Sal Nuñez
Las vocaciones siempre fueron esas voces bajitas que nos indicaban —en nuestro callado fuero interno y durante nuestra tierna juventud— algunas sendas a seguir que tal vez nos hicieran felices. Los algoritmos ahora actúan estridentemente en las pantallas que ven los jóvenes, influyéndolos a seguir las vías que se les antojan posibles para seguir en sus vidas. No les muestran opciones. Influyen en ellos quitándoles muchas, sin que se den cuenta. Para un usuario asiduo que lo mira un total de 5 a 8 horas diarias, el celular ya no es una herramienta, es un propagandista vocacional. Lo hace de 4 formas muy concretas:
1. Le crea una vocación por repetición, no por aptitud. El algoritmo no sabe en qué es bueno el joven haciendo como actividad; pero sabe qué lo retiene mirando la pantallita 3 segundos más. Si ve un video de un chico haciendo tatuajes, otro de tatuajes, y otro más de tatuajes, en 48 horas. Imagina que en todas partes proliferan los tatuadores ganando dinero, viajando, siendo libres. Su cerebro concluye: esta debe ser mi vocación, porque es lo único que ve. No es vocación descubierta. Es vocación implantada por frecuencia. En psicología se llama efecto de mera exposición. Antes le pasaba a los muchachos con el primo herrero que veía todos los días. Ahora le pasa con 100 herreros digitales que el algoritmo elige para él. Resultado: oleadas vocacionales falsas. En 2022-2024 subieron 300% las matrículas de barbería, uñas acrílicas y trading en América Latina. No porque haya más talento ahí, sino porque esos oficios son hiper filmables para TikTok.
2. Los algoritmos emboscan a los jóvenes para enseñarles solo el final bonito. Omiten el proceso. Glamorizan el resultado, no el esfuerzo. Nadie viraliza 8 horas de videos limpiando vísceras de pollo para ser chef. Viralizan los 15 segundos del emplatado final. El usuario asiduo construye su mapa vocacional solo con finales. Ve al psicólogo dando consejos en 30 segundos, no 6 años de carrera más burnout por escuchar trauma. Ve al piloto viajando, no al piloto estudiando 14 horas de meteorología. Ve al nómada digital en Bali, no al nómada con diarrea y sin seguro. Por eso abundan las deserciones vocacionales a los 6 meses: por el choque entre la vocación de Instagram y la vocación real. El algoritmo vende la película, no el trabajo. Conozco en este siglo más errantes de vocación perdidos en un laberinto tapizado de pantallas, que los que conocí el siglo pasado.
3. Los algoritmos limitan las mentes jóvenes en una sola identidad vocacional y los castiga si dudan. Una vez que interactúan con quiero ser músico, quiero ser futbolista, quiero ser millonario el sistema los etiqueta. A partir de entonces, los invade con mensajes de músicos exitosos, futbolistas de las grandes ligas, y millonarios menores de 25 años. Si al mes dudan y buscan arquitectura, el algoritmo tarda 2-3 semanas en reorientarse, y mientras tanto les sigue mostrando lo que dejaron de buscar: música, futbol, lanzamiento de bitcoins, porque hay escasos datos en su nuevo historial. Eso crea el efecto embudo: a los 14-16 años —que es cuando el cerebro más necesita explorar 10 cosas distintas—, el celular los hace explorar 1 cosa 1000 veces. Es lo opuesto a la orientación vocacional clásica que era probar de todo. Las niñas lo sufren más. El algoritmo aprende rápido que las mujeres jóvenes, retienen más contenido de belleza, cuidado y psicología. Y a los varones jóvenes, con finanzas, gimnasio y tecnología. Les muestra vocaciones de género estereotipadas, aunque tengan aptitudes para otras. Los algoritmos no son machistas, son estadísticos: reproducen y muestran lo que más retienen los jóvenes en promedio.
4. Cambiaron en este siglo las nociones del pasado sobre lo que era una buena vocación. Ésta se medía antes en 3 cosas: ¿soy bueno? ¿le sirve a mi comunidad? ¿me da de comer? Los algoritmos de ahora enseñan una cuarta métrica que se vuelve la primera: ¿si hago esto seré rico, popular, famoso, visible? Para el usuario asiduo, una vocación que no se puede grabar, subir y monetizar empieza a sentirse como menos vocación. Cuidar ancianos, reparar tuberías, sembrar maíz nativo, ser buen maestro de primaria —vocaciones de bajo contenido visual— se vuelven invisibles, y lo invisible para un cerebro entrenado 8 horas en feed, deja de existir como opción. En estos tiempos mueren las vocaciones esenciales y nacen las de performance: no quiero ser cocinero, quiero ser chef creativo tele visible. No quiero ser terapeuta, quiero ser como cualquiera de Grey’s Anatomy.
¿Qué hacer si uno es ese usuario asiduo? No es dejar el celular. Es romper el algoritmo a propósito, buscar activamente opciones. Suspender permanentemente mirar cualquier cosa que llega, aunque la comparta el mejor amigo. Porque afilia a quien abte sus fake news a su propia prisión donde la conducta la estableció él mismo con su propio feed. No es de sorprender que nos aparezcan desnudos o pornografía en nuestro celular, si nuestros contactos son aficionados a ello. Hay que aconsejarle a los jóvenes que anoten en un papel las vocaciones que les pudieran interesar —descartando la noción de visibilidad— usando siempre su propio pensamiento. Y que antes de decir esta es mi vocación por 2-3 videos, hagan 20 horas reales del trabajo aburrido de explorar las vocaciones anotadas en papel, guardar nada. Si después de 20 horas de ver limpiar jaulas en un zoológico, aún se quiere ser veterinario, la vocación es real. Pregunta pre-algorítmica: ¿qué hacía por horas el niño que aconsejas, antes de tener celular y juegos electrónicos, sin que nadie lo viera? Ahí suele estar la pista de lo que el algoritmo tapó.
