Sal Nuñez
Inicio kafkiano. En un principio fui como un huevo (1) de mariposa depositado en el reverso de una hoja elegida por mi madre para que me sirviera de alimento. Aunque ella no se alimentaba de hojas, sino del polen de plantas y flores. Sin salir de la casa-cascarón del huevo la programación de mi genética me convirtió en embrión (2). Durante esta etapa larga cambié cinco veces de piel a partir de ser una larva (3) y me surgieron diferentes y llamativos colores sin que nadie lo notara (4, 5, 6, 7) para convertirme en oruga o gusano colorido adaptándome a mi creciente corpulencia. Salí al exterior con un cuerpo mil veces más grande que mis dimensiones como huevo —a comer de la hoja donde me había depositado mi madre— como un inerme y lento gusanito (8) atractivo para ser devorado por aves e insectos grandes. Masticando los pelitos que me salieron en esta etapa, y usando saliva para generar hilos de seda, ya crecido construí mi propia casa-saco llamado pupa (9), donde me fui transformando de gusano húmedo en crisálida (10). Desarrollé antenas de orientación (11), produje celdas solares en mis alas (12), y dos órganos: uno para procesar el nutritivo y energético polen (13), y el otro para emitir feromonas y acoplarme con mi pareja impregnándola y taponeando sus genitales después de la cópula para preservar mi exclusividad (14). Para luego convertirme en emigrante (15) a otro hábitat y gastarme los 30 días de vida que me restan; pues me tardé 700 días en recorrer todas las quince etapas. 30/700~4%
Me quedan 7150 antes de llegar al centenario. 7150/36520~20% que es lo que me resta de vida si puedo seguir mutando cada septenio y llegar al 15º. Mi 12º septenio de vida inició el 22 de Abril del 2023, hace 888 días. A partir de entonces inicié mi involuntario proceso de convertirme en otro a través de mi metamorfosis #12. Ese verano, uno de mis hijos patrocinó legalmente mi residencia en EEUU. A partir de entonces imaginé que, en reciprocidad por haberlo concebido de una de mis espermas, mi hijo gestó el huevo que me convertiría en un embrión de oruga. Y empecé a sentirme otro. El proceso legal fue más demorado de lo anticipado porque en el análisis con rayos X le reportaron al consulado que las mini cicatrices dentro de mis pulmones pudieran deberse a una tuberculosis en mi infancia y hacían necesario ratificar que los bacilos no seguían latentes, inactivos, pero con posibilidades de reactivarse en este país. No regresé a Monterrey tras el rechazo. Me enseñaron a extraerme flemas de las paredes interiores de mis pulmones y retuvieron tres muestras de flemas matinales que esputé tres días consecutivos. Me notificaron que los resultados nos llegarían simultáneamente a mi correo electrónico y al del consulado en Ciudad Juárez. De regreso a casa empecé a regalar todo lo acumulado que no pensaba traerme. Cada objeto regalado me detonaba imágenes, cronología, y recuerdos que detonaban con frecuencia cada vez que los veía en estantes paredes, y libreros. Mientras me desprendía de memorias, me surgían los pendientes de la vida anticipada aquí en Texas. Hasta entonces, mi vida consistía primordialmente en rodar cuesta abajo el negocio que Geo y yo creamos en 1990, y secundariamente en ser el corresponsal de la familia radicado en Monterrey para albergar estudiantes u organizar reuniones masivas como empecé a hacerlo dos septenios antes. Ese era el yo del que me desprendía mientras atisbaba al próximo en ser. El escribiente.
Mi diatriba actual con los jóvenes que estudian y publican sus conclusiones sobre los viejos es que ellos nunca escriben de cambio, de metamorfosis, de nuevos ritos, sino de mantenimiento. Intentan convencernos con argumentos genéticos como si fuéramos sequoias destinados a ser los más altos, de mayor peso y longevidad, si nos cuidamos y seguimos sus recomendaciones. Nos venden un solo verbo: mantener, cuando el verbo que nos enriquece después del septenio 7º de vida es diversificar, que no es hacer muchas cosas a la vez, sino ser con honestidad, alguien distinto cada siete años. Lo que me ha sido sencillo hacer. Y escribo al respecto porque la mayoría de los viejos que conozco preferirían viajar, conocer, probar, en vez de recordar y continuar como han sido. No es difícil ser otro. Jorge Luis Borges declaro en su septenio 12º: Ya no escribo, releo. Releer es ser otro con el mismo libro. Florida Scott-Maxwell dijo a los 85: Mi vida no ha sido ser; ha sido llegar a ser lo que no sabía que era. Harry Bernstein dijo a los 96 años: No tuve tiempo antes, estaba siendo el mismo. Ahora que ya no tengo que ser nadie, por fin puedo escribir. Cicerón escribió a los 84: Los viejos que se quejan es porque quieren ser jóvenes con otro cuerpo. Yo no quiero ser joven, quiero ser un viejo bien hecho. El arquitecto Oscar Niemeyer dijo: A los 100 soy otro, ya no necesito que la obra sirva, que flote. El carpintero chino Qi Baishi declaró: A los 85, soy otro, pinto como si no supiera pintar. Katsushika Hokusai, se cambió de casa 90 veces y de nombre 30; y escribió: A la edad de 5 años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto, a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia.
Yo opino que cada siete años hay que irse de donde te conocen demasiado bien, no del país, sino del rol que te tiene apresado, y ese irse no es huir, es fundar la distancia corta desde donde se puede ver lo que te inspira. Yo en este septenio he decidido vivir como el corresponsal autoexiliado cuyos escritos van diariamente a una revista apócrifa e incierta que no tiene línea para temas ni tonos. La diversificación en mi vejez no se mide en pasos, kilos, ni con tensiómetros, manómetros, o termómetros. Yo la mido en palabras que no habría podido escribir en el septenio anterior porque entonces era otro, mis actividades eran diferentes, radicaba en Monterrey, y generaba ingresos para sustentar aquel estilo de vida. Me desprendí poco a poco de quien fui en el 11º y en este 12º de escribiente ya les envié a 60 lectores más de un millón de palabras. Hacerlo me ha ayudado a impedir la entrada a mi mente de recuerdos muy recordados, cuando no los he invocado. A dejar de pensar en personas a quienes no convoco pero que antes, dedicarles tiempo mental, estaba fuera de mi control. Algún olor le abría la puerta a un recuerdo lejano. Algunas frases trilladas de la familia o refranes populares de México me distraían. Eso es porque la memoria se adhiere cuando está asociada a algo del pasado. Ya he ido desplazando estos reflejos condicionados de mi mente porque no me sirven de nada en el presente y creo que tampoco me serán útiles en el futuro. Ahora, conscientemente se aparecen en mi interior cuando yo lo decido; y por ese abandono, poco a poco, han dejado de inmiscuirse en mis sueños. Porque vivo enfocado (la mayor parte del tiempo) en el presente, que es el que cuenta. Y cuando termino de escribir la corresponsalía de la edición de hoy en esta publicación apócrifa, ya estoy pensando en la siguiente. Como me pasaba en mis días de columnista de La Voz de Durango, y de El Porvenir de Monterrey. Y abundan las noches en que me levanto a escribir antes o después de la media noche, por el diálogo creativo que necesita ser articulado. O porque verifico lo que con precisión le voy a atribuir a un personaje que intento citar. El desvelo de anoche me lo provocó la metáfora alegórica de las mariposas.