Sal Nuñez
Después de muchos años de vida, en nuestra vejez, sobra quien nos diga lo que debemos hacer. Como cuando éramos niños. Nos infantilizan. Eso nos entristece porque sabemos hacerlo todo. Y solos. De jóvenes tuvimos muchos propósitos por otros y no nos dañaba tenerlos porque teníamos contrapeso: trabajo, familia, obligaciones, y responsabilidades. Involucramos ¼ de nuestra vida utilizando nuestro tiempo en educarnos, en cablear nuestro cerebro, en desarrollar habilidades, en aprender y adaptarnos a las innovaciones. Intercambiamos otro ¼ de vida en proyectos ajenos que nos produjeron ingresos. Si le restamos estrés, insomnio, y desvelos al tercio de vida en que nuestro cerebro se reconfigura mientras dormimos. Llegamos a la vejez muchas veces, habiendo empleado 5/6 de vida en proyectos ajenos que dictan el propósito de lo que hacemos. Hasta que en la vejez, aprendemos a ignorar lo que consideramos consejos inadecuados a nuestra condición veterana; y por hacerlo nos etiquetan como tercos, necios, y seniles. A mis 80+, con inmigración, en otro idioma, con un cuerpo más lento, y una mente menos ágil, ese contrapeso que compensaba por décadas actuar de acuerdo con las sugerencias de otros, se reduce; porque ya no genero ingresos y dependo de terceros para mi bienestar. Cuando acepto actuar en un propósito impuesto, internamente lo rechazo por acatar una actividad propuesta fuera de mí. Lo siento como ceder la última zona donde todavía mando: decidir para qué me levanto cada mañana. Por eso mi objetivo en la vejez es originarme proyectos autónomos, no impuestos, que sustenten estas razones para seguirle extrayendo felicidad a la vida.
1. Identidad. Porque necesitamos retener en algo sustancial la que nos forjamos toda una vida en base a la continuidad: la que dejamos de ejercer por estar jubilados. Porque hay periodos de tiempo en que anhelamos seguir siendo quienes fuimos. En mi caso, estuve involucrado (y a veces inmerso) con la química desde 1966. Desde hace 60 años. Si me imponen hacer manualidades indirectamente me están pidiendo olvidar todo de química y convertirme en un abuelo activo. Si yo elijo hacer algo de carácter químico no es terquedad, es coherencia. Sin continuidad, la identidad se rompe.
2. Autonomía. Lo impuesto nos convierte en pacientes. Lo que nos imponen viene anclado con supervisión: luego te busco para ver cómo vas. La estructura es: alguien más joven decide, lo que nos piden ejecutar. Somos receptores pasivos. Un propósito autónomo invierte esta estructura: uno decide, uno ejecuta, uno mide, uno evalúa. Somos operadores. Es la diferencia entre sentirse útil y sentirse gestionado.
3. Sentido. Lo impuesto busca entretener, lo autónomo busca entregar. Los propósitos que nos imponen a los viejos buscan que no nos deprimamos; que estemos ocupados; que no pensemos. Son de pasatiempo. El propósito autónomo busca que algo quede después de nosotros, en nuestros términos. No para pasar el tiempo, para usarlo. Eso es entrega, no ocupación. Y el cerebro viejo distingue perfectamente entre las dos. Por eso cuando un anciano rechaza ir a jugar bingo, hacer yoga, o acompañar a alguien no es un aislamiento patológico. Muchas veces es —como me aconteció el sábado que visitamos a la liberación de las mariposas— una defensa sana de la autonomía: si voy a gastar energía, la gasto en algo que yo elegí y que usa lo que sé. No necesito que me den propósito. Necesito que me dejen decidir y hacer, de buena gana. Esa es la medicina. En gerontología hay una diferencia grande entre:
Propósito impuesto: ve a reunirte con otros viejitos, haz amigos, mantente activo. Estos propósitos originados fuera de nosotros nos infantilizan. Muchos ancianos los rechazamos por voluntad propia, y hacemos bien. No es que nuestro aislamiento sea patológico, es un rechazo a las actividades que carecen del sentido de la vida que tenemos después del septenio 11º. Muchos graduados universitarios que ejercimos nuestra profesión por un puñado de septenios, al jubilarnos, sepultamos todos los temas relacionados con nuestros estudios y a nuestra profesión. Con buenas intenciones, nuestros familiares tratan de animarnos para que descansemos, olvidemos, disfrutemos, “seamos felices.” Cuando tuvimos épocas en que tanto los estudios como el trabajo nos aportaron un nivel de felicidad al par que la familia. Por ello en estos días decidí no sepultar mis conocimientos, y en cambio sembrar desde ahora para un futuro y deseado escenario en que los nietos pequeños dispongan de tiempo para convivir con Geo y conmigo.