La palabra vocación viene del latín vocare = ser llamado. No es ser el que uno elige, es ser el que es llamado a serlo. La vocación no existía como decisión personal. En la Europa medieval y renacentista era sinónimo de vocación religiosa: Una llamada divina a un estado de vida. Eras cura, monja o monje porque Dios te llamaba. El resto no tenía vocación, tenía oficio heredado. Hijo de herrero, herrero. La Reforma Protestante cambia eso: Lutero dice que barrer el piso puede ser vocación si es para servir a Dios. Ahí nace el trabajo como vocación.
En Asia: nunca existió la palabra como la entendemos en Occidente. En China decían tianming = el mandato del cielo. En Japón ikigai = razón para vivir. No es lo que a uno le gusta, es lo que uno debe cumplir para equilibrar familia y sociedad. En India era dharma = deber de casta. Tu vocación era tu varna: brahmán = reza, kshatriya = pelea, vaishya = comercia. No se eligía, se cumplía. Escoger era traicionar. Entre los mayas y aztecas, era lo que indicaba el calendario en _la fecha del día de nacimiento = tonalli._Así se definía quien cultivaba, quien peleaba, y quien curaba. En la América anglosajona colonial, puritana: vocación era calling = prueba de que eras elegido por Dios. Si te iba bien en tu oficio, era señal de salvación.
En el presente, la vocación se invirtió. Ya no te llama Dios o la casta, te llamas tú mismo. Pasamos de destino a identidad. La pregunta ya no es ¿para qué me necesita mi comunidad? sino ¿qué me hace feliz y me da sentido? En Europa hoy es proyecto de autorrealización. En Asia es negociación entre deber familiar y deseo individual. En América es marca personal: tu vocación debe ser rentable y con propósito. En el futuro, la vocación no será qué hacer, sino por qué hacerlo humano. Cuando la Inteligencia Artificial (IA) haga el 60% del trabajo técnico, la definición volverá a ser premoderna pero por otro motivo. No te llamará Dios, te llamará lo que la máquina no puede hacer: cuidar, consolar, crear significado, dar sentido ético. La vocación futura será menos técnica y más antropológica.
Probablemente haya tres oleadas en que este tema viejo de la vocación surge. La 1ª oleada es lúdica y se dice en el septenio 1º: la niña dice que le gustaría ser doctora, el niño: astronauta. La 2ª ya es más real, se da al inicio del septenio 3º: en Europa le llaman la orientación temprana. Las mujeres la verbalizan 1½ años antes que los hombres. En la 3ª oleada se estabiliza, durante el 4º septenio, después del primer máster fallido; cuando la realidad del empleo no cumple con las aspiraciones del estudiante. Entonces se tiene un duelo vocacional tardío porque para entonces la vida conyugal o la paternidad se imponen. Si no hay satisfacción ni felicidad referido a la vocación, el 5º septenio puede traer una crisis fuerte por el choque entre la vocación impuesta por las circunstancias y la vocación sentida en forma agazapada.
Los medios influyen en forma apabullante en lo que la audiencia decide como interés vocacional porque no informan, glamurizan = exhiben ciertas actividades como proveedoras de vidas interesantes. La serie de CSI provocó un 35% de aumento en las matrículas de criminología en EEUU. El algoritmo crea vocaciones por exposición al tema de más de 15 segundos. El problema: te muestra el resultado —el cirujano operando, el forense encontrando la causa de la muerte— no muestra la docena de años en estudios y practicas previas. El algoritmo crea vocaciones aspiracionales, no informadas.
La ausencia de la religión dejó un vacío que ocupa la psicología. El sistema escolar industrial, diseñado en Prusia hace 2 siglos, estuvo hecho para producir funcionarios, no vocaciones. Mide matemáticas y lengua, no cuidado, ni hacer con las manos, ni escuchar. Un niño con vocación de carpintero es diagnosticado como malo en matemáticas. La universidad actual convierte vocación en credencial: no puedes cuidar un anciano sin título de enfermería, no puedes ser guía de montaña sin un diploma, no puedes recablear una pared en casa sin certificado de electricista. Los oficios esfumados por falta de empleo: relojero, linotipista, afilador ambulante, telegrafista, sastre a la medida, zapatero remendón, lechero, farero, operador de central telefónica, campesino de policultivo, telefonista empática, bibliotecario…No se extinguieron por falta de vocación, sino por falta de estructura económica que las sostuviera. Entre los oficios o profesiones emergentes: _cuidador de la vejez y de la infancia con formación teórico-práctica. Europa va a necesitar 10 millones en 2030; como en la actualidad se gana poco en estas actividades las están llenando los inmigrantes. También urgen ecologistas de oficio, restauradores de suelos, bomberos forestales profesionales… Al final, las vocaciones que sobreviven no son las más modernas ni las más antiguas. Son las que responden a la pregunta humana que ninguna máquina sabe responder: ¿quién necesita que yo esté aquí haciendo lo que hago?