos apura, nos roba la única libertad que nos queda: la de nuestro propio ritmo. La velocidad es de ustedes. La oportunidad es nuestra.

7. No confunda nuestra pausa con demencia. Nos detenemos a mitad de una frase no porque olvidamos la frase, sino porque nos acordamos de otra cosa que también importa. Tenemos 80 años de archivos abiertos. A veces nuestro sistema tarda en buscar. Espere. Lo que viene después de la pausa suele valer la espera.

8. No decida por nosotros para no molestarnos. No nos ahorre problemas decidiendo dónde queda el baño, dónde nos sentamos, qué comemos, qué bebemos, hacia donde mirar, si vamos o no vamos. Pregunte. La mayor violencia contra nosotros del 12° septenio no es que nos hagan daño, es que nos quiten las decisiones con la excusa de cuidarnos. Cuidar no es sustituir.

9. No nos aísle con el pretexto de protegernos, diciéndole a otros: No lo invite, se va a cansar. No le cuente, se va a preocupar. No lo lleve, va a ser mucho para él. Cada vez que hace eso, nos recorta un pedazo de mundo. Preferimos cansarnos en la fiesta que descansar en el olvido. Preferimos preocuparnos con ustedes que quedarnos tranquilos solos.

10. No nos convierta en anécdota ni en adorno. No somos el abuelo que dice cosas chistosas. No estamos aquí para dar ternura en Instagram. No cuente nuestras historias como si fuéramos personajes. Si quiere nuestra historia, pídanos que la contemos y escúchela completa, sin resumirla para sus amigos mientras nosotros estamos presentes.

11. No nos pregunte solo por la salud. ¿Cómo amaneció? ¿Se tomó la presión? ¿Durmió? No somos un reporte médico. Pregúntenos qué pensamos, qué leímos, qué soñamos, qué opinamos del país, del amor, de Dios. Seguimos pensando. De hecho, ahora pensamos mejor por haber abandonado concursos y competencias.

12. No tenga miedo de hablarnos de la muerte. Estamos fuera de la pelea y ya hicimos las paces. Podemos hablar de la muerte sin llorar. Si ustedes no pueden, no nos culpen. No nos alejen porque les recordamos que el tiempo pasa. Acérquense porque les podemos enseñar cómo pasa sin pánico.

13. No nos idealice. No somos santos. No nos ponga en el altar de los viejos son sabios. A veces somos necios, rencorosos, envidiosos, vanidosos. Tenemos 80 años de defectos bien practicados. No queremos veneración. Queremos relación real, con roce, con desacuerdo. La idealización es otra forma de no vernos.

14. No nos cobre la lentitud con impaciencia visible.

Ese suspiro, ese mirar el reloj, ese mover el pie mientras abrimos la bolsa para pagar. Lo vemos. Nos hace sentir que somos una carga. Si no tiene tiempo para estar con nosotros, dígalo honestamente y vuelva cuando sí tenga. Cinco minutos de presencia real valen más que una hora de presencia irritada.

15. No nos corrija en público para lucirse. Si decimos una fecha mal, un nombre mal, si repetimos una historia, corríjanos en privado. No hay nada más cruel que un joven corrigiendo a su mayor frente a todos para demostrar que él sí está lúcido. Eso es soberbia.

16. No nos hable de lo que ya no podemos hacer. Háblenos de lo que aún podemos. Sabemos que no corremos maratones. No necesitamos recordatorio. Pregunte qué seguimos haciendo: qué cocinamos, qué escribimos, qué cuidamos, a quién queremos, qué música todavía nos hace bailar sentados. El 12° septenio no es la lista de pérdidas, es el inventario de lo que quedó después del incendio. Y quedó bastante.

17. No nos pida que seamos modernos para merecer respeto. No tenemos que usar TikTok, para que nos tomen en serio. No nos evalúe con sus categorías. Evalúenos con las nuestras: ¿fuimos leales? ¿cuidamos a los nuestros? ¿pedimos perdón a tiempo? ¿seguimos curiosos? Ahí sí compitamos.

18. Tóquenos. A los viejos ya no nos tocan. Nos saludan de lejos. El cuerpo del viejo se vuelve intocable, como si contagiara vejez. Un abrazo, una mano en el hombro, un beso en la mejilla, bien dados, nos devuelven al mundo de los vivos. Pero no nos agarre del brazo sin aviso para llevarnos a donde usted quiere. Eso no es ayuda, es arreo.

19. No nos tenga lástima por haber salido de la competencia. Ténganos curiosidad. Dejamos la carrera de la velocidad no porque perdimos, sino porque entendimos que era circular. Todos corren muy rápido para llegar al mismo lugar donde ya estamos nosotros, solo que más cansados. Si quieren, les enseñamos el atajo: menos ruido, menos prisa, más criterio. No competimos en habla rápida, competimos en palabra justa. No competimos en paso largo, competimos en paso seguro.

20. Recuerde que usted va para allá. Todo lo que nos haga hoy es el ensayo de lo que le harán a usted mañana. Si hoy nos habla con condescendencia, mañana le hablarán a usted igual. Si hoy nos escucha con respeto, está entrenando a sus hijos para que lo escuchen a usted con respeto. Trátenos como quieren ser tratados cuando les toque dejar de correr. No queremos su pena; queremos su conversación de adulto a adulto. No queremos que nos carguen; queremos que caminen a nuestro lado, aunque sea un poco más despacio. No somos el pasado. Somos su futuro cercano. Y todavía tenemos mucho que decir, si nos dejan decirlo sin traducirlo al idioma de la lástima. Porque nos preguntan mucho por qué no nos interesa algo, y lo confunden con que no entendemos. No es que no entendamos. Es que ya elegimos lo que nos resulta importante.


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