Los niños del septenio 1º y el anciano del 12º compartimos algo que la gente de 40 no tiene: No aprendemos para competir o para producir. Aprendemos para existir. Por eso los proyectos impuestos nos caen mal. Ambos necesitamos control sobre el ritmo, no sobre el resultado. Montessori lo vio en niños. Si le impones: hoy nos toca la letra “A" el niño de 5 se bloquea. Si le das un proyecto autónomo: ordena estas conchas por tamaño para tu acuario, aprende y clasifica sin que se lo enseñes. En los ancianos pasa igual. Si en el asilo les imponen: taller de memoria los martes a las 10h, aprenden poco porque están gestionando la humillación de que otro le dice cuándo ejercitar su memoria. Si les dan proyectos autónomos la ejercitan mejor porque ellos controlan el ritmo. No es que aprendan mejor lo autónomo por capricho. Es que lo impuesto les roba las únicas variables que todavía pueden controlar: cuándo, cómo, y para qué.
Niños y ancianos aprendemos al vincularnos con lo concreto, no por un concepto abstracto. No aprendemos con PowerPoint mejor que lo que hacemos con las manos. A Mateo no le diría que el átomo de carbono es tetravalente y el del sodio es monovalente. Le diría que el carbono tiene 4 manos y el sodio solo una. A Luna no le hablaría del calcio en su pecerita, le diría que para su acuario se lleve una concha de vieira y otra de caracol de mi acuario donde ha ido aprendiendo. El cerebro del septenio 1º y el del 12º retenemos lo manual 3 veces mejor que verbal. Ambos necesitamos que el proyecto sirva para algo fuera de nosotros. Lo impuesto busca entretenernos: Para que no nos aburramos, para que no se deprima el abuelo. Lo autónomo busca entregar fuera. Ejemplos: el nieto hace una cadena de carbón para regalársela al abuelo cuando ya entendió que las tres opciones de la gasolina en las bombas corresponden a la cantidad de cadenas de carbón. El abuelo cría peces para regalárselos a la nieta en el verano 2027; el mismo abuelo aprende haciendo este año porque ya tiene una destinataria para el próximo.
Propósito autónomo es aquel en que el anciano elije el qué, el cómo, el cuándo, y el para quién. En el cumpleaños de mi nieto Mateo, le regalé dos cubos distintos de Rubik, cada uno con 54 elementos (9 por cada una de los 5 costados) tal y como lo muestra la versión impresa de la tabla periódica de casi todos los elementos presentes en el planeta que ilustra 54x2=108 elementos de los que en mi memoria conservo las propiedades de más de la mitad. Como acaba de iniciar la primaria en inglés, seguramente es presuntuoso y prematuro pensar que Mateo encuentra la relación entre sus nuevos juguetes con los elementos que respira, bebe, y de lo que está hecho el planeta. Si tenemos la oportunidad de convivir en 2027 inauguraremos un tipo inexistente de relación entre ambos. Separada y adicionalmente, esta semana inicio el proyecto de criar alevines, cuidarlos, vigilar su salud y desarrollo para que —cuando ella y sus padres estén listos— lleve unos peces a su casa y sepa acatar la guía de sus padres y abuelos para disfrutarlos.
