Sal Nuñez
No encajo en ningún manual clínico. No soy un caso patológico. Soy un tipo #5 sano y maduro, según la teoría del eneagrama. Pero he mutado once veces, porque en cada septenio (según yo) uno se convierte en otro distinto y quienes no lo perciben se sorprenden, no así los que atraviesan por las mismas aguas. Tal vez antes observaba, estudiaba, analizaba, y aprendía por miedo a no saber. Ya no. Ahora elijo con precisión qué merece entrar en mi tiempo. Es lo contrario a distraerse. Nunca me aburro. Mi dieta informativa es muy selectiva. Tengo muy claro el valor de mi atención porque a mi edad es el bien más caro que hay. Ya no me impresiona la fantasía, ni las distopías, ni si pudiéramos vivir en Marte, o armar misiles en la Luna. Tampoco los dinosaurios, y las ciudades mayas soterradas. Me entusiasma más saber de mis nietos que convivir con ellos. Valoro el gesto de compartirme algo pensando que va a gustarme o a interesarme, de verdad. Pero para explicarme mejor debo afirmar que hace más de 75 años vivo con un hábito muy incrustado: buscar y estudiar solo aquello que en ese momento me está llamando profundamente la atención. Así somos los eneatipos #5. Tal vez seamos a los que mejor se le aplica la teoría de las restricciones que va negociando —en su proceso de envejecimiento a partir de la infancia— en cada septenio de su biografía; se lo pregunto a mi buen amigo RGMB. Él es experto y consultor en el tema.
Mis intereses (¿restricciones?) van cambiando cada septenio. En el actual, tengo los días llenos y me falta tiempo. Esa es la restricción que ataco actualmente para dedicarme a lo que quiero aprender; que nunca es lo mismo en cada septenio. En los anteriores no me resultaba claro dar con una. Menos ahora que no me pagan por ayudar a decidir. Por eso cuido mucho dónde pongo mis horas. Porque mi fecha de caducidad ya es anticipable. No veo documentales de 30 a 90 minutos, ni series, por recomendación, por buenos que sean. No es por el tema en sí, es por mi forma de aprender. Si lo hago por fuera de mi búsqueda actual, hacerlo me desenfoca y me quita tiempo de lo mío. No es nada personal con nadie, ni con el tema de pretendido interés mutuo. Es simplemente cómo funciono. Solo estudio lo que me apasiona y siempre me falta tiempo porque así aprendo desde hace 75 años. Cuando me meto a ver algo más, se me enfría lo que ya estoy cocinando. No siento apetito por el entretenimiento disfrazado de conocimiento —tipo BBC o Discovery. Yo ya no estoy para entretenerme. Estoy para entenderme. No tengo que convencer a nadie del valor de lo que me atrae. Llevo 75 años haciéndolo, y en esta edad me provocan alergia los conocimientos inútiles. Esos que ya dejan de servirnos de un septenio al siguiente. No todo conocimiento se vuelve inútil, se olvida. Mucho se nos vuelve cimiento en la juventud; pero deja de sernos útil como dato. Aun así, queda como estructura para el siguiente septenio.
En el septenio 1º el 90% de los datos aprendidos se vuelven inútiles para el 2º; porque aprendemos a gatear, caminar, correr, y que el fuego quema. Nada nos sirve como contenido, pero todo nos sirve como base neurológica. El septenio 1º es 100% cimiento para erigir encima habilidades mentales y físicas.
El 70%o de los datos aprendidos en el septenio 2º se vuelven inútiles (nombres geográficos, históricos, efemérides). Mucho se olvida. Queda el método de aprender en la escuela y la vergüenza o el gusto por preguntarle al maestro durante el septenio 3º: ¿en qué va a servirnos resolver ecuaciones diferenciales en la vida? El 60% de los datos aprendidos en este septenio son inútiles para la siguiente etapa porque cobran fuerza las ideologías, los amores absolutos, las identidades prestadas, la adopción de un estilo. Pero la practica de resolver ecuaciones diferenciales nos conecta las neuronas en unos circuitos que nos servirán en septenios futuros, como sistema operativo mental donde procesamos decisiones y adoptamos conductas, aunque no nos demos cuenta. En una ecuación diferencial, sin condición inicial, hay infinitas soluciones; pero con condición inicial, hay una sola trayectoria: la de cada uno. Eso lo aprendimos en la misma clase. Todos vimos la misma ecuación, cuando cada uno traía su condición inicial distinta —curiosidad, casa, novia, dinero, hambre. Por eso cada vida tomó una curva distinta. Mi condición inicial fue ese hábito incrustado de buscar. Esto que escribo surgió de entender las derivadas como ritmo de cambio, pues aprendí que no importa tanto dónde estoy, sino cuánto estoy cambiando.
