355 — Amor Verdadero o Indispensabilidad

Sal Nuñez

Te amo. Te necesito. Les aconsejo a los jóvenes evitar mezclar ambos enunciados en una expresión sentimental. No son lo mismo. Producen un efecto distinto en quien las escucha. La segunda puede implicar, ayuda, presencia, servicio, economía, protección, sexo; y lleva las implícitas preguntas: ¿Para qué me necesitas? ¿Cuándo obtengas lo que necesitas de mí dejaras de amarme? ¿Me amarías, aunque no me necesitaras? Ya en la vejez, deja uno completamente de escuchar ambas frases. Y las extraña. Ahora ya no nos las dicen. Las expresiones de sentimiento que nos dirigen son casi siempre verdades a medias que invitan a un debate como el del inicio de este texto.

Una frase que sorprende y duele me la dijo un recién jubilado consuegro cuando estaba por cerrar su septenio 10º: Envejecer es adaptarse a ser irrelevante y aceptar que uno ya no es indispensable para nadie. Me duele recordarlo porque tiene media verdad, y las medias verdades pesan que más que su complemento de la otra mitad que es falsa. Lo cierto es que al envejecer abundan los escenarios en que los roles antes desempeñados ya no son requeridos para las nuevas personas en las que nos vamos transformando: caducan los roles de proveedores, protectores, guías, líderes… que desempeñamos durante mucho tiempo. Caducan esos roles. Nos sobra tiempo y energía para convertirnos en otros al envejecer y disfrutar de la vida en otros escenarios, en otros roles, en nuevas actividades, con otras personas, en otra geografía. Si ya cumplimos como herramienta o recurso, es imprescindible para nuestra estabilidad y felicidad encontrar algo que valga la pena hacer. Ser más relevantes para nosotros mismos. Separarnos de la dependencia de otros en nosotros ya es vivir con menos estrés y responsabilidades.

Cierto es que ya no somos músculo, porque nos hemos convertido en memoria. No confundamos ya no me necesitan para todo con ya no me necesitan. Son cosas opuestas. Es una de las confusiones más comunes y caras. Sentirse indispensable se siente muy parecido al amor, porque ambos crean vínculo, cercanía y necesidad. Pero vienen de lugares opuestos. El indispensable dice: Sin mí no pueden. El que ama dice: Sin mí pueden, los felicito, no esta mal lo que hice por ellos. El indispensable necesita que el otro falle un poco para justificar su lugar. Si todos resuelven, él se queda sin papel. Entonces, sin darse cuenta, empieza a retener información, a no enseñar todo, a resolver antes de que le pidan. No por maldad, por miedo a que, si el otro aprende, ya no lo necesiten. Y eso no es amor. Es miedo a quedarse solo disfrazado de generosidad. El amor hace lo contrario: quiere volverse innecesario en lo práctico para volverse elegido en lo afectivo. Hay que enseñar a los demás a arreglárselas, sabiendo que el día que ya no nos necesiten para eso, vendrán a buscarnos por otra cosa. No por lo que les resolvemos, sino por ver quiénes somos y en qué ocupamos nuestro tiempo.

Por eso muchos que se sintieron indispensables toda la vida en el trabajo o en la familia, cuando se jubilan o los hijos se van, sienten que ya no los quieren. No es que no los quieran. Es que confundieron el te necesito con el te quiero, y cuando se acabó el primero, creyeron que se había acabado el segundo. La balanza es: Si cuando el otro puede solo y te sientes orgulloso, es amor. Si cuando el otro puede solo te sientes amenazado, era indispensabilidad. Si el indispensable confunde me necesitan con me quieren, en una imagen al espejo el dependiente confunde lo necesito con lo quiero. Se parecen mucho porque ambos generan esa angustia en el pecho que creemos romántica. Pero no es amor, es miedo. El dependiente dice: Sin ti no puedo. El que ama dice: Sin ti puedo, pero mi vida es mejor contigo. El dependiente no ve a la otra persona, ve lo que la otra persona le resuelve: seguridad, dinero, decisiones, soledad, miedo a la vejez. No ama a quien está enfrente, ama el alivio que siente cuando está enfrente. Y eso se nota porque cuando ese alivio falla un día, el amor se convierte rápido en enojo o en pánico. Por eso sufre. Porque ha puesto su capacidad de estar bien, afuera. Y todo lo que se pone afuera corre el riesgo de que se lo quiten.

El indispensable controla para no ser abandonado. El dependiente se somete para no ser abandonado. Estrategias opuestas, mismo miedo. El amor empieza cuando ambos pueden estar bien solos, por su cuenta, y aun así eligen estar juntos. No por necesidad, sino por preferencia. Cuando uno ya es un adulto mayor eso se ve muy claro: Si alguien no llama y uno piensa ya no me quiere, me abandonó, esa es dependencia. Si piensa seguro está ocupado, qué bueno que le vaya bien, cuando pueda me llamará, yo estoy bien. Y cuando llama uno se alegra de verdad, eso es amor. La dependencia nos hace contar cuántas veces nos llaman y reclamar cuando nos parecen pocas. El amor nos hace disfrutar cada vez que lo hacen. A los veteranos nos corresponde tratar de ser relevante de una forma en la que solo alguien mayor puede serlo. Hay tres lugares donde somos irremplazables, y los jóvenes no compiten:

