Sal Nuñez
La inteligencia y la audición no están vinculados. Su desarrollo hasta su plenitud sigue patrones diferentes. La inteligencia puede conservar su mismo nivel toda la vida. La audición, nunca. A cualquier edad podemos padecer hipoacusia. Todos los viejos tarde o temprano padecemos presbiacusia, siempre. Pero para muchas personas los enfermos avanzados de hipoacusia o de presbiacusia ya nos apendejamos, ya dimos el viejazo, ya no pertenecemos al grupo de conversaciones largas y profundas, mucho menos a la toma de decisiones. Con la intención de contrarrestar esas situaciones que nos ocurren a los veteranos, emito este texto.
La HIPOACUSIA es la incapacidad total o parcial para escuchar sonidos en uno o ambos oídos. Ciertos sonidos que parecen demasiado fuertes. Dificultad para seguir conversaciones cuando dos o más personas están hablando. Dificultad para oír en ambientes ruidosos o para diferenciar sonidos agudos (por ejemplo, "s"). Menos problemas para escuchar las voces de los hombres que las voces de las mujeres. Voces que suenan entre dientes o mal articuladas. Los síntomas asociados pueden incluir: Sensación de estar sin equilibrio o mareado, presión en el oído, ruido o zumbido en los oídos. Todo lo anterior debido a un problema mecánico en el oído externo o el oído medio. Puede darse porque: El sonido no llega al tímpano o éste no está vibrando en respuesta al sonido. Los 3 minúsculos huesos del oído (osículos) no están conduciendo el sonido apropiadamente. Las causas se pueden tratar porque incluyen: Acumulación de cerumen en el conducto auditivo. Daño a los osículos que están justo detrás del tímpano. Líquido que permanece en el oído después de una infección auditiva. Objeto extraño alojado en el conducto auditivo. Ruptura del tímpano. Cicatriz en el tímpano a raíz de infecciones repetitivas… o cuando las diminutas células pilosas (terminales nerviosas) que transmiten el sonido a través del oído interno están lesionadas, enfermas, no trabajan apropiadamente o han muerto. Este último tipo de hipoacusia a menudo no se puede revertir. Las demás comúnmente son causadas por: Infecciones infantiles, como meningitis, paperas, fiebre escarlatina y sarampión. Exposición regular a ruidos de alta intensidad. Uso de ciertos medicamentos. Traumatismos por explosiones, fuegos artificiales, armas de fuego, conciertos de rock y auriculares escuchados a alto volumen. También puede ser un defecto congénito o estar relacionada con la edad. Yo padezco de HIPOACUSIA y utilizo aparatos compensatorios de esta incapacidad física desde hace 25 años.
La PRESBIACUSIA es una disminución auditiva que ocurre gradualmente a medida que envejecemos. En EEUU, una de cada tres personas, padece presbiacusia después del septenio 9º de sus vidas. Y la mitad de los residentes del septenio 12º tenemos alguna pérdida de audición. Digo tenemos porque estoy incluido en estas estadísticas. La pérdida de audición dificulta que disfrutemos las conversaciones con nuestros familiares y amigos, lo que genera sentimientos de aislamiento. Y lo peor: quien no entiende que esto es una cuestión de física elemental: emisores, receptores, frecuencias, decibeles… Muchas veces tiene la impresión de que nuestra sordera es una evidente señal de apendejamiento. Por lo que a menor inteligencia, mayor es la condescendencia que se tiene con nosotros, caracterizada por la infantilización = un concepto que describe cómo los adultos mayores somos tratados como si fuéramos niños en el hogar, en el trabajo o incluso en la sociedad en general donde se replica ostensiblemente esta actitud hacia los adultos mayores. Lo que limita nuestra integración en las comunidades, en las relaciones interpersonales, y en la estructura familiar. A las personas infantilizadas se les impide construir relaciones sanas y tener una vida plena. Por lo que terminan en el aislamiento deliberado o involuntario.
Por lo general, la pérdida de audición ocurre en ambos oídos a medida que envejecemos. Debido a que la pérdida es gradual, es posible que uno no se dé cuenta de que ha perdido parte de su capacidad auditiva. Antes de 1877, todo sonido era vivo y moría. El cerebro humano evolucionó 300,000 años oyendo solo sonidos que ocurrían una vez, en un lugar, con una fuente visible. Si oías una voz, había un cuerpo. Si oías un trueno, había cielo. Sonido y fuente eran inseparables. Pero el cerebro humano se siguió adaptando a filtrar ruidos y sonidos inofensivos o triviales: como platicar a bordo del ruidoso ferrocarril o escuchar música, aunque lloviera muy fuerte. En 1877 Edison pone un cuerno, una aguja y una lámina de estaño y por primera vez el sonido se queda sin fuente detectable. El cerebro decía oigo a una persona y los ojos decían no hay nadie. El cerebro tuvo que aprender a aceptar sonido sin fuente identificable. Lo llamó grabación. Una generación tardó en perder el miedo a la nueva tecnología que sobrecogía a los viejos. A partir de los 1900s, el cerebro empezó a escuchar a través del ruido de los aparatos reproductores: el disco de vinil, la radio AM, la cinta magnetofónica. Todas las fuentes pregrabadas tenían crujidos, siseos, modulaciones. Eran defectos enormes hasta de 20 decibeles de ruido. El cerebro hizo lo que hacemos los viejos. Después de 10 minutos de oír una canción grabada, nuestra corteza auditiva baja el volumen del siseo constante, sube el de la voz variable, y deja de escuchar los ruidos impertinentes; como ignora el ruido del refrigerador, de la regadera, o del aire acondicionado. También aprendió a rellenar.
