Sal Nuñez
Continúa esta declaración de quienes transitamos de los septenios 12º al 14º de nuestras vidas para que los de septenios previos se enteren de los principios que nos impelen a renegar una realidad a la que nos enfrentamos cotidianamente. Continúa esta proclama iniciada con veinte puntos; ahora con este exhorto a que no se confunda nuestro desinterés en la tecnología con una ignorancia tácita.
21. Ya no nos deslumbra que algo pueda hacerlo todo. Nos deslumbra que alguien decida no hacerlo todo. Nos rehusamos a adherir nuestra atención en pantallas manipuladoras que pretenden vendernos cosas innecesarias.
22. No nos pida que amemos su teléfono móvil por usted. Usted ama su celular como nosotros amamos una carta. Entendemos el fetiche. Pero no nos pida que sintamos lo mismo. Para nosotros, un aparato que interrumpe cada tres minutos no es inteligente. Es maleducado. Y no queremos convivir con un maleducado entre la ropa.
23. No nos haga sentir culpables por no querer aprender la última actualización. Aprendimos a usar la lavadora, el fax, el VHS, el DVD, el control remoto, la computadora, el mail, el WhatsApp. Ya cumplimos con la historia de la tecnología. No queremos aprender la nueva aplicación que hace más rápido lo mismo que la anterior. No es flojera. Es criterio. En otras palabras: ya tenemos suficientes llaves, no deseamos más puertas.
24. No nos venda la tecnología como si fuera inevitabilidad moral. Podemos vivir sin pagar con QR, sin pedir el taxi con una app, sin instalar cámaras inteligentes a nuestra casa que ya de por sí es inteligente por albergarnos. Si quiere ayudarnos con tecnología haga que ella se adapte a nosotros, no nosotros a ella.
25. No nos quite lo analógico en nombre del progreso.
Nos gusta el papel. Nos gusta el billete. Nos gusta tocar el timbre y que nos abra una persona. Nos gusta el libro que pesa. No es nostalgia, es táctil. El mundo tocado existe. El mundo escaneado, no siempre. Déjenos pagar con la mano, escribir con pluma, subrayar. Es lo último que nos queda sin contraseña.
26. No nos presuma que todo está en la nube. Lo sabemos. Justo por eso no nos gusta. Lo que está en la nube no está en ningún lado y está en todos lados a la vez. Y si no está en ningún lado, no es nuestro. Nuestros recuerdos están en una caja, con fotos, no en una nube que mañana cobra renta.
27. No nos mande tutoriales de 30 segundos a 2x de velocidad. Ni mensajes de habla rápida y sin respirar, con música de fondo que parece licuadora, no es que no entendamos la tecnología, es que nos confunde su prisa. Si quiere enseñarnos usted algo, siéntese. Una vez. Sin música. Sin decir es súper fácil. Si fuera súper fácil, no necesitaríamos tutorial.
28. No nos toque música electrónica sin palabras: no es que no oigamos, es que no le encontramos puntos de acceso memorables. Una canción con letra es una casa con puerta. Podemos entrar. Nos invita. Una pista electrónica sin palabras es una pared que vibra: muy bonita, muy cara, muy iluminada, pero pared. Nosotros a los 80 necesitamos puerta, no pared. Necesitamos que alguien nos diga algo.
29. No nos diga es que no se escucha, se siente. Llevamos 80 años sintiendo. Sentimos temblores, infartos, nacimientos, muertes, terremotos. No necesitamos un bajo que nos repercuta en el esternón para sentir. Queremos una voz que nos diga algo que no hayamos sentido o dejamos de sentir. La música digitalizada, sin palabras, nos deja afuera del chiste. Vemos que todos brincan y no sabemos por qué sonríen.
30. Respetamos su trance, pero no lo necesitamos. Entendemos que a los 45 años, después de una semana de trabajo, usted necesita una noche donde no le pidan palabras; donde solo sea cuerpo. Lo entendemos. Nosotros tuvimos el danzón, el disco, el rock. Y a los 80, necesitamos lo contrario: menos cuerpo y más palabra. Porque el cuerpo ya bailó. Ahora quiere conversar.
