329 — Loopiado Sanamente en Escribir

Sal Nuñez

No es que no pueda parar. Es que no quiero parar. Y espero que a ningún generoso lector le brote un rizo (loop) o a una lectora un bucle (curl) por leer lo que falto de vergüenza comparto en WhatsApp. No es solicitud de atención, evacuación de frustraciones, ni opción gratuita al aburrimiento. Es un propósito tácito de enfocar mi tiempo en el presente. Un gusto que no aspira a elucidar más de lo que le interese a quien lea. Pude haber anglificado el verbo y decir curleado pero no me gusta la insinuación fecal que sugiere al pronunciarlo, por eso elijo decir loopiado; también porque es más preciso que decir ciclado.

Escribir diariamente muchas palabras desactiva el par de núcleos en mi cerebro conocidos en singular como la amígdala. No son anginas, como las que pronto le extirparán en Copenhague a la lectora AASN. Son un par de almendritas que actúan como lo hacen los detectores de humo en las habitaciones de los hoteles: monitorean permanentemente las amenazas potenciales, aunque estemos durmiendo. No razonan. En 12 milisegundos deciden si lo que detectan es o no es peligroso (real o imaginario). Y cuando lo sienten amenazante (porque así consideran riesgos, críticas, recuerdos o noticias graves…) activan un amplificador que nos sube el pulso; y le grita al hipotálamo que segregue cortisol y adrenalina. Entonces, la amígdala secuestra la actividad de nuestro cerebro para “protegernos”.

La amígdala también actúa como el almacén de nuestra memoria emocional. No archiva datos, guarda cómo nos sentimos. Por eso recordamos dónde estábamos el día en que pasó algo fuerte, pero no qué comimos ayer. Al dar la amígdala un golpe de estado en nuestro cerebro: dejamos de pensar y empezamos a reaccionar. En gente joven esto es útil y frecuente —tiene que luchar para sobrevivir en una selva particular. Pero a mi edad, con menos filtro prefrontal, activar mi amígdala atenta contra mi longevidad. Me despierta a las 3 AM por tonterías y me previene conciliar de nuevo el sueño. Pero la desactivo si antes de dormir escribí un mínimo de 500 palabras. No es magia, es un circuito comprobado en un laboratorio, que se llama etiquetado afectivo = affect labeling. Poner los sentimientos en palabras ayuda a gestionar experiencias emocionales negativas. Es lo que hago al escribir. Me lo describe así el lector JMTN: En verdad, aunque en ocasiones parezco muy egoísta, me siento cómodo, feliz, me capacita, entretiene y divierte escribir lo que siento.

Estudios recientes de neuroimagen sugieren una posible vía neurocognitiva para este proceso. Se realizó un estudio de resonancia magnética funcional sobre el marcado afectivo para corregir estas limitaciones. Los resultados indicaron que el marcado afectivo, en comparación con otras formas de codificación, disminuía la respuesta de la amígdala a imágenes emocionales negativas. Además, el marcaje afectivo produjo un aumento de la actividad en la región corteza prefrontal ventrolateral derecha del cerebro.

Escribir muchas palabras es mi manera de decirle cada día a mi amígdala: Ya te escuché, ahora déjame a mí contar la historia, para fortalecerme. Ejercito mi cerebro como si fuera un músculo. Amplío mi memoria de trabajo al obligarme a hilar coherentemente muchas palabras, fortaleciendo así el hipocampo y la corteza prefrontal. Es como hacer repeticiones con otros músculos. Me mantiene ágil. Escribir a diario me baja el cortisol al dejar de rumiar y pasar a ordenar mis pensamientos. A los 80+ escribir es una de las pocas cosas que realmente crea conexiones nuevas. Hacerlo es un antídoto contra el aislamiento del que no me lamento, pues lo disfruto mucho. Compartirlo a diario me recuerda quién soy y qué sé: es la continuidad de mi yo, ahora en la vejez.

Escribir supera el empleo del tiempo que pudiera gastarme mirando películas o series televisivas que a veces me provocan ira, miedo, o pena por alguna escena de la película que me activa la amígdala a tope y que nunca proceso con palabras. Para hacerlo tendría que buscar verbo, sujeto, causa. Y en ese momento activaría la corteza prefrontal ventrolateral —la parte lógica del lenguaje que actúa con la amígdala como inhibición recíproca. El cerebro no puede tener a tope la amígdala y la prefrontal a la vez. Cuando la prefrontal se activa para organizar lenguaje, literalmente le baja el volumen a la amígdala sin mitigarla. Lo que la desactiva es convertir una emoción en frase con estructura. La secuencia de muchas palabras me obliga a hacer eso, no solo una.

