345 — Autoestima Y Propiocepción

Sal Nuñez

Sin patología, sin tomar en cuenta el cuerpo, la prestancia, la cara, y la salud. Dejando desnuda solamente la autoestima (AE) = cómo se siente uno consigo mismo y cómo actúa desde ahí. Creo que la AE que ganamos en la primera mitad de nuestra vida, se ve seriamente erosionada en la segunda, por la paulatina fragilidad de nuestra propiocepción (PC) = el sentido de la posición de nuestro cuerpo y el control neuromuscular del movimiento. Las señales propioceptivas se transmiten al cerebro, donde se integran con información de otros sistemas sensoriales, como el sistema visual y el vestibular, para crear una representación general de la posición, el movimiento y la aceleración del cuerpo. Yéndome por partes, me refiero primero a cómo sube y baja nuestra AE en cada septenio de nuestra vida:

1º (0-7 años de edad): ¿Me quieren si existo? Existo porque me miran. Actúo para ser visto. Hago gracias, dibujo, pregunto "¿me quieres?". Si me miran es porque brillo. Si nadie me mira, me escondo. Todo es afuera.

2º (7-14): ¿Sirvo? Si puedo con algo es porque valgo. Me comparo con amigos. Actúo compitiendo y perteneciendo. Me avergüenza no poder. Me enorgullece lo que logro. Me afilio a un grupo.

3º (14-21): ¿Quién soy sin mis amigos? Mi autoestima recorre una montaña rusa. Un día "soy lo máximo", otro "no valgo nada". Actúo desafiando a mis padres, me pruebo ropa distinta, concibo ideas, deseo amar. Necesito espejo y grupo que me haga sentir que existo, aparte de mis padres.

4º (21-28): ¿Me eligen? Si me aman y contratan es porque valgo. Actúo para conquistar una pareja, un trabajo me enrola, creo ser independiente. Me mido por ser elegido. Si no, o me esfuerzo más o finjo que no me importa.

5º (28-35): ¿Construyo algo mío? Valgo porque lo que tengo dura: Casa, hijo, proyecto. Actúo acumulando más. Dejo de compararme con todos, para compararme con mi plan. Tengo mi primera crisis si mi plan no va bien.

6º (35-42): ¿Esto era lo que quería? Me evalúo: "Lo que tengo… ¿me representa?". Corrijo. Cambio de trabajo, de pareja, de ciudad, o me aferro. Actúo con cinismo si me siento estancado.

7º (42-49): ¿Sigo vigente? ¿Todavía gusto y puedo? Actúo rejuveneciendo o burlándome del que rejuvenece. Quiero demostrar que aún atraigo, que aún mando. Me defiendo con humor ácido.

8º (49-56): ¿Qué dejo? Valgo por lo que enseño. Actúo de mentor. Me importa más el legado, que el aplauso inmediato. No tener a quien enseñarle algo, me amarga. Me ablando cuando lo tengo.

9º (56-63): ¿Mi historia es valiosa, me respetan por lo vivido? Actúo al contarla, quiero que mi experiencia sea útil, no que provoque lástima. Me ofende si me consideran un inútil. Crezco si me consultan.

10º (63-70): ¿Sigo siendo yo, aunque carezca de un rol muy visible? ¿Cómo adaptarme al estilo de vida de la jubilación? Persigo con afán un nuevo rol: abuelo, voluntario, escritor, maestro. Me deprime no encontrarlo. Renazco si lo hallo.

11º (70-77): ¿Sigo decidiendo? Mi valor reside en decidir o tomar parte de las decisiones. Me duele más que me exenten de la decisión a que me quiten fuerza. Defendiendo mi autonomía.

12º (77-84): ¿Sigo teniendo dignidad y valor aunque dependa en los demás? No quiero actuar el extremo de ser muy exigente para demostrar que aun mando, ni volverme agradecido y obsequioso para demostrar que aún aporto. El humor se vuelve mi arma de dignidad; especialmente si me río de mí antes de que los demás lo hagan.

