Sal Nuñez
Al mudarnos de país, nos descapitalizamos socialmente en forma drástica. Si no tenemos por lo menos un vínculo de soporte —como la araña salvavidas del sueño de Panchita—, nuestra enajenación es casi matemática. Lo sé bien porque he radicado en doce ciudades distintas en cuatro países distintos. En cada ciudad donde uno radica por varios años, acumula cuatro tipos de capital: El económico: una fuente de ingresos, una vivienda equipada y amueblada, un medio de transporte, una cuenta bancaria, y un crédito establecido. El social: que consiste en vecinos, amistades, compañeros de trabajo o de escuela, y familiares que frecuentamos aunque sea a distancia. El cultural: porque sabemos de las costumbres y alimentos locales, entendemos el lenguaje, aunque sea con señas, y seguido somos testigos de celebraciones y rituales endémicos en la ciudad. El simbólico: porque se nos ha atribuido una reputación por ser de donde decimos, llevar el apellido que tenemos, ser el hijo de alguien, ocupar un puesto genérico en el trabajo, etc.
Usamos mucho del capital económico en el viaje y establecimiento en el lugar nuevo donde elegimos vivir. Nuestro capital social, cultural, y simbólico vale cero. Nadie nos conoce, nadie sabe de dónde venimos, o de nuestra familia, hablamos con un acento distinto, ignoramos las formas más adecuadas para empatizar con los locales. Y, en el caso mío y de Geo, demográficamente hemos sido catalogados de la 3ª edad. La descapitalización nos ha producido una enajenación positiva, valga el contraste. Nos decimos aquí todo es mejor. Pero tenemos que ocuparnos de cuestiones que nunca hicimos antes, para preservar esa sensación de que estamos en mejores condiciones: la limpieza de la casa, el mantenimiento a los servicios centralizados, la fumigación contra la docena de alacranes que han tratado de introducirse. (Cierto: en Texas nadie muere por piquete de alacrán de genoma desértico porque el veneno tiene una décima de la potencia del veneno duranguense del alacrán urbano. Pero ambos duelen hasta la “mother” para decirlo adecuadamente). Aunque seamos de la 3ª edad y también por serlo, Geo trabaja más en lo manual y yo en lo culinario. Nos damos cuenta que el sistema de vida es para ella trabajar más en el mantenimiento doméstico de lo que nunca hizo en México, donde siempre tuvo asistentes leales y a bajo costo. Eso nos explica la fuga inversa de canadienses y estadounidenses que se van a vivir a México, o por lo menos van por temporadas a vivir en un maldicho tiempo compartido. Porque no comparten el tiempo con personas con las que están vinculadas vitalmente, lo que comparten es un condominio lujoso donde nada doméstico les corresponde hacer. Es como viajar en un crucero inmóvil.
Una fase de nuestra enajenación inicial es sentir que (parafraseando al juglar-cantor Facundo Cabral) no somos de aquí y no somos de allá. Esa ya la superamos. Nunca regresaremos a vivir en México, a menos que forzadamente nos deporten. Pero tampoco nos sentimos tejanos, ni chicanos, ni pochos, ni mexicoamericanos; mucho menos hispanos o latinos. Y evitamos concienzudamente refugiarnos en el celular, elucidando una atención innecesaria de aquellos que ignoran nuestro estatus presente. Pero debo admitir que nos enajena la descapitalización aludida al principio; porque, como seres humanos, nos cuesta vivir sin tribu. Pero el autoexilio ha fortalecido y estrechado el vínculo entre nosotros más allá de lo que alguien de mente superficial pudiera etiquetar como empatía, cariño, amor, costumbre, alianza para supervivir… Es la lucha conjunta por resistirnos a la anomia = sin norma que padecen las personas cuando pierden su capital social.
Los efectos de la anomia explican por qué el inmigrante descapitalizado no solo se pone triste, se pierde. En 1897 la descubrieron estudiando por qué la gente se suicidaba más en ciudades que en ranchos. No era por pobreza. Era por no entender claramente las reglas existentes que nos aplican. El mundo conocido se le derrumba de golpe al inmigrante. En su origen sabía exactamente qué hacer si se moría tu tío, si una muchacha cumplía 15, cómo reaccionar si alguien te insulta: había libreto. Llega a otra región y el libreto no sirve. No es que las reglas aquí sean peores. Es que no las conocemos, y las que usábamos ya no valen. En donde Geo vivió —no yo, que soy nómada— la percepción sobre su vida tenía más sentido para ella porque estaba inserta en una historia: eras la nieta del doctor, la hija de Olimpia, la responsable por los últimos años de su abuela y de su madre. Aquí socialmente no ha llegado a ser la abuela de Luna porque todavía no cumple tres años. Pero ya empieza a ser investida con ese rol por los demás. Pero su futuro no es así de transparente y la percepción de cero futuro causa anomia crónica. No es depresión clínica. Es decirse: hago todo bien y aún así siento que mi vida significa poco. Lo que no le pasa a Geo porque hemos estrechado y fortalecido nuestro vínculo de mancuerna, más que de pareja; que también ahora es más robusto y lleno del imprescindible humor
La anomia no se cura con dinero. Se cura con pertenencia a un grupo pequeño que tenga reglas claras y te diga: tú eres de los nuestros y esto es lo que los nuestros hacemos. Sin eso, el inmigrante está legalmente vivo, pero socialmente muerto. El capital social no se recupera, se reconstruye. Y es lo que hacemos Geo y yo. Lo hemos mejorado entre ambos, y también vinculándonos más al núcleo del trasplante de nuestra familia en esta zona: nuestro hijo, Claudia su esposa, y Luna nuestra nieta. Los tres nos proveen de un techo emocional rápido que realmente nos recapitaliza. Geo y yo, no buscamos amigos, nos bastan las arácnidas redes que cada uno tenemos en WhatsApp. Buscamos horas de tiempo compartido repetido y real. No de un departamento distinto con servicios de lujo. Nuestro capital social no surge de una plática profunda. Nace de verse cada miércoles a la misma hora; y frecuentes fines de semana de reunión sin agenda. Se va acumulando haciendo algo lado a lado; enterándonos de lo particular en el curso de vida de nuestra nieta y de sus padres. El capital social se funda en deuda mutua pequeña, como la que ellos le adeudan a Geo por cubrirlos en las instancias en las que les resulta imposible asistir a Luna. Por atenderla adquirimos capital social por ósmosis.
Al percatarnos de que la inmigración consumió buena parte de nuestro capital económico y la mayoría de nuestro capital social; en una cuenta mancomunada, Geo y yo empezamos a depositar diariamente una sentimoneda diaria para ir sustituyendo todas las formas de capital que perdimos por la mudanza. Los depósitos de Geo radican en las plantas que cultiva en los 800 mts² de jardín que tiene y por primera vez va cultivando con flores que atraen varias variedades de colibríes y mariposas, con fuentes de agua movida por celdas solares donde se refocilan las cloacas todo tipo de pájaros, con amplios espacios para que copulen al vuelo las libélulas, y con árboles que al crecer puedan servir para que se aniden los cardenales nativos. Esos son depósitos insipientes comparados con lo que implica ir por la nieta a la escuela o regresarla a casa. Yo recupero un gran capital social que deposito en sentimonedas con esta perniciosa manía de escribir mis ocurrencias comentadas con algunos lectores asiduos que las festejan, las comentan, o las ignoran. También ofreciéndole a la nieta alimentos, experiencias y vivencias —con la aprobación tácita de sus padres— que no se aprenden en ninguna escuela y que los abuelos cómplices y desaliñados somos especialistas en impartir.