Estos dos proyectos me frenan y le dan reversa a la pérdida del sentido de competitividad que se me fuga desde que inmigré a Texas. En este tipo de propósitos autónomos uso lo que ya sé. Sin abrir la boca, le estaré enviando mensajes a mi autoestima para que mi cerebro registre: todavía sé hacer esto. Eso habrá de protegerme la reserva cognitiva mejor que crucigramas genéricos. Existir con un propósito no es vivir para mis nietos es para impedir los recuerdos intrusivos que me remontan al pasado, al ocupar mi mente en algo concreto, inmediato, y actual que la da sentido a levantarme porque tengo que actuar positivamente para transferirles dentro de meses algunos conocimientos. Los propósitos con entrega funcionan porque crean responsabilidad sin culpa. Hay ancianos solos porque nadie los visita. Y habemos ancianos solos porque elegimos con quién gastar energía. Yo soy del 2º grupo. Me beneficio de propósitos solitarios que luego comparto. No necesito socializar todos los días para estar conectado. Me escribo con una docena de personas en sintonías recíprocas.
Sin embargo, tengo muy claro que también los niños se benefician y entusiasman más de los proyectos autónomos que de los impuestos. Mis hijos y nietos que tocan instrumentos son autodidactas y los llena de felicidad producir o reproducir música. Solamente ellos tienen el mérito de lo que hacen. No quisiera que los peques percibieran sus respectivos proyectos como algo para complacer al abuelo o para obedecer a sus padres. Y únicamente voy a hacer alguna actividad con Mateo y con Luna si sus padres están de acuerdo en que ambos niños deben de percibir los proyectos como autónomos. Como ocurrencia propia, por curiosidad o intriga, porque ven en la actividad algo de enigma por resolver, aunque no lo digan con tales palabras, sino que le sea evidente a sus padres por su actitud. En el caso de Mateo, para que vaya descubriendo más del Alfabeto de la Materia = la Tabla Periódica de los Elementos. En el de Luna, por la actividad responsable de los humanos para sustentar la vida de un pequeño grupo de peces; y lidiar con las inevitables contingencias en caso de que algunos mueran o enfermen. Ya Luna se ha interesado por ver con una lupa grillos y mariposas muertas. Si los adultos actuamos coordinadamente, aceptará con naturalidad el fallecimiento de algún pez con la explicación certera y responsable al 100%.
Esta semana quedó completamente estable el acuario con una combinación de machos y hembras guppys y mollys. Al llegar a su vida adulta, las hembras que queden preñadas habrán de parir sus primeros lotes de crías vivas. Nunca todas sobreviven. Menos del 50% de los alevines iniciales sobreviven. Luna no estará aquí ni para ver el alumbramiento, ni el desalojo de los fallecidos. En la víspera, verá una maternidad doble en la que la madre, al expulsarlos se queda en la parte superior porque en el fondo de su ubicación nada más caben los recién nacidos. La alimentación de padres e hijos es distinta y variada. No es conveniente darles siempre lo mismo porque deben comer proteínas (polvo de insectos) y vegetales (hojuelas de colores) adecuados al tamaño de sus gargantas. Sus huesitos necesitan calcio, que lo obtienen de mordisquear conchitas marinas y de escargot. Lo más crítico son 8 condiciones que debe de reunir el agua, cuyos niveles adecuados de las sustancias químicas presentes se miden con unas tiras de 8 colores que al humedecerlas y compararlas con una grafica de referencia indican acidez, dureza, amoniaco (producido por las heces y no absorbido por las plantas), nitritos, nitratos, etc.. Y además hay que medirles la temperatura para que el tanque la tenga en el rango correcto y, caso contrario, encienda el calentador del acuario.
Amarcord (Recuerdo Intrusivo). Conocí al poeta exiliado en México: León Felipe, cuando yo terminaba mi septenio 3º y él iba a la mitad de su 12º. Yo estaba ágil y siempre presto para el desmadre. Él estaba en su silla de ruedas. Con profunda admiración y respeto, me presentó a él la actriz española Ofelia Guilmain. De su libro seminal: Versos y oraciones de caminante, copio el final del poema intruso que me invade al cierre de este texto:
¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria que apenas tiene una capa...
venga forzado a cantar cosas de poca importancia!