335 — Neófito Navega Lejos Del Caudal

Sal Nuñez

Cada vez que abres un enlace, una grabación, o un video que te envían, cedes un poco de lo que eres, pero no a quien te lo envía, sino al caudal por el que ambos navegan. Al abrir lo que te llega, entras primero a la corriente de un río mutuo y angosto; que frecuentas con quien te envió algo que no creó, simplemente te lo rebotó. Ambos nunca se lo han expresado, pero si lo hicieran deberían decirse: Yo veo lo que tú ves, tú sabes que yo lo vi. Durante un instante creemos ser dos con identidades distintivas y recíprocamente atrayentes. Si reflexionan deberían decirse: esa navegación nuestra por una corriente particular dura menos de un segundo, antes de alimentar un cauce grupal; porque la corriente que nos aproxima es la misma donde estamos catalogados miles que (muchos sin advertirlo) hemos cedido nuestra individualidad a la identidad de un grupo muy extenso; vinculado por afinidades de amistad, gusto, cultura, o colectividad ideológica. Lo que empezó como un gesto tuyo o del otro termina como afiliación a un rebaño. Al entrar ahí, sin palabras, manifiestan: quiero ver lo que ven, quiero reír con lo que ríen, quiero pertenecer a donde pertenecen, creo lo mismo que ustedes creen, odiamos lo mismo. Y la corriente toma nota. Los va amasando. De ser personas sueltas, con gusto propio, pasan a ser parte de la personalidad del grupo. Hablan con las palabras del grupo, se indignan con las aversiones del grupo, celebran lo mismo en las mismas fechas. Diluyen la voz propia en la del coro. Pierden su identidad y no se percatan de ello. En mi mente dejan de ser sabios, originales, creativos, y pasan a ser reclutas de quien negocia con sus características psicológicas para ofrecerlas a quien busque ese tipo de consumidores.

Eso está muy bien en los septenios 3º al 8º, cuando se busca la afiliación para socializar, reunirse frente a una pantalla, en los cumpleaños de los hijos, en los festejos del trabajo, cuando las identidades supeditadas a un grupo le ayudan a uno a progresar, sobrevivir… Durante estos septenios se vuelve uno selectivo porque quiere que el grupo que lo identifica tenga mérito, sea exitoso, gane contratos o campeonatos, reciba trofeos donde todos visten el mismo uniforme, causen envidia en los que no llegan al m ismo nivel. Durante ese período uno se sale de un grupo anodino y procura ingresar a uno ganador; o por lo menos recibir una buena compensación por ser la estrella de los torpes. No se percata uno que a partir del final del septenio 9º ya pocos grupos lo codician a uno. Y se va empolvando o empañando la identidad de uno ante los demás. Muchos persisten en lucir glorias pasadas como si fueran actuales; retienen a capa y espada el título de Dr. o el de Don. Pronto ingresan al caudal de la nostalgia soñando con ser recordados en un museo vestidos con sus mejores galas. Otros, como yo, buscamos adoptar una nueva identidad a partir de cero acatando las circunstancias.

Yo he visto el final de quienes perdieron su identidad de esposas, luego madres y abuelas, y finalmente terminaron sin identidad distintiva y fueron a dar a un asilo. La demencia les fue suprimiendo el lenguaje que nunca desarrollaron fuera de lo trivial; porque en su generación los estudios concluían en 4º de primaria. Sin trabajar nunca, fueron a ser novias leales en su adolescencia y pronto se autocapacitaron en ser amas de casa. Delegaron el uso del lenguaje en los locutores del radio y en los cantantes de moda. Cuando visité una de estas personas en su septenio 13º (en el que me encuentro), sabía de mí, me apretó fuerte entre sus manos, y sin apartar su vista derramó lágrimas porque ya no podía articular ni siquiera las palabras que le sugerían decirme; como hace uno con los nietos cuando ignoran los protocolos sociales de cortesía. Esta persona no es recordada por una distintiva identidad propia; solamente por sus habilidades culinarias y su carácter fuerte ante sus nietos. Había dejado de ejercitar su voz propia durante años.

Para protegerme de esa inercia, que en estas épocas es global, he tomado una decisión pequeña y firme: me aparto de lo gráfico y de lo visual que viene en avalancha, y me circunscribo a lo textual. No lo hago por desprecio a la imagen que me embosca donde y con quien me encuentre. Sino porque el texto me obliga a decir con mis palabras, despacio, lo que pienso. Me obliga a hilar. Me obliga a sostener la cuerda. Lo visual me arrastra; lo textual me sostiene. No pretendo enseñar ni convencer. Escribo en 2º orden de importancia para mantener activa la mente y para no perder el habla. Si quien me lee se siente un diez por ciento más claro, más dueño de su lenguaje ese día, el ejercicio ya sirvió para los dos. No tengo una vitrina, ni un influencer. Mi orden de importancia 1º al escribir es irme forjando una identidad ante los demás que ignoraban que podía adoptar. Como aquella estrella deportiva que se convierte en locutor deportivo o entrenador de un equipo competente. Porque saberse dueño de una identidad actualizada no es resignarme a presumir el destilado de mi experiencia, o la sensiblería de la nostalgia. Tampoco pretendo ser faro, luz, y guía de los que me preceden. Me sostengo de mi propia cuerda. Parafraseo a Serrat porque lo emulo. Incluso cuando él parafraseó a Antonio Machado cantando: Todo pasa y todo queda. Pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos; caminos sobre la mar. Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción. Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles; como pompas de jabón.

