Sal Nuñez
Pensar implica hacerlo voluntaria e independientemente porque se tiene la práctica y la habilidad de hacerlo. Pensar usando la conciencia para elegir temas y métodos para encontrar causas, razones y soluciones; y para comunicar convicciones implica no tener saturada la memoria. Pues cuando uno tiene atiborrada la memoria, no decide qué ni cómo pensar: el cerebro toma el control, no nuestra conciencia. Los viejos tenemos una enorme cantidad de recuerdos apilados, amontonados, aglutinados, acumulados en la memoria. El cerebro utiliza cualquier grieta en nuestra conciencia para infiltrarnos recuerdos o asociaciones intrusivas; entonces dejamos de pensar por nuestra propia voluntad. Perdemos el control. El cerebro nos arrebata el enfoque y nos hace reflexionar sobre lo que pone sobre la mesa. Eso no es ni usar la inteligencia ni pensar con originalidad. Es abandonarnos al arbitrio del cerebro para procesar emociones y recuerdos intrusos que nos exigen cabida, queramos o no, en el tema que nos ocupe mente y tiempo.
Decir memoria es como decir continente. Es imprescindible añadir el contexto para entender lo que sigue. Busco memoria en el Diccionario de la Lengua Española. Leo 9 acepciones distintas en singular y 5 adicionales y diferentes en plural. Busco Memoria Procedimental y no encuentro nada. Lo que me compele a explicar este término que la psicología define como: Información almacenada sobre ciertas habilidades y destrezas motrices. Dexteridad aprendida, a través de la ejecución de actividades: montar en bici, lavar la loza sin pensar los pasos, medir algo conscientemente sin pensar en cada movimiento. Este tipo de memoria la requerimos los viejos en buen estado; porque es el cómo, no el qué. No es contar una historia, es hacer sin pensar. Inconsciente: sin meditar en los pasos. Es rígida y duradera: se aprende lento, pero dura décadas, incluso con Alzheimer leve. No radica en nuestro hipocampo —donde se almacenan los recuerdos,— sino en los ganglios basales, el cerebelo y la corteza motriz. Se mide por hacer, no por decir: mejora con repetición, no con leer. Es automática, no verbal, resistente al olvido. De 0 a 50 años la desarrollamos. A partir de los 56 se conserva lo que se usa y se pierde lo no usado. Éste es el curso sucinto en cada septenio:
1º Gateo, caminar, comer con cuchara. Pura repetición.
2º Escribir, bicicleta, nadar, atar agujetas. La base de lo motriz.
3º Bailar, conducir, practicar un deporte, tocar un instrumento.
4º Trabajar en forma automatizada: mecanografía, taladro.
5º Perfeccionamiento del oficio. No se piensa cómo se hace.
6º Estancamiento. Se mantiene, pero baja la fineza sin práctica.
7º Se empieza a compensar: menos fuerza, con mejor técnica.
8º Se ralentiza: se logra el resultado, pero 10-15% más lento.
9º Primer cambio. Aprender algo nuevo, complejo, cuesta más.
10º Se necesita repetir más para ser eficiente en algo nuevo.
11º Actividades con secuencias de 3-4 pasos fallan si hay distracción.
12º Se necesita apoyo por escrito para armar algo nuevo, y simple.
13º Se pierde lo que no se hace a diario. Se requiere apoyo de otros.
14º Se conserva lo esencial: comer, vestir, aseo, si se hizo toda la vida.
15º Se queda uno con lo más sobre aprendido, y se ejecuta muy fragmentado.
Memorias que ayudan a la procedimental:
1. La sensorial y perceptiva. La que ve, toca, prueba, oye el paso. Sin ella no arranca ningún procedimiento.
2. La de trabajo, motriz. La que nos ayuda a mantener 2-3 pasos en mente mientras hacemos lo que sigue. Ésta baja a partir del 9º septenio: los viejos funcionamos mejor con una instrucción a la vez.