13º (84-91): ¿Me recuerdan bien? Pulo mis historias porque mi valor reside en la forma en que los demás me recuerdan. Cuento las mismas anécdotas pero con un mejor sentido. Perdono no por ser bueno. Lo hago para sentirme mejor.

14º (91-98): ¿Basta mi presencia.? ¿Valgo simplemente por estar porque ya es poco lo que puedo hacer? ¿Les basta una sonrisa, o una frase corta? No necesito demostrar nada. Si estoy en paz conmigo, irradio luz. Si no, me encierro.

15º (99-105): ¿Ya cumplí? No quiero tener cuentas pendientes con nadie. Si sigo aquí, es para decir algo simple. Cada palabra pesa. No compite. Mira. Mi sola presencia debe subir la autoestima de quienes me rodean.

La propiocepción = tu 6º sentido. El que no ves, ni tocas, ni oyes, pero sin el cual no puedes erguirte. Tu cerebro sabe dónde está cada parte de tu cuerpo sin mirar. Tienes muchos sensores, sobre todo en cuello, columna, pantorrilla y planta del pie: hay una fibra envuelta que mide cuánto está estirado cada músculo. Se llama el huso muscular. Si te inclinas 2 cm a la derecha, el huso de la pantorrilla izquierda se estira y avisa: te vas a caer a la derecha. Eso pasa en 80 milisegundos, sin pensar. Tus tendones miden cuánta fuerza hacen. Te dicen si tu pie está apoyando mucho o poco. Tus articulaciones: cápsulas del tobillo, rodilla y cadera. Te dicen ángulo exacto. El tobillo es el más importante para tu equilibrio lineal. En la piel de la planta del pie: Detectan presión. Con ellos sabes si el peso está en talón o en punta sin mirar. Todas esas señales suben por la médula a 120 metros/segundo al cerebelo y a la corteza parietal. Ahí se junta con vista y con oído vestibular y se hace el mapa: estoy vertical, peso 60% en pie derecho, cabeza 5 grados a la izquierda. Las funciones de la propiocepción las desempeña tu cuerpo al igual que en los animales, se vuelven automáticas. En mi septenio 12º ya se han vuelto frágiles y en este texto dejo consciencia de ello. Normalmente, sin enfermedad, ni discapacidades corporales, nuestra propiocepción evoluciona cronológicamente de acuerdo a esta secuencia por septenio de vida sana:

1º Se instala. Nacemos sin mapa. El emisor de señales (el huso) muscular y el receptor en la planta de los pies (plantar) están, pero el cerebelo no sabe leerlos. Por eso gateamos, nos caemos, nos golpeamos. Entre 1 y 3 años aprendemos a pararnos porque el tobillo empieza a avisar. Entre 4 y 7 la propiocepción se automatiza: si cerramos los ojos y sabemos dónde toca nuestra mano. Jugamos con los ojos vendados. Es puro entrenamiento por caída y error.

2º Se afina. Es nuestra edad de oro del equilibrio. Conducción nerviosa casi inmediata, articulaciones flexibles, peso ligero. Andamos en bicicleta sin usar las manos, competimos en gimnasia, y en clavados. Nuestro cerebro no piensa en los pies, usa la señal en automático. El tobillo y el cuello son los reyes.

3º Pico de velocidad. Máxima fuerza + máxima velocidad de señal = 100 metros por segundo del pie al cerebelo. Nuestra propiocepción es tan rápida que podemos corregir en el aire. Competimos en natación. Podemos caminar linealmente a oscuras sin problema. Nuestros plantares son muy sensibles.

4º Estabilidad automática. Ya no mejoramos, pero nos sostenemos. Caminamos, corremos, cargamos cosas sin mirarnos los pies, escalamos montañas alpinas. El sistema trabaja en segundo plano.

