322 — Amistades de Corta Fragua

Sal Nuñez

Me refiero a los amigos o amigas que de pronto conocemos porque coincidimos en una fiesta larga en la que no somos responsables de atender a nadie, en las horas de un largo viaje en el que nuestros asientos están contiguos, o en encuentros fortuitos y propicios para conversar a profundidad. Yo recuerdo con agrado y frecuencia, por lo menos una docena de amistades de este tipo. Porque las he clasificado como positivas y estimulantes durante el encuentro inicial, y posteriormente emotivas al evocarlas o referirme a ellas, decidí compartir lo que reflexiono. Excluyo los amoríos improvisados en una sola ocasión (one night stand); porque el amor de una noche quiere cuerpo y recuerda en la piel. Y en contraste, el tipo del que trato hoy requiere una alma sincera, y la memoriza bifurcada en el corazón y la mente, en un sitio inaccesible a los demás. En el primer tipo, dos extraños que no se conocen, se desnudan para no tener que explicarse. En el segundo tipo, dos extraños acuerdan conocerse sin desnudarse; se explican sin tener que tocarse. El 1º se lleva el olor de la amante de una noche. El 2º te deja con una frase que te retumba o una emoción que te conmueve.

El lenguaje de la amistad de pocas horas no muere nunca. No porque sea útil, sino porque fue dicho una sola vez y no tuvo tiempo de gastarse. La amistad de pocas horas no necesita mantenimiento porque nunca arrancó maquinaria alguna. Las amistades largas se rompen por tiempo y distancia porque viven de riego. Las de pocas horas viven de embalsamamiento. Están en salmuera, sin fecha de caducidad: uno sabe que lo interrumpido al final del encuentro, es susceptible de continuar en el mismo punto lustros después, en otra geografía, y no requiere ponerse al día. Seguiría donde lo deja uno. Ese tipo de amistad es invulnerable porque nunca se ha puesto a prueba. Es de las únicas que no decepcionan, porque uno no le ha dado tiempo de hacerlo. No hay que seguirse en Instagram. No hay que mandarse memes. Eslabonarse sería rebajarlo. El interés mutuo se mantiene precisamente por no actualizarlo. La fidelidad en estas amistades no depende de la procuración mutua porque obedecen a los primeros tres tipos de verdadera empatía que enlisto; son los que marco en negrillas.

1. Cognitiva: Entiendo lo que piensas. Te sigo el razonamiento.

2. Emocional o afectiva: Siento lo que sientes. Me contagio.

3. Estética: Me conmueve cómo ves el mundo, no lo que sientes. Tu frase me parece adecuada.

4. Compasiva: Siento lo que sientes y quiero aliviarlo. (Esta es maternal, terapéutica, de pareja).

5. Somática: Mi cuerpo imita tu cuerpo (pocas palabras, bostezo si bostezas, me tenso si te tensas).

6. Histórica o narrativa: Entiendo pasivamente de dónde vienes, tu biografía completa.

7. Proyectiva: Te atribuyo lo que yo siento y creo que te entiendo. (Falsa empatía).

Durante la brevedad del tipo de encuentro al que me refiero, un mecanismo interno de aceptación de la otra persona nos indica que con quien tratamos calificaría sin filtro alguno como una nueva amistad, en dos de las condiciones enlistadas: las que escribo en negrillas:

1. Incondicional: Se acepta al otro por completo, sin juzgar. En pocas horas no se tiene tiempo de descubrir lo inaceptable. Uno acepta al otro por entero, aunque esté incompleto el marco de referencia.

2. Selectiva: Se acepta solo la parte de la persona que le gusta a uno. A sabiendas de que ni el otro ni uno somos perfectos y es inminente la separación, uno acepta lo que contempla en esa ventana de tiempo: su yo de aeropuerto, su yo de fiesta, o de bar. Y ese yo no nos incomoda en lo absoluto.

3. Narrativa: Cuando se acepta pasivamente la historia, sin atender el presente ni participar en él.

4. Tácita: Si no se habla de lo que nos incomoda (a veces divergencias políticas) y se opta por mantenerse aparte de lo que puede causar fricciones.

5. Condicional: Cuando una parte es requisitosa y dice te acepto sólo si cumples X.

La mayoría de las amistades largas exigen negociar montados a través del tiempo, callar, entender el pasado, mantener viva la llama. En las de pocas horas de los encuentros efímeros no se negocia nada. Por eso son invulnerables. Entre este tipo de amistades de corta fragua templadas en un lapso de varias horas, recuerdo a cuatro personas que me impactaron durante cuatro distintos viajes largos en los que fuimos compañeros de asiento y conversamos a profundidad ininterrumpida durante varias horas: el torero Víctor Manuel Espinoza Armillita, la actriz Ofelia Medina, el cantautor argentino Alberto Cortez, y el actor de cine John Lithgow. Aunque todavía recuerdo lo sustancial de sus palabras, no veo ahora el caso en escribir sobre ellos y sí sobre otros dos personajes memorables con los que he compartido la mesa en reuniones concurridas: James Francis Litchfield Manley (Jim), y Augusto Carbajal Lechuga (ACL). Ambos nacidos en 1938.