1. Hay que dejar de intentar ayudar en todo. Elijamos una esquina pequeña y volvámonos el experto de esa esquina. No querramos ser quien ayuda a la familia en todo. Esa tarea es enorme y nadie la nota. Mejor actuemos en una circunstancia en la que sepamos, ante los demás, cómo funcionan ciertas cosas, como se preparan ciertos alimentos, como se discrimina al cine de mero entretenimiento consumista del que muestra aspectos humanos reales. La relevancia no es grande, es específica. Cuando uno tiene su esquina propia, la gente sabe a dónde ir a buscarte. Y eso nos hace sentir indispensables en algo, sin el peso de tener que ser indispensable para todo. En mi caso tengo tres esquinas: la cocina, el escritorio, y el acuario. Geo tiene las finanzas, el jardín, y la nieta.

2. Hagamos a un lado la noción de que damos soluciones para todo; en cambio, ofrezcamos historias si es lo adecuado al caso. Si cuando éramos jóvenes nos preguntaban: ¿Cómo lo hago? Esperemos a que nos pregunten: ¿Cómo lo hiciste tú cuando te pasó? ¿Qué platillos has inventado? Sin adelantar nada, ni responder con el tono sabihondo de que antes se hacían las cosas correctas o mejores; mucho menos perfectas. Nunca ofrezcamos soluciones rápidas, no compitamos con Google porque eventualmente perderemos de todas, todas; y dejarán de consultarnos. Contemos lo que no está en el internet: nuestros propios errores. Eso no lo tiene nadie más. Tenemos el monopolio. Tal vez eso valga más que cualquier herencia y nos hace relevantes. Meditemos en nuestras relaciones amorosas ya que han pasado. Seguramente encontraremos situaciones en las que alguien se “enamoró” de ti o tú te “enamoraste” de alguien cuando en el fondo nunca hubo amor, solamente una relación en que una de las partes era percibida como indispensable para la otra. Y terminada la dependencia, llegada la edad, te percatas de que el amor no era ni verdadero ni pleno. Tal vez para entonces ya no conviven.

3. Hagamos cosas que obliguen a los demás a que esperen algo positivo de nosotros. La relevancia se siente cuando alguien espera nuestra presencia. No cuando nos la agradecen después. No se trata de grandes cosas o situaciones extraordinarias. Son compromisos chicos y repetibles donde si uno no está, se nota. La mente mayor sufre no por falta de amor, sino por falta de rutina donde sea esperada su presencia gustosamente. No necesitamos sentirnos más relevantes. Necesitamos notar dónde somos relevantes y darnos silente crédito por ello. El veterano que se siente irrelevante está evaluando su valor actual con la identidad de hace dos septenios. Quiere seguir siendo relevante haciendo lo mismo, con la misma fuerza, en el mismo lugar, con el mismo papel, y con la misma gente. Como si la relevancia fuera una mina que se agota. Y claro, si uno sigue picando en la misma veta con la misma herramienta, finalmente se topa con piedra estéril.

No se trata de intentar ser una versión mejorada del septenio anterior cada 7 años. Hay que ser otro bajo nuestros propios términos, no los de los demás. Hay que sentirlos convencidos de que así es por lo que hacemos que no hacíamos antes. Porque nuestros activos eran otros. En el 5º (29 a 35): nuestro activo era tal vez la energía; en el 6º, la competencia. En el 7º, el criterio. En el 8º, nuestra gestión del poder. En el 9º, nuestra red de contactos. Durante el 10º es la historia que solo nosotros custodiamos. En el 11º es el permiso para decir lo que otros no pueden decir. El que se siente irrelevante es el que sigue queriendo en el 10º competir con la energía del que anda en su 5º. Ahí va a perder y a sentirse irrelevante. Lógico.

Pero el que se convierte en "otro" cada septenio entiende que no se trata de seguir siendo competitivo en la veta vieja, sino de moverse a la veta nueva que solo esa edad abre. Esa veta es rica, virgen, porque casi nadie la explota. Todo el mundo quiere ser joven, pocos quieren ser veteranos bien ejercidos. Ahí es donde aparece la relevancia y la dependencia: no la de hazlo por mí porque yo no puedo, sino la dependencia de quiero pasar por ti porque tú ves algo que yo no veo. No es volver a ser indispensable para todo como cuando eras el patriarca de una familia. Es volverte indispensable para algo muy puntual, para la gente que te importa, precisamente porque ya no eres el mismo. Nadie fue nunca indispensable para todo, ni de joven. Envejecer, no es adaptarse a ser irrelevante. Es adaptarse a ser relevante de otra forma: ya no por lo que haces, sino por lo que contienes. En el complejo entramado de nuestras vidas, tanto en el ámbito personal como en el profesional, la necesidad de sentirnos indispensables se convierte en un anhelo profundo. Esta búsqueda constante de valor y reconocimiento es una espada de doble filo. Por un lado, nos impulsa a superarnos, a esforzarnos y a aportar lo mejor de nosotros mismos; por otro, nos sumerge en una realidad dolorosa, donde el miedo a la irrelevancia y la ansiedad por ser reemplazados pueden generar conductas destructivas o tóxicas.


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