5º Primera meseta. Empieza una pérdida imperceptible de fibras del receptor sensitivo que transmite información propioceptiva de los músculos esqueléticos a la corteza cerebral (el huso). A partir de este septenio perdemos 1% del huso por año, pero los músculos fuertes lo compensan. Si no entrenamos el tobillo empieza una primera rigidez muy leve.

6º Se nota lo que no se usa. Si el trabajo es sentado, la piel plantar se hace menos sensible por la suela gruesa todo el día. El tobillo pierde 5 grados de flexión. Todavía caminamos perfectamente a oscuras en forma lineal, pero con menos margen de acción.

7º Calibración. Nuestra vista empieza a necesitar lentes. El cerebro empieza a depender más de la vista que del pie. Tenemos nuestras primeras caídas no por tropezón, sino por mala lectura del escalón.

8º Recorte silencioso. Perdemos el 15% de los receptores plantares. La conducción de la señal baja de 100 a 85 mts/seg. Señal de tobillo llega tarde. No lo notamos de día con luz, pero a oscuras empezamos a acortar el paso y a abrir los pies. El talón ya no avisa con igual finura.

9º Compensación visual. El cerebro cambia de estrategia: 60% vista, 25% pie, 15% vestibular. Funciona de día. De noche, sin vista, uno se vuelve inseguro al caminar linealmente. Necesitamos mirar al suelo. La suela gruesas con cámara de aire empeoran la situación. La suela delgada la mejora.

10º Se hace consciente. Lo que era automático ahora requiere atención. Para mantenernos en un solo pie cerramos puño o apretamos la mandíbula. Nuestros músculos de pantorrilla tienen menos masa. El huso avisa menos. La rigidez del tobillo nos hace usar las caderas para equilibrar. Ensanchamos nuestros pasos.

11º Margen estrecho. Tenemos ya un 40% menos husos activos en nuestras pantorrillas en comparación con lo que teníamos en el septenio 3º. La piel plantar se vuelve más callosa o tiene ya una neuropatía leve que filtra la señal que ahora es 20% más lenta. Muchas veces ya no corregimos con los tobillos sino con pasos laterales. Caminar lineal a oscuras es difícil sin apoyo visual o táctil de pared.

12º Triple dependencia. Quedan pocas redundancias. Si nos falla la vista por cataratas, o tenemos fallas vestibulares por la presión del cerumen, solo dependemos en nuestros pies; los que nos avisan tarde. Nos sentimos inestables al erguirnos a oscuras: es el momento donde los tres sistemas deben encenderse a la vez y dos ya están muy atenuados. Andamos con las puntas de los pies más separadas, mirando al suelo, buscando paredes o muebles con las manos. Es una adaptación normal. Aquí me encuentro.

13º Protección por diseño. El cerebro nos resuelve algo sin que nos percatemos: reduce la longitud de nuestro paso 20%, aumenta el tiempo en que apoyamos ambos pies en suelo, baja nuestro centro de gravedad. No es torpeza, es estrategia para dar más tiempo a señales que se han vuelto más lentas. La propiocepción de rodilla y cadera relevan a la del tobillo. Requerimos una señal táctil extra a la mano que compense la deficiencia del pie: un bastón o una caminadora.

14º Menor mapa pero más claro. Nuestro mapa corporal se encoge: pies y manos son menos precisos, el tronco y el cuello lo son más. Los ancianos muy longevos mantienen muy buena propiocepción de cabeza y tronco pero dudan en saber dónde está exactamente el pie. Caminan mirando su pie. Con luz, apoyo y suela firme, mantienen línea. Sin luz, no.

15º Queda lo esencial. Deja de haber propiocepción automática de tobillo, pero si la persona siguió moviéndose, queda propiocepción voluntaria: sabe dónde está si lo piensa, no en automático. Podemos escribir si hemos entrenado nuestra atención plenamente para compensar la velocidad perdida. Las señales que capta nuestro cerebro son ya muy lentas, pero bastan si a nuestro alrededor hay calma, luz y apoyo. Si hay prisa, oscuridad y oído tapado, no alcanza.


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