Sal Nuñez
Nieto (N) Abuelo, cuéntame otra historia de Nepomuceno; aunque esté larga. No importa si te pasas de quince minutos.
Abuelo (A) Bueno. Toma nota en tu celular de lo que no entiendas para que después sepas más o corrobores lo que te digo, ya vez que a mi edad no se puede confiar en mi memoria; porque cuando no recuerdo, si tengo tu devota atención, invento cosas para mantenerla.
N. Ya me había dado cuenta. Yo hago lo mismo con mis amigos.
A. Ahora ya sabes de dónde te viene lo locuaz.
N. ¿Esta historia también es de la sierra?
A. No. Es de la ciudad de Durango.
N. Dale pues. Afuera llueve y mis papás secuestraron le tele.
A. Nepomuceno tuvo que comparecer en Durango para recibir los títulos de propiedad como ejidatario dueño de su parcela en la comunidad de Notebuigas de Arriba. Él y su esposa se hospedaron en una económica posada donde las camas eran metálicas, con una colchoneta sobre un tramado de alambre al que le decían tambor. El techo era falso: una lona pintada con cal con un agujero anillado en cada esquina. Esta manta blanca ocultaba las vigas de madera que sostenían el peso de las tejas planas que conformaban el techo. El espacio entre la tela y las vigas amortiguaba las variaciones drásticas de temperatura durante el invierno y el verano. Pero en muchas casas anidaban en ese espacio arañas o alacranes. Nunca ambos.
N. ¿La esposa de Nepomuceno seguía siendo la viuda Panchita lares?
A. Así es. La misma que en su despedida de soltero le decían los borrachones de sus amigos: A ver si la viudita no te sale negra y te nos mueres pronto.
N. ¿Por qué le dijeron eso?
A. Por varias situaciones. La 1ª es que ciertas variedades de arañas y de alacranes son enemigos acérrimos desde hace cientos de millones de años. Ellas han mutado cientos de veces para adaptarse y sobrevivir. Ellos casi no. Es una pelea ancestral. Son enemigos naturales, se cazan entre ellos. No es que se odien, es que se ven como comida.
N. ¿Quién gana?
A. Depende de dónde pelean. En el suelo, gana el alacrán 70% de las veces; porque es un tanque. La agarra con las pinzas, la dobla, y le mete el aguijón en el abdomen blando. La araña muere paralizada y él se la come en 2-3 horas. En la telaraña, gana la araña 90% de las veces. Si el alacrán se mete en una telaraña de viuda negra, está perdido. No ve los hilos, se enreda, y entre más se mueve más se amarra. Ella no se acerca, le tira seda desde lejos hasta momificarlo, y luego baja y le clava los colmillos en una articulación donde no tiene armadura. Una viuda negra mata alacranes de Durango del doble de su tamaño. Es de los pocos depredadores que no les afecta el veneno del alacrán. Las saltarinas son las únicas que cazan alacranes a propósito a plena luz. Son tan rápidas que brincan sobre el lomo del alacrán, evitan la cola y le muerden en la nuca, donde el veneno entra directo al cerebro.
N. ¿Por qué les llaman viudas negras?
A. El nombre viene por partida doble. Es negra brillante, como charol, con la mancha roja del reloj de arena en la panza. La 2ª razón burlona que mencionaban los amigos de Nepomuceno era porque la araña viuda negra después de aparearse, se come al macho. Pasa así: el macho es 10 veces más chiquito, café, flacucho. Llega a la telaraña de ella y vibra un mensaje especial: no soy comida, soy novio. Si ella tiene hambre, está estresada o simplemente es más grande, después de la cópula lo agarra, lo envuelve y se lo cena. Proteína gratis para hacer los huevos. En Durango, solo el 15%-20% de los machos son comidos. La mayoría logra escapar porque: se acerca cuando ella acaba de comer y está llena, hace la cópula muy rápido y se escapa. A veces deja un pedacito de su pata como distracción y huye porque ya vivió su vida, solo vive 3 meses. Su único propósito es aparearse y morir de todos modos. Si se lo comen, al menos sus hijos nacen mejor alimentados. Las hembras duran algunos años.
N. ¿Y en donde quedó la historia de Nepomuceno?
A. Como te decía, él y Panchita fueron a Durango y se alojaron en una modesta posada. La noche que llegaron de la sierra, les preocuparon los cuatro agujeros que veían en la manta de cielo de su habitación; porque pensaron que tal vez ahí anidaban alacranes que en la noche podían salir por el techo, bajar por las paredes y picarles con su ponzoña. Los alacranes de Durango tienen fama en todo el mundo de ser letales. Dos doctores de Durango inventaron el antídoto en una época en que cada mes morían cuatro personas por piquete de alacrán. Hicieron el suero inmunizando caballos con veneno. Panchita y Nepomuceno no lo sabían, pero cuando ellos fueron a Durango las muertes habían descendido a cuatro por año. Pero ambos sabían que las arañas del tipo viuda negra les ganaban a los alacranes porque es sabido que en la ciudad los niños meten a pelear una araña de ésas y un alacrán más grande en un frasco de vidrio y casi siempre ellas sobreviven y ellos no. Dubitativos, Nepomuceno y Panchita preguntaron a los encargados de la posada qué habían visto más en el cuarto donde se iban a quedar: alacranes, o arañas. No les resolvieron la disyuntiva y se fueron a descansar. A la mañana siguiente, Nepomuceno fue temprano a formarse en la larga hilera de nuevos ejidatarios que comparecían en las oficinas de la Secretaria de la Reforma Agraria. Panchita se quedó dormida a esperarlo. No había apagado la luz en toda la noche, mirando por todos lados. Escaneaba con la vista buscando alacranes en techo, paredes, y piso. Cuando regresó Nepomuceno, se la encontró exactamente como ella lo había visto a él en la historia anterior: dormida, pujando en cuclillas, como si quisiera evacuar sólidos por sus esfínteres rectales. Estaba a punto de hacer una embarradura.
N. ¿Ella también soñaba que el gallo giro se le iba a trepar encima por no haber puesto un huevo? ¿Y él la despertó como hizo ella con él en su casa de la sierra?
A. Lo mismo que pensaste tú pensó Nepomuceno. Pero estaba equivocado. Esto es lo que Panchita le dijo:
¡Gracias que me despertaste, Nepo! Estaba soñando que me había convertido en araña y me estaban acorralando varios alacranes en las vigas del techo. Pero llegó a rescatarme otra araña que me estaba enseñando a soltar una goma chiclosa por el ano, para pegarla luego al techo y dejarme caer en caída libre por un metro de recorrido. Luego cerrar el mismo orificio y quedarme ahí colgada como un foco, hasta que se fueran los alacranes. Ella me demostró como hacerlo primero: se dejó caer como paracaidista y un metro después, la vi colgar quieta, suspendida de un fuerte y sedoso hilo. Yo seguía temblando en el techo adherida como un gecko. Ella trepó con sus patas por su propio hilo hasta donde yo estaba y me dijo que nos íbamos a tirar juntas. Que yo abriera mi orificio posterior, pegara al techo la sustancia más resistente que sintiera en la panza, y me dejara caer con ella. Me abrazó y dijo cuando llevábamos un metro en el aire que cerrara fuertemente el orificio para quedarme flotando tan bien como ella. Los alacranes seguían viéndonos. Yo estaba asustada, temiendo por mi vida. ¡Qué bueno que me despertaste! ¿Cómo te fue?