Sal Nuñez
Nadie me ha enseñado a envejecer. Lo estoy aprendiendo por cuenta propia. A mis 80 me considero un feliz anciano autodidacta. Lo que hago, pienso, y digo no se aplica del todo a los demás; pero deseo que algo de lo que escribo le sea útil a algún lector o lectora. Mi enfoque no se involucra con la salud ni con el bienestar. Cavilo a diario sobre lo que debo hacer para preservar el nivel de lucidez que tengo en este 12º septenio de mi vida. ¿Porqué me baso en una coordenada de medición dividida en septenios? A primera vista no hace sentido. Lo explico. Las edades de quienes reciben estos textos por WhatsApp son muy diversas; van del inicio del 4º septenio (dos de mis nietos) hasta el 14º (mi amiga MSB). Seguramente algunos lectores en particular batallan para encontrar algo de interés en el tema que trato. Pienso que si describo las particularidades del septenio que atraviesa cada lector en la actualidad, es posible que encuentren en mis palabras algún concepto o idea que les parezca interesante. No es numerología. Los decenios es un invento del sistema decimal. En México los sexenios marcan los períodos gubernamentales de la federación. Los septenios es una métrica dirigida por nuestros cuerpos; una división que cuadra por lo biológico, lo psicológico y lo matemático. Este sistema ha sobrevivido 2500 años. El padre griego de la medicina: Hipócrates (400 a.C.), ya dividía la vida en 7 años porque observaba que cada 7 años cambia el cuerpo debido a: la dentición, la pubertad, la barba, la menopausia. Shakespeare, en su obra Como Gustéis habla de las 7 edades del hombre en 7 septenios. Rudolf Steiner en 1900 lo formaliza en 10 septenios de 0 a 70: cuerpo, alma y espíritu. Yo extiendo a 15 porque ahora vivimos 105. Tal vez mis nietos lleguen a 120.
Biología: en los primeros 7 años nos cambian todos los dientes y nuestro sistema inmune aprende. En los siguientes 7: el hueso crece, cerebro poda el 40% de nuestras conexiones hasta que concluye nuestra pubertad. Nos maduran las gónadas en los 7 que siguen, y terminan de cubrirse adecuadamente nuestro cableado neuronal. Durante los siguientes 7 llegamos a nuestro pico muscular, y óseo, y a la cantidad de testosterona/estrógeno que producimos en corto tiempo. Al llegar al 5º septenio empieza la caída lenta de nuestro metabolismo, al famoso Messi y a cualquiera de los Ronaldos les llegan los primeros avisos de lo imprudente que es seguir forzando sus rodillas. Al 6º nos empiezan a facturar los excesos de nuestra conducta previa el hígado y el páncreas. Durante el 7º se fuga la vista para ver de cerca, sin excepción. Inician lenta pero exactamente la menopausia y la andropausia. A partir del 8º perdemos 1% de hueso anualmente. En nuestro cerebro, si no caminamos con regularidad, el hipocampo también se encoge 1% cada año. Cada 7 años hay un cambio hormonal, dental, óseo o sensorial medible. No es cada 5 ni cada 10. Es cada 7 donde hay un corte.
Psicología: cada 7 años cambiamos la pregunta.
1º ¿Qué es el mundo?
2º ¿Qué puedo hacer?
3º ¿Quién soy yo?
4º ¿Qué, con quién y en dónde?
5º ¿Qué construyo?
6º ¿Esto es lo que quería?
7º ¿Qué me queda por hacer de verdad? —La crisis clásica de mitad de vida, siempre cae aquí.
8º ¿Qué olvido, ya?
9º ¿Qué enseño?
10º ¿Qué pienso de lo vivido?
11º ¿De qué soy responsable?
12º ¿Qué recuerdo?
13º ¿Qué tipo de paz hago?
14º ¿Qué legado intangible dejo?
15º ¿Qué declaro?
Si tratamos de fragmentar nuestra vida en decenios, esas preguntas no caen en su sitio. En mi caso particular voluntariamente me expuse en mi 7º septenio a una situación única en mi generación que me ha desviado del patrón común a otros que no transitaron por una experiencia similar. Durante 24 meses hablaba y escribía en ingles al 100% durante once semanas, y cada trimestre cambiaba al idioma castellano durante una semana. Vivía supervisado por el gobierno en donde estuviera. Actuaba inmerso en una cultura acendradamente colectiva e hiperbólicamente atenta con los ancianos. El impacto de este período marcó en gran relieve mi relacionamiento con los demás y modificó mi percepción del mundo hasta antes de irme a radicar al norte de China, a tres horas en coche de Corea del Norte.