Jim me impartió la primera lección teórica sobre el envejecimiento a partir del septenio 10º. Él tenía entonces 71, y yo 63. Estábamos en casa de su hija (mi nuera) para celebrar el Dia de Acción de Gracias en el tercer jueves de Noviembre del 2009. Éste fue su discurso, mientras nos alejamos de la veintena de familiares para caminar hacia el borde urbanizado de Altadena, CA; justo donde terminan calles y casas e inician las montañas silvestres:

Envejecer es el proceso interno de aceptar nuestra irrelevancia en todo. Nadie te participa o consulta sobre las decisiones importantes, a nadie le interesa lo que puedas opinar porque todos piensan que pueden predecirlo. Si manifiestas algo distinto, nadie te hace eco y ni siquiera te dicen que es inoportuno. Pasas a ser el abuelo que debe adoptar la conducta que te especifican para el bien de los nietos. Si preguntas algo te responden con una voz irritada para que dejes de hacerlo. Fumemos ahora un cigarro gordo porque tenemos prohibido hacerlo en casa. Nadie disfruta del olor del tabaco. Todos lo odian porque se impregna en las telas y tarda en evaporarse y además porque es un mal ejemplo para los niños. Escuché que viajaste a Cuba, si vuelves a ir te encargo una caja de Churchill’s que espero me dure hasta que me muera. Solamente fumo cuando me siento a gusto con una persona. Y es rara la ocasión de que me pase. Si fumamos uno en cada reunión de éstas me aseguro de nuestro encuentro anual. Además, me caes bien por partida cuádruple: tu hijo quiere a mi hija, eres ingeniero químico como yo, tienes una mente independiente, y te gusta tener propósitos altruistas. Yo empleo mi tiempo de jubilado en evaluar hogares necesitados para conseguirles fondos gratuitos para que mejoren la vida propia y de sus familiares. Trabajo sin devengar sueldo, para instituciones de beneficiencia que hacen fuertes donativos que descuentan de sus impuestos. Eso me da un propósito altruista. Hacer algo por el prójimo es la segunda mejor receta para la longevidad; después de la primera: vivir aislado con tu pareja. El próximo Noviembre nos volveremos a reunir en la boda de Lila, la nieta que compartimos.

Cuando me avisaron que tendría qué participar en 2-3 días de celebración por la boda de mi hijo X con la nieta de ACL. Hice lo mismo que cuando me anticiparon que conocería a Jim, en el Dia de Acción de Gracias: Investigué su genealogía para clavarme hasta el fondo de su raíz ancestral. En el caso de Jim, mi pesquisa me llevó hasta la Inglaterra del siglo XVI. En el caso de ACL me sorprendí porque llegué hasta el siglo XV. Por lo que imprimí un cuadernillo con su árbol genealógico de 20 generaciones —un promedio de 4-5 por siglo. Nos encontramos por vez primera en esa boda de corte predeciblemente tradicional. Al entregárselo, le fui comentando que aunque a él le registraron su nacimiento en Chihuahua, provenía de familias avecindadas en Monterrey y en Saltillo que en el siglo XVI se habían establecido en el noreste de México porque eran los terrenos a colonizar que les aprobaba Felipe II a los judíos conversos. Los de apellido Carbajal eran portugueses y buenos labradores. Pero los vecinos agricultores los acusaron de retener sus prácticas religiosas no-católicas y la Inquisición los encarceló en la ciudad de México. Fueron ejecutados en el garrote (una silla provista de una faja de cuero que ataban alrededor del cuello y que el verdugo apretaba para romper las vértebras inmediatas al cerebelo). En esa parte de mi relato, ACL rompió en llanto y sólo yo lo noté. Sigilosamente, me dijo que desconocía ese incidente de su pasado porque él era hijo de una joven soltera de Chihuahua que lo registró con su apellido y con el paso de los años él tramitó el cambio al apellido de su padre visitándolo en Monterrey. Mismo que aceptó registrarlo a pesar de que no hacerlo era la costumbre con los hijos concebidos fuera del matrimonio. Mi relato le detonó recuerdos de este incidente, en realidad no lo conmovió tanto la ejecución y quema en la hoguera de los cuerpos de la familia Carbajal, en el zócalo de la ciudad de México.

Como seguido nos pasa a los viejos, los jóvenes nos regresan al desempeño del papel que corresponde a los viejos en las reuniones organizadas por quienes tienen la mitad de nuestra edad: cerca del baño y lejos de los protagonistas. Esta mañana lo recuerdo con pesadumbre al escribir porque una serie de aneurismas cerebrales lo tienen postrado y su familia inmediata teme por su vida. Mi pesar duele distinto. No es el dolor del amigo de toda la vida, con síntomas de amputación. Es el dolor de un valioso testigo que se va. Cuando muere el amigo de pocas horas, muere el único que sabía ciertas verdades no compartidas, como las que relato. Duele más de lo que debería doler porque uno llora por quedarse sin el único espejo que los reflejó a ambos juntos en una escena de total empatía y aceptación.

Parafraseando a Alberto Cortez, prosifico su poema: Cuando un amigo se va una estrella se ha perdido: la que ilumina el lugar donde hay un niño dormido; queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo; queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río; se detienen los caminos y se empieza a revelar el duende manso del vino. Cuando un amigo se va galopando su destino, empieza el alma a vibrar porque se llena de frío; queda un terreno baldío que quiere el tiempo llenar con las piedras del hastío; y deja un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido.


← Volver a las entregas