Sal Nuñez
Los centenarios retrasan notablemente la discapacidad hacia el final de sus vidas muy largas, con una edad media de ~93 años. Son modelos de buen envejecimiento; como mi admirada lectora MSB quien ya pasó de los 93. Algunos sujetos estudiados en Nueva Inglaterra revelan que ~15%, no tienen enfermedad clínicamente demostrable a los 100 años y los llaman evadentes. Alrededor del 43% son retrasados, no presentaron una enfermedad relacionada con la edad hasta los 80 años o más. Y alrededor del 42% son supervivientes: aquellos con enfermedades clínicamente demostrables antes de los 80 años. La hipótesis de compresión de la morbilidad afirma que, a medida que uno se acerca al límite de la esperanza de vida, las enfermedades (morbilidad) deben retrasarse (o evitarse) hacia el final de la vida. En el estudio observaron esta compresión entre los supercentenarios (edad 110+ años), donde la esperanza de salud efectivamente se aproxima a la esperanza de vida. Así, en lugar del mito del envejecimiento = cuanto más viejo te haces, peor enfermas, es mucho más bien el caso de cuanto mayor te haces, más sano has estado. En el caso de MSB, estoy seguro de que su bien mantenida sociabilidad la llevará a graduarse por lo menos de centenaria. Probablemente súper.
La calculadora de la longevidad que existe en el internet fue desarrollada por una asociación de actuarios que trabajan para las más prestigiosas compañías de seguros de vida y de gastos médicos mayores; que utilizaron las bases de datos de estas instituciones de Boston. En otro texto compartí que al responder las múltiples preguntas del cuestionario en http://www.livingto100.com el resultado fue que tengo un 50% de probabilidades de ser nonagenario, y 25% de llegar a 95: un récord entre los Núñez, pero a 8 años de distancia del récord de los López. Al investigar la raíz y la fecha de elaboración del cuestionario encontré ayer que las estadísticas utilizadas para el mismo se basaron en los datos que prevalecían en dos universidades en 1999. Entonces, las preguntas de sociabilidad se basaron al 100% en encuentros en vivo entre personas. Nunca se tomó en cuenta la sociabilidad a través de las redes sociales o de salas virtuales de reunión. Referí el caso a la Inteligencia Artificial. Me cuestionó sobre mi forma particular de socializar. Me preguntó si mentalmente hacía el ejercicio de imaginar la reacción o interpretación de mis lectores y el grado de acuerdo o desacuerdo de algunos de ellos con mis afirmaciones. Y en forma por demás satisfactoria me reportó que mi forma de socializar por escrito, no en persona; compartiendo un mínimo diario de 1000 palabras, puede prolongar mi lucidez cinco años adicionales al promedio estadístico de un mestizo jubilado, inmigrado, residente en este código postal, que no le falla a recibir las dosis de vacunas recomendadas, y sigue la dieta y estilo de vida que seguimos Geo y yo. Me advirtió que no supusiera que me protegía para no padecer Alzheimer; pero que con seguridad me retrasaría los síntomas por cinco años en comparación con aquellos que lo padecen. Esto fue descubierto recientemente en las autopsias del cerebro de ancianos con el mismo grado de enfermedad biológica: los que escribían un mínimo de 1000 palabras diarias no tenían síntomas de demencia, a pesar de tener la misma cantidad del péptido Beta-amiloide: el principal componente de las placas seniles (depósitos que se encuentran en el cerebro de los pacientes con la enfermedad de Alzheimer). Supongo que no es fantasioso suponer que puedo llegar con lucidez a ser un centenario en mi septenio 15º si continúo escribiendo y compartiendo mis pensamientos, emociones, e impresiones por WhatsApp.
Como he corroborado que pasa con muchos de mi generación, a partir del septenio 9º hemos pensado con mayor frecuencia y detalle en la fecha probable de nuestra muerte. Antes del 9º tenía una gran cantidad de asuntos y responsabilidades que ocupaban mi tiempo y veía muy distante mi defunción. Ya no. No es que tenga síntomas de salud que vaticinen mi caducidad. Tampoco lo deduzco por variaciones en los análisis clínicos que puntualmente me he realizado en este siglo. El exceso de tiempo y el recuerdo de seres queridos a cuyos funerales he asistido me impelen a pensar en la situación más probable para mi caso. Por si le resulta de utilidad a quien lee, para discurrir este texto me enfoco en tres principales sistemas A, B, y C de notificar una inminente muerte en base a un diagnóstico médico reciente.
