Sal Nuñez
Antes de la Inteligencia Artificial (IA), cuando 9/11 colapsó mi negocio por meses y tuvimos que ajustar nuestro estilo de vida al ingreso de Geo; escribí un libro en inglés, con la intención de conseguir un anticipo. El CEO de la editorial (mi amigo) condicionó mi anticipo a la reducción de sus 750 páginas en cinco libros de 150 cada uno. Adujo que nadie lee 750 paginas de un lector desconocido cuyo primer idioma no es el inglés. Como amigo honesto que es, leyó mi manuscrito en sus viajes redondos semanales entre Boston y Nueva York. Con genuino entusiasmo me dijo que las 23 historias tenían suficiente originalidad y relevancia. Ahí quedó todo porque regresaron los clientes y con ellos un ingreso que nos permitió ahorrar y viajar a una docena de países; algunos con nietos, otro con hijo y nuera, otro con nuestros amigos sevillanos, y uno más con nuestros amigos de Ohio. Amarcord. Hoy recuerdo la última de las historias cuyo protagonista es una perfumista autodidacta: Galia. Que se auto educa su sentido del olfato para desarrollar fragancias exclusivas para piel de personas sanas, móviles, y lúcidas de un mínimo de 100 años de edad = centenarios, elaboradas con ingredientes 100% Mexicanos: nada traído de oriente o del mediterráneo. Para compensarle su sacrificio de casarse en una ceremonia socialmente bendita —con su hijo gay— el multimillonario suegro de Galia, le financió el proyecto durante años. Galia simuló un matrimonio plenamente feliz. Su esposo y suegro nunca tuvieron queja de su comportamiento. La culminación de su investigación era una convención donde se les pagaron todos los gastos de transporte a 40 centenarios 50/50 para que se hospedaran durante un fin de semana en el Hotel Quinta Real de Zacatecas. Esta mañana, mientras ajustaba la alcalinidad y removía los nitratos y nitritos del agua del acuario —previo al arribo de los guppies— tuve presente la historia que comparto.
El 15 de septiembre de hace 160 años, inauguraron la Plaza de Toros San Pedro, de cantera rosa, a tres cuadras del acueducto. Se hace la última corrida en 1975 y la cierran. Queda abandonada 14 años. Se pensó en demolerla. Los arquitectos Ricardo y Roberto Elías Pessah la convierten en hotel respetando la estructura original. El ruedo se vuelve patio central adoquinado con fuente, los toriles donde encerraban a los toros se vuelven el Bar El Botarel, y alrededor del redondel instalan 49 suites de estilo colonial. El proyecto fue tan limpio que ganó el Premio Internacional de Arquitectura en 1989. En el redondel remplazaron la arena por adoquín con bordes de pasto. En mi historia, al centro de éste, la protagonista coloca una planta metafórica: un gran agave que ya no tiene que guardar azúcar. Ya no tiene que defenderse con espinas. Abre 3000 flores en tres semanas para los murciélagos. Cada centenario y centenaria comparte su presente o su fantasía sobre el futuro con el resto de los desconocidos. Queda vetado hablar referencias de lo que vivió antes de recibir la invitación para el evento. fiabre 40 historias en una noche entre 40 desconocidos. Cada asistente sabe que le falta poco para el silencio total y permanente y, al igual que al agave, no les importa. Porque florecer no es para durar, es para que otro se lleve el polen. El agave muere, pero deja hijuelos alrededor. Clones pequeños que ya traen su azúcar. No es tristeza, es relevo. El centenario de 15 septenios que va a la convención no va a buscar novia para durar 20 años más. Va a encontrarse con alguien a quien le deje una frase, una anécdota, una idea; y al mismo tiempo a llevarse una secuencia de impresiones, y la fragancia de las veladoras predilectas. Galia ofrecía hijuelos de olor: pequeños agaves de cera que otros se llevan a su casa y prenden al regreso. Un agave y un centenario son familiares: uno junta 20 años para florecer 3 semanas, los otros juntan 105 años para florecer una noche en Zacatecas. Los dos morirán en paz si alguien recordaba a qué olían durante y después de esta reunión internacional.
El agave segrega internamente azúcares en sus pencas gruesas, amargas, sin que nadie lo aplauda. Parece que no hace nada. Un día, saca un poste del centro que crece un metro por semana: el quiote. Ya no hay vuelta atrás. Cuando abre sus flores amarillas, a seis metros, se muere. No porque falló, sino porque ya terminó. Para el agave florecer y morir son el mismo verbo. Un centenario que vive 15 septenios, 105 años, hace lo mismo. En el caso de la planta son bienios. Del 1º al 3º desarrolla la roseta, hace pencas, desarrolla carácter, y mecanismos de defensa (agujas) y acumulación (aguamiel). Guarda agua. Aprende a no ser comido. No florece. Del bienio 4º al 6º engorda, crece a lo ancho, crece a lo denso. Se vuelve azúcar puro por dentro. El humano con sus septenios hace hijos, casas, deudas, libros. También se vuelve denso. Es el tiempo menos fotogénico y más importante. Del 7º al 9º parece estancarse. Ya no espera crecer, espera motivo. Cuando el azúcar ya está listo, el poste no ha recibido la orden de emerger. Esto sucede del 10º al 12º. Y florece del 13º al 15º. Produce unas flores comestibles a las que en la sierra de Durango se les conoce como bayuzas, donde son maceradas con ceniza y bicarbonato para desamargarlas, antes de mezclarlas con huevos revueltos o rellenar gorditas. Tal vez ese tipo de maceración surta efecto terapéutico en los humanos pesimistas.
