Sal Nuñez
Escribo más lo que capto que lo que siento, porque en realidad no siento nada deplorable. No vivo dramas exprimibles. Y externar constantemente la alegría fastidia, no tiene mérito intelectual, y sí exhibe estridentes tintes de aparente egocentrismo que no es tal; y que evado. Egocentrismo es cuando el mundo nos sirve de espejo. Captura es cuando le servimos de ventana al mundo. En esto estoy. En términos generales, con la edad servimos menos. Tal cosa no es por perdida de valor, sino de poder y de actualidad. Nos sentimos menos (—autoestima) porque podemos menos (—propiocepción). Batallamos con nuestro cerebro porque confunde podemos menos con somos menos. Pero no somos menos. Solo nuestros instrumentos corporales están más rígidos, con mucho tiempo disponible, y escasas decisiones participativas: ¿Cómo ser otros donde nadie tenga el archivo de cómo fuimos antes? No para huir. Sino para ser juzgados y evaluados por lo que hacemos hoy. No por lo que hicimos hace 40 años. A pesar de nuestra experiencia y reputación acumulada —que en nuestros septenios postreros pesa más de lo que ayuda—, pienso que hay varias formas de convertirnos en otros y seguir siendo los mismos.
1. Cambiar de escenario. Nuestra reputación reside en los círculos de siempre. Fuera de ellos, nadie la conoce. Si ingresamos en un ambiente donde nuestra experiencia no es un curriculum vitae, y nadie nos antepone el título de arquitecto, doctor, ingeniero, licenciado, padre o abuelo de fulano… Y seamos el señor que llega temprano. Donde nos escuchen sin comparar con quienes fuimos alguna vez. Ser otros no es negar lo que fuimos. Es darle a los demás un primer dato nuevo.
2. Cambiar de verbo. Dejamos de ser valiosos por el verbo hacer y empezamos a serlo por el verbo estar o transmitir. A los 50 valíamos por cuánto podíamos cargar. A los 80+ valemos por cómo estamos aunque ya no podamos cargar. Ser ahora otro implica pasar de protagonistas a testigos: en vez de contar lo que hicimos, preguntemos y registremos. ¿Cómo le hicieron ustedes? Y tomemos nota. Usemos nuestra memoria para guardar algo de la ajena. Cambiemos de corregir a bendecir. Antes, nuestra reputación o responsabilidad nos impelía a corregir. Ahora podemos darnos el lujo que pocos tienen: decir qué bien te salió, sin tener que evaluarlo. Para quien recibe el elogio, somos instantáneamente otros.
3. Hacernos a propósito, un lugar sin historia. Un lugar sin testimonios previos de comportamiento. Elijamos un sitio donde nos vean sin apellido. Un parque, una banca, una panadería. Acudamos a la misma hora, durante 15 minutos, sin hablar de nuestro pasado. Actuemos solamente el presente: buenos días. Sin pasado, solo puntualidad. La gente nos empieza a apreciar por constancia, no por historia. Eso cura la baja por propiocepción porque ya no nos miden por cómo nos movemos, sino porque nos aparecemos. No necesitamos ser menos, ni más. Necesitamos, ser otro por ratos. Y eso lo conseguimos escogiendo ir dónde no nos conocen.
4. Comunicar lo que captamos. Si contamos lo que captamos en vez de lo que recordamos o sentimos, hacerlo nos ubica de inmediato en el presente. En el tiempo que nos hace partícipes de la vida. A los viejos nos cuesta trabajo porque igualamos pasado con importancia y futuro con preocupación. Sentir es fácil y repetitivo. Captar obliga a mirar y a discurrir con nuestra mente. Repetir es propaganda. Referir lo captado tiene mérito en sí, porque es posible que los demás no vean lo mismo que nosotros. Captar es ser otro cada día, porque lo que captamos hoy no existió ayer. Sentir, en cambio, tiende a repetirse. Si por la propiocepción menguada nuestro cuerpo ya no nos aporta mucha euforia, nos quedan los ojos. Y a nuestra edad vemos más fino lo intangible que a los 40, porque ya no tenemos prisa.
5. Quitemos el yo de la frase, sin quitarle el enfoque. El egocentrismo en lo que decimos a diario no viene de contar nuestra vida. Viene del pronombre. Por eso omito redactar este texto en la 1ª persona del singular y la sustituyo por la 1ª del plural. Es un truco para no fastidiar con mi criterio y generalizar los conceptos para que sean adoptados por su mérito inherente; no porque lo afirma el autor. El lector lo agradece porque se siente parte de un grupo en marcha, en vez de seguir a un líder de manada. No se imagina de acompañante sino dentro del mundo. Se apropia de algunas ideas y, curiosamente, recuerda mejor. Contar lo que percibimos es servirle a los demás de lente, de telescopio o de microscopio; esperando reciprocidad. Para que el otro en el que queremos convertirnos de viejos se beneficie también viendo a través de otras ventanas. Captar es una actividad que no requiere de mucho y nos conduce a ser otros cada mañana, sin pasado que nos defina ni futuro que nos apure.