Cuando estudié matemáticas no existían las calculadoras ni las computadoras. Todo lo teníamos que resolver a mano por lo que el 80% del tiempo de resolución de problemas lo pasábamos en verificar. Era raro que dijéramos a la primera me salió. Teníamos que comprobarlo con papel y lápiz. Tal vez MANG, profesor de postgrado en matemáticas, me pueda explicar cómo ciertos procesos se transfieren a formas de pensar y decidir en circunstancias dadas. Tal vez alguna de estas formas la he incorporado a este diario ejercicio de escribiente que me lleva a verificar en el internet si miento, exagero, o invento involuntariamente. El veterano que solo mira pantallas no verifica nada. Capta y digiere. Escribir me obliga a hacerlo. Durante el septenio 3º las ecuaciones me instalaron en mi sistema operativo el proceso: afirmo -> verifico -> corrijo -> vuelvo a afirmar.
Por eso no mido mi vida por el conocimiento acumulado, la mido por sus cambios. Por eso digo que en el 12º soy otro. En ecuaciones, como en la vida, hay equilibrios estables que, si uno los perturba un poco, regresan. Y hay equilibrios inestables que con un empujoncito se van a otro lado para siempre. Cada uno de mis septenios ha sido un equilibrio estable durante 7 años, en el que profundizo sobre algo. Y al final de cada uno, un cambio de trabajo o de ciudad o de país o de pareja, me sacó de la estabilidad enviándome a otro equilibrio, y a ser otro. El viejo que ve tele toda la vida se queda en un equilibrio estable para siempre. Nunca lo perturba nada.
El 50% de lo aprendido en el 4º se vuelve inútil por falta de uso en la transición de la universidad al trabajo; donde chocamos con la realidad y nos dicen dictatorialmente así se hacen las cosas.
Ya en el septenio 5º solo el 40% de los datos son desechables. Nos volvemos pragmáticos, selectivos, productivos, y etiquetamos como desperdicio algo que nos quitó tiempo aprender y no nos dejó mucho.
Durante el 6º elegimos. Aprendemos y retenemos lo que nos interesa. Descartamos el 35% de los datos. Dejamos de acumular conocimientos inútiles.
Nos llega la crisis del septenio 7º en el que ya no queremos ser como hasta entonces hemos sido; por lo que el 30% se vuelve inútil a propósito.
El septenio 8º es el mas rentable. Lo inútil solamente es un 25%. Aprendemos menos cosas, pero se nos queda el resto para lo que sigue. Somos unos maestros en algunos temas.
El 9º es similar (25% inútil) con la diferencia de que dejamos de aprender por novedad y lo hacemos por profundidad.
No cambiamos nosotros en el septenio 10º: el mundo alrededor nuestro cambia. Nos volvemos obsoletos en el trabajo o nos vuelve así un nuevo software o un cambio de normas. La mayoría nos jubilamos. Lo veíamos venir, solamente dejamos como inútil un 20%. Lo que no vemos venir es que nos pasamos de productores a consumidores.
A todos los jubilados les quieren vender algo aquí en EEUU. A los jubilados no nos ofrecen productos. Nos venden miedo, soledad y culpa. Porque tenemos tiempo, ahorro, y miedo a ser una carga. La mayoría que ve tele todo el tiempo ya están perfectamente ubicados por los medios en el código postal donde residen, y conocen como espías nuestro perfil por las horas que vemos televisión, y la mezcla de programas que vemos. Ya identificados, en cada interrupción del programa nos muestran comerciales de pocos segundos ofreciéndonos suplementos y vitaminas, cremas para las arrugas, seguros de vida para “proteger a nuestra familia evitándoles deudas, adelantándoles la herencia” servicios funerarios, préstamos hipotecarios sobre casas ya pagadas para “disfrutar con efectivo si no alcanza la pensión”, paquetes de cable con 200 canales, botones de pánico, teléfonos sobredimensionados. Nos ofenden la inteligencia con frases como: ¿Se le olvidan las llaves? No es por su edad, es que le falta X. Nos crean enfermedades que no tenemos para vendernos remedios que no necesitamos._ Porque su forma de hechizarnos es que compremos rápidamente y sin verificación documental lo que nos ofrecen.
15% del conocimiento del 10º es inútil en el 11º. A esta edad muy poco de lo que aprendemos es inútil para el siguiente. Porque ya solo aprendemos lo esencial.
En mi septenio 12º solamente considero inútil un 10% del conocimiento que pasaré a la siguiente etapa porque lo que aprendo es casi todo destilado: no le agrego agua ni hielo al güisqui. No pierdo tiempo. Por eso me molestan las bisagras que rebotan cualquier video que les dice: no te vayas porque al final está lo bueno, no te olvides de darle un “like” ni de suscribirte, ahora sí entérate de lo último, de lo mejor, de lo que no sabías, de lo que debes hacer, no te pierdas de lo que hacemos para que YouTube nos pague.
Lo poco que se aprende en el 13º, creo yo, es pura sabiduría integrada. Ya nada es dato suelto. Lo inútil es 5%. Todo se conecta con todo lo anterior. Casi nada se vuelve inútil, porque ya no se aprende para usar mañana. Se aprende para entender toda la vida. Ojalá —del árabe hispánico law šá lláh = si Dios quiere— mi amiga MSB me aleccione sobre la travesía del 13º al 15º. Prefiero que vea la película Calle Málaga a que me responda.