31. No nos ponga audífonos con un beat que te va a encantar para modernizarnos. Ponernos un beat de 128 BPM, a nuestra edad, no nos hace jóvenes, nos marea. Es como darle tequila a un diabético para que se anime. Si quiere compartir música con nosotros, comparta una con historia, con letra, con alguien que diga te quiero o te extraño. Todavía nos mueven esas dos frases más que cualquier drop.
32. Sobre los blockbusters… ya vimos el final. Sabemos que el bueno gana después de dos horas y media de hacer explotar todo. Ya no nos sorprende nada ni encontramos lo especial en los efectos. Nos sorprende que alguien no explote nada y aun así nos haga llorar. Por eso vemos películas donde dos personas intercambian párrafos verbales en una cocina.
33. Nos disgusta ver una película que necesita 12 películas anteriores para entenderla. A los 80 no tenemos tiempo para hacer la tarea de entender un episodio. Si tenemos que ver una serie de 4 temporadas para entender el chiste del superhéroe, preferimos no entenderlo. Queremos historias que empiecen y terminen en la misma noche, como las de antes. Como la vida, que empieza y termina en la misma vida.
34. No nos pida convertir en emociones a los trucos electrónicos. Los vemos y decimos: qué bien hecho está. Pero jamás decimos: qué bien me hizo sentir. A nuestra edad, ya no nos impresionan los dinosaurios perfectos ni los dragones descomunales. Nos impresionan las personas imperfectas que se piden perdón. Eso sí que no lo puede hacer una computadora.
35. No nos diga tiene que verla en pantalla grande con sonido envolvente. A los 80, el sonido envolvente nos arropa demasiado. Nos deja sordos dos días. La pantalla grande nos queda demasiado grande, tenemos que mover la cabeza como en un partido de tenis. Nos gusta la pantalla mediana, el volumen mediano, la trama larga. Si la historia es grande, no necesita envolvernos. Ya estamos envueltos en ella.
36. No nos acuse de amargados por no reírnos con sus comedias. No es amargura, es que el chiste es bobo e inocuo. Nos reímos poco porque ya nos reímos mucho en la vida. Nuestra vara de risa es más alta. Háganos reír con ironía, con doble sentido, con picardía de cantina.
37. Entendemos que usted necesita blockbusters para no pensar. Nosotros necesitamos historias para pensar.
Usted trabaja 10 horas, llega agotado, necesita apagar el cerebro dos horas. Lo entendemos y lo respetamos. Nosotros estamos al revés: tenemos todo el día para pensar, y necesitamos una película que nos dé algo en qué pensar, no algo que nos ayude a no pensar. Por eso optamos por ver películas europeas donde no pasa nada y pasa todo; y no tratan al público como eterno adolescente.
38. No nos pida que finjamos que nos gustó. Si nos lleva a ver el último universo cinematográfico y nos dormimos, no es falta de respeto. Es que el sillón estaba rico, oscuro, y la película no nos necesitaba despiertos para proseguir sus estruendos. Si nos pregunta ¿le gustó? y decimos estuvo entretenida, es nuestro NO educado. No insista en una respuesta hostil.
39. Déjenos recomendarle algo. Así como usted nos recomienda su DJ y su superhéroe, déjenos recomendarle una canción con letra de Serrat; una película de los 1970s; un aparato que solo sirve para una cosa pero la hace bien. Si las disfruta entenderá por qué no queremos todo lo nuevo. No es cerrazón. Es que ya probamos mucho y nos quedamos con lo que sirve.
40. Al final, lo mismo: no nos tengan lástima por no querer lo último. Téngannos curiosidad por querer lo penúltimo. No estamos atrasados. Estamos editados. Ya quitamos de nuestra vida lo que hace ruido sin decir nada. La tecnología que pide atención cada minuto, la música que no nos habla, la película que no nos necesita. No es que no podamos con eso. Es que ya no queremos pagar el precio de la novedad con nuestra atención, que es lo poco que nos queda y lo mucho que nos costó. Si quiere encontrarnos, búsquennos en la mesa, con un platillo sazonado, no una pizza, con una canción que dice algo, con una historia que empieza y termina. Ahí seguimos. Lentos, sí. Pero presentes.