Matemática: 105 años es hoy una vida completa posible; no promedio, posible. Dividir tal vida en 15 segmentos de 7 anos cada uno, después de lo dicho antes, hace mucho sentido, hacerlo no es esotérico. Es la unidad más pequeña donde puedo ver un cambio biológico + un cambio psicológico juntos.
Es común y ordinario ver ancianos hacer crucigramas, sudokus, solitarios; acudir a jugar bingo en la iglesia, ajedrez en el parque, u ofrecerse de voluntarios para proporcionar direcciones en los aeropuertos. Para mí, aunque válido y estimulante, es insuficiente para preservar mi grado de inteligencia natural, orgánica, adquirido durante los septenios anteriores. Para mantener invariables mis capacidades actuales de: pensar claro, recordar con precisión, razonar sin confundirme, nombrar, decidir, entender, conocer, aprender, comprender, resolver, decidir, armonizar, acordar, pactar, convenir, e interpretar correctamente las emociones en los demás modulando las mías con empatía. En contraste con la recién llegada inteligencia artificial que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico, utilizando varios mundos de macrodatos. Por eso a partir de éste, hoy trata sobre el envejecimiento del cerebro. Ya que abunda en el internet y en el inconsciente colectivo información sobre el envejecimiento del cuerpo y las diversas formas de retardarlo.
Los diferentes componentes del cerebro humano envejecen en un proceso conocido como retrogénesis = vamos perdiendo las capacidades en orden inverso a como las aprendimos. Vamos desaprendiendo de lo más difícil a lo más fácil. Los niños aprenden primero a comer con las manos, después utilizan la cuchara, posteriormente el tenedor y, por último, el cuchillo. Una persona con demencia perderá primero la habilidad para manejar de forma adecuada un cuchillo, después el tenedor, siendo capaz únicamente de utilizar una cuchara y, por último, no será capaz de usar cubiertos. Lo mismo que sucede con los cubiertos, le ocurre con las demás habilidades, incluido el lenguaje, el aseo o el vestido. Lo cual no significa que los pacientes con demencia se vuelvan niños, sino que siempre serán adultos, con daño cerebral, pero adultos, aunque acaben en muchas ocasiones buscando a sus madres y padres. Es muy difícil entender cómo vamos perdiendo estas capacidades, especialmente cuando la persona afectada es alguien cercano afectivamente, que ha sido protector y proveedor y ahora su rol es el contrario. Indudablemente, la mejor forma de tratar a alguien así es con mucho cariño y paciencia, sin duda es lo que más necesita, pero sin infantilizarlo, a pesar de que sea fácil confundir la retrogénesis con una vuelta a la infancia. El cerebro de un bebé es muy inmaduro y evoluciona rápidamente, lo cual es muy diferente al de un adulto que sufre un proceso neurodegenerativo.
Esta involución provoca que un paciente con demencia no sea capaz de entender el orden en el que se debe vestir o cómo realizarse un aseo. Le genera mucha confusión el tener que decidir, por ejemplo, cuál es la prenda que se pone en primer lugar y cómo colocársela. Al no verse capaz, lo habitual es que se quede sin hacer nada o incluso se altere, fruto de la frustración y de la incapacidad para comunicarse con éxito. Un adulto con demencia tiene una historia biográfica, una trayectoria vital en la que ha pasado por muchas etapas, ha recorrido los distintos ciclos vitales y ha sido una persona autónoma y autosuficiente que, incluso, ha cuidado a otras personas a lo largo de su vida. Infantilizar a alguien (tratarlo como si fuera un insipiente niño) en esas condiciones, no es aceptable, los viejos lo consideramos una forma de maltrato. Estas fases de la retrogenésis no implican la pérdida de esa experiencia biográfica, de este recorrido vital pleno de experiencias meritorias que no podemos borrar, al igual que la demencia borra los recuerdos de quien la padece. El cuidado debe de ser realizado con dignidad, con respeto y teniendo en cuenta que ese adulto que vemos ahora en situación de vulnerabilidad ha sido una persona completamente capaz de realizar todo lo que ahora no puede. (Continúa).