3. La semántica. La que sabe para qué es cada cosa. Eso fija el procedimiento.
4. La prospectiva. La de acordarse de acordarse. Cuando falla ésta, no es porque olvidamos el cómo; es que olvidamos el qué.
5. La corporal / kinestésica. La del cuerpo que recuerda la postura. La mejor aliada después de los 70, cuando sin pensar dejamos que el cuerpo se haga cargo; como bailar.
Memorias que entorpecen a la procedimental:
1. La declarativa excesiva (querer explicarlo todo). La que nos bloquea cuando intentamos decir en voz alta cada micro paso de algo automático, y nos confundimos. El efecto ciempiés: Caminaba muy bien hasta que le preguntaron cómo movía cada pata.
2. La emocional/miedosa. Si hay ansiedad, vergüenza, prisa por no fallar, el cerebelo se inhibe. La mano tiembla, el chorro no sale, el botón no entra. No es olvido, es bloqueo por emoción. Es la que más nos entorpece después del 9º septenio.
3. La de interferencia. La que insiste en que lo nuevo supera a lo viejo; la que nos impide aprender 2 procedimientos parecidos el mismo día. Ejemplo: dos controles remotos distintos. El 2º borra al primero.
4. La episódica intrusiva. Nos infiltra recuerdos que no vienen al caso. Como cuando pensamos en nuestra niñez mientras lavamos los platos. Más episodios pasados acumulamos los viejos, y más se infiltran los episodios intrusivos donde nadie los invoca. Nos distraen. Y nos llevan a emociones que, alegres o tristes, nos interrumpen la realidad presente y obstaculizan el procedimiento que estamos siguiendo. Con ésta es con la que más batallo porque me impide pensar por mí mismo, en lo que yo decido pensar. Puedo estar escribiendo y un irrelevante recuerdo intruso sobre China quiere abordarme. Me paro a supervisar lo que cocino y en el camino pienso aleatoriamente en alguno de mis hijos. Voy a medir mi evacuación de orina e invoco algo de la política actual. Esto me pasa cuando estoy involucrado en tareas múltiples en las que no cierro ninguna antes de iniciar otra: recuerdos intrusos se filtran por las grietas entre uno y otro pensamiento; arrebatándome el control.
La multitarea es la puerta principal para estas intrusiones. La atención es un solo foco estrecho; como una linterna. Ilumina bien solo un objeto a la vez. Cuando hago solamente una cosa, la linterna está ahí, no hay sombra para cobijar recuerdos. Cuando hago más de dos cosas mentales a la vez: escuchar música, escribir, cocinar, y seguir con mi proyecto de combatir la incontinencia urinaria prematura, la linterna de mi atención solo se enfoca en una o dos actividades. Y la luz que alumbra a las demás se vuelve difusa o queda en penumbra. Al amparo de esas sombras entra agazapado lo no solicitado. Y si autorizo su acceso mientras alguien me acompaña, mi conversación se vuelve dispersa porque paso de un tema a otro sin cerrar ninguno. Entonces los demás optan por no preguntarme nada para que no diserte sobre mil cosas y monopolice el tiempo. Esta memoria intrusiva nos fabrica recuerdos a los viejos, historias, pendientes. Siempre está encendida por detrás, esperando un hueco par surgir. En monotareas, la memoria ejecutiva impera y apaga a la intrusiva. En multitareas, la ejecutiva se sobrecarga y no alcanza a apagar a la intrusiva. Me pregunto si los del septenio 1º son diagnosticados por déficit de atención o hiperactividad porque tienen aficiones de multitareas… Tal vez lo que nos beneficia a los viejos: Uno tras otro les sirve a los niños que quieren todo a la vez.