En la historia que escribí a nadie se le inducía al romanticismo. En el registro se le ofrecía gratuitamente a los huéspedes a elegir y llevarse a casa un juego de veladoras del mismo aroma, que armonizara con las emociones y expectativas que tuviera antes del evento. Todas tenían justamente la cantidad placentera en cera de abeja. Las había con aromas de: azucena, cempasúchil aromático (no del que huele a muerto), damiana, hoja santa, magnolia mexicana, nardo, vainilla, etc. Y en la etiqueta donde se nombraba la planta se añadía frases cortas como: _Bayuza para quien no desee romance. Cacao para quien solamente quiera conversar. Caoba para quien quisiera quedarse. Cempasúchil para atreverse. Copal para rezar juntos. Guayaba para quien extraña mucho a alguien. Magnolia para quien todavía crea en el amor a primera vista. Plátano morado para la gula sana. _ Cada uno elige un juego del tipo de fragancia que le gusta. Las instrucciones son llevárselas a su habitación, encenderlas una hora antes de bajar al ruedo. Y comentar sobre ellas en las cuatro mesas redondas donde 10/mesa habrán de sentarse en la cena de inicio. En el inicio, el perfume de la ropa impregnada de cada quien aporta un tema de conversación. No hay droga ni psicoactivos en la composición de las fragancias. Hay elección. La historia es más romántica, que erótica o farmacológica. Sigue siéndolo. La escribí cuando tenia 50, ahora que tengo 80+ me desperté con deseos de continuarla. Porque al escribirla tuve qué documentar lo que ahora siento en mí mismo. Las Sagas que compartí el año no alcanzaron a llegar a esta historia, pero los personajes sí incursionaron en ellas. Galia entonces estaba en fase de auto capacitación.
Hoy pienso en encontrar ejercicios para mantener la acuciosidad en mi sentido olfativo porque creo que es crítico a mi edad. Mi recuperación de la anosmia tras el Covid fue muy prolongada y no hay médico que me diga si me restablecí al 100%. A los octogenarios nos mandan a hacer de todo: crucigramas para el cerebro, pesas de medio kilo para la musculatura, listas para la memoria, pararnos en un pie para el equilibrio, respirar para el estrés. Nunca nos mandan a oler. Es raro. El olfato es el único sentido que entra directo al cerebro sin pasar por aduana. No pide permiso al tálamo. Llega al hipocampo y a la amígdala, donde viven la memoria y el miedo. Por eso un olor nos devuelve a los 7 años más rápido que una foto. Es el primer sentido que avisa que el cerebro se cansa. Antes de olvidar palabras, dejamos de oler matices. No es vejez, es desuso. Como con el agua de los guppies: si no la acondiciono, se enturbia. El cerebro viejo necesita novedad, no dificultad. El olfato le da novedad barata.
Me propongo rentrenar mi olfato por 5 minutos, dos veces al día, oliendo tres de las 30 sustancias aromáticas que tengo en la cocina. Nada comprado en farmacia. 20 segundos por frasco, a ojos cerrados. Un estudio en 2023 mostró que hacer esto 6 meses engrosa el bulbo olfatorio y mejora 30% el recuerdo de palabras. La memoria olfativa no falla porque no guarda. Falla porque no etiqueta. El olor es una etiqueta perfecta. Al salir de casa voy a contar los distintos olores que percibo. Anotaré aquellos que no busqué. No espero oler mejor, espero nombrar y descubrir mejor los olores para no decir: La tortilla quemada me recuerda a Mexico. Gran parte de lo que llamamos gusto es olfato retronasal. A los 80 comemos menos porque a veces nada huele a nada. La comida se vuelve cartón. Masticaré más lento, con la boca cerrada, respirando por la nariz. Como paladeaba el mezcal.
Hay ancianos que ya no detectan el olor del gas, el humo, su propio cuerpo. Le pediré a Geo eliminar los ambientadores sintéticos fuertes por un mes. Son un ruido blanco para la nariz. Creo que el olor artificial a pino enmascara el olor real del gas, la humedad real. Si Geo está de acuerdo, la casa se volverá mas legible durante ese período. No se trata de oler más fuerte. Se trata de oler más cosas distintas y saber nombrarlas. Igual que no se trata de vivir más años, sino de poder ser otros distintos cada siete años, de tener más capas, una metamorfosis de la cuna a la rumba de más etapas. A los 80, el oído se calibra con aparato y la vista con lentes. El olfato se calibra con guayabas. Es más barato y deja mejor historia para contar que la del Quinta Real de Zacatecas.