Yo sigo aquí. Si me lees, no abras por abrir. Lee por leer. Y si abres algo que te envío, que sea porque tu gusto lo pide, no porque el cauce te empuja de lo mutuo a lo grupal. El estilo de lo que escribo es amarcord= una palabra que no existe, pero entienden los de mi generación. Significa tres cosas a la vez: a) Yo me acuerdo; lo autobiográfico. b) Me acuerdo mal, lo invento; porque todo recuerdo es una fabulación. c) Quiero acordarme; con nostalgia, no con precisión. Por eso no es memoria. Amarcord es lo contrario: no retengo, deformo. Me acuerdas de un pueblo no como era, sino como me hubiera gustado que fuera: con nieve que nunca cayó más blanca, con las mujeres más asertivas grandes, con los curas más ridículos. Es memoria inexacta para salvar la vida; para acordarme riendo, de algo que cuando pasó me hizo llorar. Uso esa palabra con frecuencia porque describe mucho de lo que escribo. Pero hay otra palabra que apenas voy a empezar a usar a partir de hoy porque describe el tema de lo que trato: Feed = Caudal. Porque en realidad no estoy perdiendo identidad. La estoy cambiando de sitio. Antes mi identidad estaba en quién era y dónde actuaba. Ahora, en mi septenio 12º de nula sociabilidad, deficiente movilidad, torpeza en el uso de la tecnología, narro lo que miro.

Ejemplificando: le pido al lector que visualice la gráfica conocida como la campana de Gauss; o que la busque en el caudal. No como curva de estadística, sino como curva de historia de vida o potencia personal. En el eje horizontal van los septenios. En el vertical, la cantidad de identidades disponibles y la energía para asumirlos. Inicio en el septenio 1º. Es el arranque pegado al suelo. La curva apenas se levanta del cero. No hay identidad todavía. Hay plasticidad pura. Todo es recepción genética, lengua materna, casa. No elijo, eligen por mí. Luego llega un segmento de amplitud mínima y pendiente máxima: crezco más rápido que nunca, pero sin decidir nada. Es la base de la campana. Mi cúspide se da en el septenio 7º. El centro exacto de la campana. La curva llega a su altura máxima. Es la media. Es el cenit de la fuerza y de la oferta de identidades posibles. Coinciden todas las subordinaciones: genética ya probada, cultural asimilada, económica activa, social consolidada, supervivencia asegurada. Por eso fui gerente-> director general-> consultor: el punto donde la curva no puede subir más. Después del 7º, la derivada se hace negativa. Ya no subí. Aunque no lo sentía, empecé a bajar. La curva ha venido bajando desde hace 5 septenios. Escasean mis opciones para adoptar una identidad distinta. Ahora dispongo de poca energía social para conseguir identidades en base a una actividad por definir. Nadie me ofrece empleo. Tampoco sueño con uno ni idealizo ninguno. Estoy en la cola de la campana de Gauss, mi 12º es todavía una meseta de lucidez. Es el último tramo donde aún puedo erigirme una identidad nueva. Y he decidido que sea la de escritor por WhatsApp. Y rechazo abrir enlaces y videos que me envían porque al hacerlo adoptaría una identidad moldeada por algún algoritmo que me encorrala en un rebaño, en una manada abastecida por un feed o caudal asignado a un banco de peces homologados. Por eso mi decisión de circunscribirme a lo textual. No es negar la bajada en la curva de Gauss, es usar la poca altura que me queda; antes de llegar al septenio 14º. Antes de extinguirme o desvanecerme: sosteniéndome.

Hace 40 años salió el video de la canción Video Killed The Radio Star anunciando el fin de escuchar las canciones por radio. En este siglo han muerto la literatura, la poesía, el ensayo. Los libros han dejado de ser el formato ideal para la exposición de ideas. Pero, aunque prevalezcan memes, emojis, y videos; habemos un segmento asido al lenguaje escrito como si fuera una balsa en mitad del océano (apartado del cauce grupal), un roble aislado en el vendaval, una cueva apartada durante la epidemia… Me repiten los jóvenes que mis textos son muy largos para el objetivo de los algoritmos. ¡Qué bueno! Lo celebro porque me lo agradecen los que quieren pensar. Me filtra a los lectores desesperados adictos a lo inmediato para reaccionar. El caudal = feed se nutre y prospera con ellos. Los que tengo son pocos, fieles, y muy buenos.


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