Después del 9º septenio la memoria ejecutiva tiene menos reserva. Por eso a los 20 se pueden hacer 3 cosas y a los 80, con 2 ya hay intrusión. No es fallo, es capacidad. Porque el cerebro busca completar algo. Como no termina ninguna de las 2 tareas, busca algo ya terminado en el pasado y lo trae. O posterga el cierre de la forma arbitraria que quiere, cuando soñamos. La memoria de multitarea sube levemente el cortisol que abre la amígdala: el archivero de recuerdos emocionales. Ejemplifico: Mientras escribo sobre esta obsesión de los viejos por la inminente pérdida de las diversas memorias, mi mente batalla para bloquear la intrusión de Funes El Memorioso: un personaje inolvidable de un cuento de Borges al que le era imposible olvidar algo. Un accidente le causó una modificación en el cableado cerebral y a partir de entonces se acordaba de cada objeto donde posaba su vista y de cada segundo de su vida: lo que veía, lo que tocaba, lo que olía… Intrigado, estudia en la enciclopedia Naturalis Historia los personajes conocidos por su memoria prodigiosa. Se entera de que Ciro, el rey persa, se sabía el nombre de cada uno de sus soldados; Mitrídates Eupator, rey de veintidós naciones, administró sus leyes en todos sus idiomas, y podía hablar cada uno de ellos sin emplear intérprete; Simónides, creó un sistema de mnemotecnia en base a la asociación de imágenes; Metrodoro de Escepsis, creó otro sistema basado en los signos zodiacales y era capaz de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez.
Funes se sorprende de que tales casos maravillen a alguien; pues a partir de su recableado accidental a los 19 años, su presente se vuelve intolerable de tan rico y tan nítido, y los recuerdos más antiguas y triviales se le imponen con la misma nitidez abrumadora. Desde entonces, su percepción y su memoria se volvieron opresivamente infalibles. Porque descubre que la memoria total no es un don sino una cárcel. Ya que él, sin desearlo, recuerda cada piedra, cada pájaro, cada rama, cada nube, cada hoja, y puede decir la hora con segundos de precisión sin consultar un reloj. Si alguien le pregunta lo que había vivido el día anterior, necesita un día entero para contarlo. Esa condición no tiene relación con la inteligencia. Al contrario: la desplaza. Porque una inteligencia sin capacidad de abstracción genera proliferaciones insensatas. Su memoria acumulaba datos sin cesar; pero su cerebro no podía generalizar, ni abstraer: en rigor, no podía pensar. Porque pensar es olvidar diferencias, para descubrir lo que no es evidente, reducir el volumen de los datos, y encontrar patrones que agrupen lo diverso bajo categorías comunes. Sin esa operación de olvido selectivo, el lenguaje se vuelve imposible y la realidad, un tumulto inmanejable. Funes, era incapaz de olvidar, y de reducir la pluralidad del mundo a esquemas inteligibles. Su memoria, que podría parecer la mayor de sus virtudes intelectuales, resultó ser el mayor de los obstáculos para su entendimiento. La paradoja es deliberada; es la provocación central del relato de Borges: El hombre que todo lo recuerda es el hombre que menos comprende. Según él, su cuento es una metáfora del insomnio. Dormir es distraerse del mundo. Y Funes, incapaz de distraerse, apenas lograba conciliar el sueño. Para dormirse necesita imaginarse en el fondo del río, anulado por la corriente; encontrar la forma de disolver su conciencia.
Su vigilia perpetua es la versión extrema de esas noches en que la mente no logra desconectarse, en que cada pensamiento engendra otro y el reposo se vuelve inalcanzable. La memoria absoluta es, en este sentido, lo contrario del descanso: una condena a la atención ininterrumpida. Una cárcel. El cuento plantea que el olvido no es una carencia sino un don mal usado. Ya que para pensar y para vivir es necesario descartar, dejar ir. Comprender el mundo exige no percibirlo en su totalidad sino recortarlo, traicionarlo con categorías que siempre son insuficientes pero que nos permiten pensar y comunicarnos. Funes, prisionero de una fidelidad absoluta a lo real, no puede construir ninguna de esas traiciones necesarias. Su memoria es un espejo perfecto del mundo, pero un espejo no piensa: solo refleja. Yo no soy Funes, pero siento a veces que batallo por la saturación de mi memoria de procedimiento porque atrofian lo que estoy haciendo, la intrusión de episodios que no vienen al caso. Como he dado testimonio en este texto circular.