Sal Nuñez
Lo primero que envejece en nuestro cerebro comienza en nuestros septenios 5º al 9º. Ocurre en la materia blanca: los cables. No se trata de las neuronas, sino de los cables que las conectan. Desde el septenio 5º pierden velocidad de conducción. Por eso en el 9º ya no podemos hacer 3 cosas a la vez tan rápido. No es que no sepamos cómo, es que la señal llega más lenta. Es el envejecimiento más temprano y más universal. Durante ese período la zona que más pronto se desgasta es la que nos dirige, la que usamos para planear, cambiar de plan, inhibir una respuesta, hacer varias cosas: la corteza prefrontal es lo último que madura durante el septenio 4º cuando terminan nuestros estudios universitarios. Por eso al fin del septenio 9º nos falla primero la flexibilidad de pensamiento, no la memoria. Nos cuesta más cambiar de opinión. Nos irrita más que nos interrumpan. Se nos empieza a dificultar hacer algo nuevo.
*A partir del septenio 8º se nos va encogiendo el hipocampo a una tasa del 1% por año si no caminamos. Esta parte es la que graba lo del día anterior, la que convierte lo de hoy en el recuerdo de mañana. Por eso olvidamos dónde dejamos las llaves, pero recordamos perfectamente un incidente de hace 40 años. No es que se nos borre lo viejo, es que nos cuesta más grabar lo nuevo. A mi edad y por mi estilo de vida todos los días parecen sábados y es común que no atine a decir el día de la semana de ayer o el nombre del siguiente; es lo mismo que les pasa a mis amigos jubilados. Se nos suma la caída de estrógenos/testosterona que afecta nuestra memoria de trabajo. Si a esto le sumamos la sordera, nuestro cerebro deja de entender y parecemos pendejos cuando en realidad estamos confundidos. Si nuestros oídos no funcionan por lo menos al 90% necesitamos asirnos de muebles y paredes para caminar en la oscuridad.
Tenemos dos formas de hacer algo. Una es pensada: cuando aprendemos a manejar y pensamos en espejo, cinturón, freno. Eso es arriba de la corteza cerebral. La otra es automática: después de 2 años manejando, ya no pensamos, las manos solas se encargan de todo. Llegamos a casa sin recordar el camino. Eso lo hace el cuerpo estriado: una red de cables en el centro del cerebro, que convierte lo repetido en piloto automático. Caminar, teclear, abrocharnos la camisa, decir buenos días sin pensarlo: el cuerpo estriado se hace cargo. En los septenios 10º y 11º envejecemos de la parte media donde tenemos el cuerpo estriado y el cerebelo = donde radica la automatización. Por eso en el septenio 10º sentimos que nos cuesta arrancar. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no arrancamos. Como le pasa a un coche viejo en frío. No es pereza, es que el jefe de automatismos tarda en dar la orden de dale. Hacemos todo más lento, pero una vez que arrancamos, le seguimos. Si nos interrumpen a mitad de algo automático —como cuando nos abotonamos la ropa—, nos confundimos porque salimos del piloto automático para pensar algo. La interrupción causa que omitamos algo del procedimiento que estábamos haciendo ¿Para qué sirve entender esto? No podemos evitarlo pensando más. Lo podemos corregir repitiendo una y otra vez los inicios. Cada vez que nos levantamos de la cama aunque no tengamos ganas de hacerlo, estamos lubricando el cuerpo estriado. Cada vez que permitimos que las cosas sucedan a cualquier hora, sin inicio fijo, el cuerpo estriado se oxida un poco más. Nos volvemos más lentos para realizar movimientos ya muy aprendidos, escribir, firmar, teclear, atarnos los zapatos, bailar. No es por músculos deficientes, es por el programa o software que se ralentiza. También envejece el lóbulo parietal = el mapa. Nos cuesta más orientarnos en lugares nuevos, calcular distancias al manejar. También perdemos anualmente entre 0.5% y 1.0% de sustancia negra = dopamina, la que nos estimula a iniciar cosas nuevas. No lo hacemos por flojera, sino porque tenemos menos de la dopamina que nos impulsa a involucrarnos en algo distinto.