Me enfoca en el presente inmediato y me aleja de especulaciones sobre el futuro y de evocaciones nostálgicas. Porque es lo único que me obliga a estar donde están mis dedos. Pensar me deja viajar a cualquier geografía o época. Escribir no. El futuro y el pasado no tienen teclado. Si especulo sobre el futuro, estoy en mi cabeza: rápido, sin forma, todo a la vez. Si evoco el pasado, estoy en mi pecho: las imágenes son borrosas, la música se ubica al fondo. Pero en cuanto me dispongo a escribir, mi cerebro tiene que elegir una palabra después de otra. No admite dos a la vez. No me permite escribir una palabra que todavía no existe. Tengo que estar en el aquí y ahora. 500 palabras son mejor que 50. Las primeras 50 todavía están en el pasado/futuro. A partir de la 100, mi cabeza se rinde y se viene a los dedos. El proceso es como si convirtiera a la niebla en un objeto. La especulación sobre el futuro y la nostalgia anclada en el pasado viven porque son niebla. ¿Y si pasa esto?, ¿Te acuerdas cuando...? Pero en cuanto escribo Mi nieta me acaba de llamar por mi nombre, Salvador, no me dijo abuelo. Eso ya no es niebla, es una frase que me impele a explicarla, a continuarla, a ubicarla dentro de un escenario. Me da una victoria inmediata. El futuro me promete victorias que no llegan. El pasado me cobra derrotas que no puedo cambiar.

Escribir me da una serie sucesiva de victorias presentes. Eso es vivir y pensar exclusivamente en el presente. Es terapéutico. Compartir lo que escribo no es (vanidad aparte) para que me lean. Es para que mi cerebro no se quede sin interlocutor. Debo tener en mente a una o a varias personas que me ayudan como lectores. Un autor que no escribe se olvida a sí mismo. WhatsApp añade otra capa: al saber que alguien real me leerá, activa la corteza medial prefrontal en mi cerebro — la que regula la vergüenza y la pertinencia social. Eso frena aún más a la amígdala porque pienso: ¿cómo lo para que fulano o mengana lo entienda? Paso de reaccionar a comunicar.

Duermo mejor: estudios con escritura expresiva 20 minutos antes de dormir me bajan los despertares nocturnos; me asean la memoria por tener menos cortisol, y el hipocampo vuelve a consolidar recuerdos. En los 1990s fue demostrado científicamente que escribir cuatro días seguidos sube las células-T: linfocitos producidos en la médula ósea y que luego maduran en el timo, circulan por la sangre y el sistema linfático hasta que son activados al contactar con un antígeno específico; y responder de forma específica contra patógenos y células tumorales. Los linfocitos T así activados son los responsables de la inmunidad celular. Abstraigo esta información que aparece en la revista Scientific American.

En 1994, el psicólogo James W. Pennebaker, de la Universidad Metodista del Sur, reclutó hombres y mujeres para participar en un experimento sencillo varios meses después de haber sido despedidos de sus empleos. Les pidió a todos que dedicaran 20 minutos al día durante cinco días consecutivos a escribir. El grupo 1º fue instruido para anotar cómo pasaban su tiempo cada día; al grupo 2º se le pidió que escribiera sus sentimientos más profundos por la pérdida de su empleo. Al resto no se les dio ninguna instrucción de escritura. Las personas del 2º grupo —que volcaron su enfado y decepción por escrito— experimentaron posteriormente una ventaja notable sobre sus compañeros para conseguir un nuevo empleo. Más de una cuarta parte de ellos encontró un nuevo empleo tras tres meses. Entre los otros grupos, un porcentaje mucho menor encontró trabajo. Los resultados fueron tan llamativos que Pennebaker y sus colegas terminaron el experimento antes de tiempo para poder aconsejar a todos que empezaran a escribir sobre sus sentimientos más profundos de inmediato. Desde entonces, decenas de estudios han demostrado que la escritura expresiva puede sanar el cuerpo y el alma.

Según una evaluación de 13 estudios diferentes sobre sujetos sanos, los resultados son al menos tan beneficiosos como la intervención psicológica. Investigaciones más recientes muestran que la escritura expresiva tiene una influencia favorable a largo plazo sobre el sistema inmunitario y la presión arterial. En un estudio de 2003 de Robert Emmons de la Universidad de California, Davis, 65 estudiantes anotaron cinco cosas cada semana por las que estaban agradecidos. Los participantes florecieron durante el experimento, experimentando más a menudo buen humor e interactuando de manera positiva con sus compañeros. Ahora, un creciente cuerpo de investigaciones apunta a una conclusión común y bienvenida: nadie tiene que trabajar horas con un diario para ver cambios positivos en su bienestar. Quince minutos de vez en cuando son suficientes. Pero yo abuso porque soy el emperador del reino de la hueva, y mi alma de pingüino siente que se encuentra en el desierto del Sahara. ¡Salud! Le digo a mi lectora MSB por la copa que me brinda.


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