Para los viejos, seguir estos tres preceptos de la filosofía pura, es un gran esfuerzo que vale la pena para extender nuestra vida lúcida:
1. Evadir inferencias hacia el futuro.
2. Eludir intrusiones del pasado.
3. Quedarnos en el aquí y ahora.
Los antiguos griegos le llamaban prosoche = atención al instante.
Mi apreciado y leal lector MANG, maestro de matemáticas, propició con su retroalimentación al Consejo de Viejo-345 que investigara a su antecesor austríaco Edmund Husserl, autor del libro de 1891: Filosofía de la aritmética. Investigaciones lógicas y psicológicas quien al prosoche de los griegos le llamaba epojé = poner el pasado y el futuro entre paréntesis. Porque la baja autoestima que padecemos muchos de los muy envejecidos es exactamente una violación de los tres preceptos anteriores al decir: Podía más antes = intrusión del pasado. Ya no voy a poder = inferencia hacia el futuro. Y perdemos el único lugar donde todavía se puede todo: aquí, ahora, siendo quienes no éramos antes. Escribirlo es convertirnos en otro cada día, porque no hay memoria ni testimonio previo que pueda meterse en el texto. Si no dejamos entrar pasado ni futuro, nadie —ni nosotros mismos— puede juzgarnos con el archivo viejo. Cada página es un estreno. Al principio cuesta porque la mente quiere comparar. A los 3 meses ya no escribimos sobre lo que pasó, relatamos lo que vivimos, vemos, imaginamos, descubrimos. A los 6 meses ya no es qué pienso, es qué noto. El hábito nos devuelve la autoestima sin relacionarla con capacidad o habilidades. Volvemos a ser fuente de noticia, no de lamentación o lástima.
Aquellos con quienes convivimos, que se sentían seguros con nuestros previos y predecibles “yos”. Les cuesta adaptarse porque con frecuencia se sorprenden y nos preguntan: ¿Y ora qué te picó? ¿De cuando acá? ¿Qué les digo a quien me pregunte sobre ti? No es enteramente el caso de Geo y yo. Tres cuestiones nos amalgaman: un infatigable sentimiento amoroso, una vida cohabitada de décadas, y una diferencia de 12 años (1½ septenios). En su 10º ella llega a la cama después de ver la TV y me encuentra dormido. —A veces no lo estoy y conversamos con un humor ligero que no espante el sueño.— A contrapunto, me despierto invariablemente antes que ella y salgo de la recámara a ocuparme en algo hasta que ella despierte. Es normal. Para las 4-5 am ya llevo 6 horas de sueño. Mi cuerpo ya pagó la deuda de sueño profundo. Despierto 1-2 horas antes que ella. A esa hora su cerebro está en su pico de REM. Es la zona de 4 a 7 am donde soñamos más. REM = Movimiento ocular rápido o sueño REM es la 4ª y última etapa del sueño. Cuando tenemos nuestros sueños más vívidos e intensos. Se caracterizan por un aumento de la actividad cerebral, movimientos musculares limitados, movimientos oculares rápidos y fluctuaciones en la respiración y frecuencia cardíaca. La mayoría de los adultos necesitamos dos horas de sueño REM cada noche, lo que contribuye al funcionamiento cerebral, la consolidación de la memoria y la salud emocional.
Cuando me quedo acostado, quieto, a oscuras, sin levantarme para no despertarla. Le doy a mi cerebro las condiciones perfectas para decir: Ah, ¿seguimos acostados? Entonces sigo soñando. Y entonces entro en un rizo de: 2 minutos despierto -> 20 segundos de sueño con sueño completo -> despierto -> otra vez. Tengo sueños breves instantáneos. No es que sueñe más rápido, es que mi cerebro ya no quiere sueño profundo, solo quiere REM en pequeñas dosis. Ese despertar temprano con presión REM es muy común después de los 70 cuando uno se acuesta temprano. No es peligroso. Solo es incómodo porque esos micro sueños no descansan y dejan una sensación de frontera borrosa: como si la vigilia y el sueño carecieran de un límite perceptible. Los japoneses le llaman a ese momento makura = la almohada como frontera. Toyo Shibata, la escritora del texto anterior, decía que a los 90 soñaba despierta. Es un síntoma benigno y bondadoso que nos llega a partir del inicio del septenio 12º. Lo que luego me acontece en las mañanas se llama duermevela matutino o intrusiones REM del despertar. No es insomnio, es lo contrario: tuve REM de sobra.
Gracias MANG.