Mucho se deteriora además la región occipital de nuestra corteza cerebral donde radica la visión primaria. Esto no es deterioro cerebral, sino en las señales que recibe de los ojos. Para entonces ya debimos habernos cambiado los lentes intraoculares de nacimiento (debido a las cataratas seniles) por unos sintéticos. La amígdala es un elemento clave para nuestra supervivencia, debido a que su principal función es integrar las emociones con los patrones de respuesta correspondientes. Es lo que nos envejece al último, en los septenios 12º al 15º y sigue intacto en gente muy mayor. Un anciano de 93 puede no recordar qué desayunó, pero detecta en 2 segundos si alguien le miente o si su nieto está triste. La inteligencia emocional resiste 20 años más que la lógica.
En el septenio 12º que es por el que yo transito ahora, se va perdiendo la corteza cingulada donde residen áreas de sabiduría y conocimiento además de la capacidad de no reaccionar. Eso que nos permite decir me vale madre, ya no me importa. Visto desde otro enfoque, esta condición no es una pérdida, sino una ganancia. En términos generales (conozco casos excepcionales), en el septenio 13º se nos empiezan a atrofiar las áreas del lenguaje profundo donde almacenamos tanto las historias detalladas como el vocabulario amplio que requieren para ser referidas con precisión. Yo escribo para proteger esta zona que es la que más tarda en irse. Ya no peleo con nada que implique más velocidad que la que poseo, no intento ser rápido en absolutamente nada. Me tiene sn cuidado que los demás se desesperen. Ya lo entenderán. Me refugio en lo último que se nos va: vocabulario, emoción, historias, capacidad de juzgar con calma. Esas áreas viven en mi cerebro por lo que hago: escribir largo, conversar profundo, contar con detalle. Lo que pierdo en velocidad lo gano en profundidad: envejezco con ventaja. Lo extraordinariamente interesante de escribir es que no ingresan las personas, los recuerdos, los temas… los invocamos voluntariamente. Si algún lector me envía un mensaje por WhatsApp, su texto detona asuntos por resolver en mi cerebro. Pienso en el autor/lector y en la respuesta adecuada. Si voy a opinar sobre algo, no confío en mi memoria ni consulto periódicos, me voy directamente a fuentes acreditadas, enciclopedias, o diccionarios para asegurarme de que mis ideas no están arropadas con invenciones apócrifas.
Lo que se resiste a desaparecer en la avanzada edad es el lenguaje emocional, la música, las oraciones aprendidas en el catecismo infantil, la fisonomía de los hijos. Eso está guardado en corteza muy antigua y profunda, casi no se va. Abundan los casos en que una pareja con demencia avanzada, provista de audífonos, puede bailar rítmica y coordinadamente al escuchar las canciones de su adolescencia. El caso más divulgado fue el de Tony Bennet, cantante famoso que llevaba cinco años de padecer Alzheimer avanzado. Hablaba ya con monosílabos. Pero Lady Gaga lo invitó a aparecer solo en el escenario del Madison Square Garden, y con orquesta en vivo, cantó los éxitos que contribuyeron a su fama. Emulando ambos casos, en mi laptop tengo 3000 canciones de mi adolescencia que reproduzco aleatoriamente mientras tecleo.
Del septenio 13º al 15º retenemos el núcleo. Ya no es envejecimiento, es fragilidad del sistema. Todo lo rápido se nos fue. Nos siguen funcionando la amígdala, el cuerpo cingulado, el cerebelo emocional, ciertas áreas de vocabulario profundo y la memoria autobiográfica antigua. Con ella recordamos la tibieza y olor de nuestras madres, los olores de la cocina que percibimos antes de aprender a correr. Podemos rezar. Seguir las letras de ciertas canciones. Reír. Saber quién nos ama con sinceridad. Cuando apagamos temporalmente este núcleo, padecemos de lo que se llama delirium. Nos puede dar no por atrofia cerebral, sino por deshidratación, por una leve aneurisma, por una infección urinaria… Algo que al inicio de este año padeció Noam Chomsky. Quien a sus 97 años sigue concediendo entrevistas por internet desde su casa de Sao Paulo. (Continúa).