A) Se le dice todo 1º al enfermo —modelo angloamericano, hospital moderno. El enfermo puede entonces cerrar pendientes como testamento, perdones, ver a quien quiere ver, decidir dónde y cómo morir, influye en su funeral. Puede rechazar tratamientos inútiles si solo le alargan el sufrimiento. Las suspicacias que le rodean son menores. Mueren acompañados. Pero es un golpe directo de ansiedad y depresión durante las primeras semanas tras la notificación. Riesgo de que deje de comer o dormir. Pierde la ilusión. Si su forma de vivir fue mientras hay vida hay esperanza al abandonar la convicción pierde energía. Está solo frente a la decisión. Pero su familia no carga con la mentira. No tiene que pretender. Se exculpan anticipadamente porque le dijimos la verdad. Pueden hablar abiertamente del final. Sin embargo, tienen que sostener la reacción inicial fuerte del enfermo. Es probable que si la cultura familiar es proteger ocultando, se sientan mal por haberlo dicho.
B). Se le dice a la familia, la familia filtra u oculta. Es el modelo de Asia del Este, del Mediterráneo, y de la Latinoamérica tradicional. El enfermo mantiene la esperanza y su rol normal hasta el final. Sigue siendo padre/abuelo, no el que se muere. Ha sido protegido del shock que le puede precipitar una severa caída emocional. No tiene que gestionar papeles y decisiones médicas complejas. Pero se acota su poder de decidir. Le hacen tratamientos que quizá no quiere. Intuye que le ocultan algo importante, se siente excluido, se aísla más. Según estudios de paliativos, el 70% de los enfermos terminales sabe que se muere, aunque no se lo digan. Fallece sin despedirse como quería. No arregla cosas. Aunque los familiares sienten que cumplieron su deber de proteger; mantienen control sobre cuidados, gastos, y protocolos sociales. Evitan conversaciones que en su cultura pueden sugerir un tabú o una falta de respeto. La familia se impone la actuación pervasiva de una serie de mentiras eslabonadas. Se instaura una doble vida. Tener que mentir cada día agota y genera culpa. Hace más complicado el duelo posterior: no le dejé despedirse. Propicia divisiones entre los que quieren decirle, y los que no. Si el enfermo descubre el engaño por otro médico o por internet, pierde la confianza en todos. La longevidad no cambia por saber o no. Los estudios científicos dicen que no hay diferencia en días de vida entre A y B. Lo que sí cambia es la calidad de vida de los últimos 30 días y el tipo de duelo de los familiares 6 meses después. Familias que se lo ocultaron al difunto reportan más ansiedad y arrepentimiento. La mayoría de los pacientes, cuando se les pregunta antes de enfermarse, dicen que quieren saber si es mortal o no lo que padecen. Pero cuando ya están enfermos y la familia les oculta, muchos prefieren no confrontar y siguen el juego.
C) Por eso muchos equipos de paliativos hoy proponen algo intermedio lo cual es mi preferencia. Como residimos en Texas, por ley me dirían: no le quedan muchas semanas, la enfermedad está avanzada, es tiempo de hablar de cómo quiere vivir este tiempo. Lo inducen a uno, como enfermo, a preguntar cuánto quiere saber y lo informan únicamente de lo que uno solicita. Por supuesto que existe el internet y prevalece la curiosidad. Pero también uno puede rehusar la concentración en un período de tiempo terminado y delegar que le informen los detalles a una persona que dosifique a voluntad la información hacia el enfermo y hacia sus familiares cercanos. Es lo que pienso hacer en mi caso; porque ya lo vivimos en Viena cuando me contagié de Covid y por conciencia cívica, tuve que recluirme en la habitación de un hotel durante una semana completa. Geo se hizo cargo de muchas cosas sin mortificar innecesariamente a personas que pudieran resultar afectadas. Yo no me enteré de todo y me recluí encerrado enfocado en la recuperación y atendido por el servicio a cuartos del hotel. En el caso de mi próximo fallecimiento, ella actuará en consecuencia en base a los deseos y preferencias que le he expresado por años. Es tema duro, pero es el que más paz da cuando se habla a tiempo. Por otra parte, el que yo lo afirme aquí por escrito, le evitará sinsabores cuando me pase. Yo he visto de cerca cada gestión suya en los fallecimientos de sus abuelos maternos, de mi madre, y de la suya. Mi caso estará en las manos adecuadas. Le he solicitado que tome mi celular y boletine mi condición y opción de preferencia por WhatsApp a quienes reciben estos textos. Porque quienes los han leído en los últimos 24 meses son los confidentes leales que me han ayudado, pasivamente, a extraerle más años a mi vida. Como lo afirmé al principio. (Continúa).