Una cinta vieja pierde agudos por encima de 8kHz. El cerebro, que conoce cómo suena una "s", la reconstruye, aunque no esté. Oye lo que espera oír, no lo que hay. Con el CD, el cerebro se quedó sin trabajo y protestó. Cuando llegó en 1982, con silencio total entre notas, sin hiss, sin crujido, mucha gente dijo suena frío, suena metálico, no me gusta. No era frío. Era que por primera vez oían el silencio digital absoluto, que no existe en la naturaleza. En la naturaleza nunca hay -96dB de silencio. Siempre hay aire, cuarto, respiración. El cerebro, acostumbrado a trabajar filtrando ruido, de pronto no tenía nada que filtrar y empezó a oír sus propios artefactos: el pre-eco del filtro digital, la cuantización. Le tomó unos 15 años. Para 1995 ya nadie hablaba de frialdad. El cerebro de viejos como yo, que oigo con aparato, está haciendo una adaptación radical distinta. Ahora tenemos que aprender a oír a través del siseo de nuestro aparato de sordera: un minicomputador digital que corta, comprime y añade latencia. Es otra capa de grabación, pero ahora dentro del oído. Y cuando recién empezamos a utilizar estas ayudas digitalizadas, todo suena metálico y falso. A las 3 semanas, si no nos quitamos el aparato, la corteza auditiva lo acepta como normal. No porque suene mejor, sino porque el cerebro deja de pelearse y empieza a rellenar de nuevo. El cerebro no se adaptó a la grabación digital. La grabación se aprovechó de que el cerebro es un adivinador profesional que siempre está rellenando lo que falta.
La audición es un sentido. Empieza a funcionar en el útero, a los cinco meses de gestación, y alcanza su máxima sensibilidad física en la infancia y la juventud. A partir de los 30 años inicia un declive fisiológico lento e inevitable: se pierden células ciliadas en el oído interno, sobre todo las que captan los agudos. Es un desgaste periférico, mecánico. A mi edad, me frustra no poder escuchar bien como para poder disfrutar de una charla con amigos o con la familia. Tengo la mitad de las seis causas de la pérdida de audición: antecedentes familiares, exposición frecuente a ruidos fuertes, y envejecimiento. Existen dos tipos principales de pérdida de audición. Uno ocurre cuando hay una lesión en el oído interno o en el nervio auditivo. Este tipo es usualmente permanente. El otro tipo ocurre cuando las ondas de sonido no pueden llegar al oído interno. Eso puede producirse por acumulación de cera o líquido o por la perforación del tímpano. La próxima semana voy a que me extirpen la cera que me ha taponado los oídos y luego tengo que ir con otro especialista a que me revise los tímpanos. Entre los posibles tratamientos para mejorar mi audición se incluyen el uso de audífonos, implantes cocleares, capacitación especial, algunas medicinas y/o cirugía. Sí estoy sordo; pero no pendejo. Aunque esa sea la impresión que causamos los viejos cuando pedimos que no hablen más fuerte, más despacio, o mirándonos a los ojos.
La inteligencia, no es un sentido sino una función central. No depende de un órgano receptor sino de la red cortical. Su desarrollo es mucho más largo y escalonado. La velocidad para resolver problemas nuevos alcanza su plenitud entre los 20 y los 30 años y luego declina levemente. La inteligencia cristalizada: vocabulario, juicio, experiencia, capacidad de conectar ideas; sigue creciendo hasta los 60, 70 e incluso más allá si se ejercita; como abogo en estos consejos. Se puede oír perfectamente y pensar con poca complejidad, y se puede oír muy mal (mi caso) y mantener intacta una arquitectura intelectual plena. Confundirlas es confundir el micrófono con el procesador. Los viejos lúcidos entendemos que nuestra velocidad de captación auditiva ha disminuido, que ya no pescamos al vuelo la palabra dicha por alguien que está de espaldas, entre el ruido de la cocina o adentro del baño. Sabemos que necesitamos ver la boca, leer el gesto, tener la frase completa para armar el sentido. No es que nuestra inteligencia esté en declive, es que el canal de entrada de la información se ha estrechado. Tal condición, a partir del septenio 10º ya no es reversible: por más que me limpie el cerumen endurecido y me ajuste los aparatos digitales, mis oídos no volverá a ser receptor analógico que tuve en mis septenios 3º y 4º. Lo que sí es reversible, y depende por completo del otro que está presente y se relaciona conmigo, es el modo de entrega. Los viejos no podemos cambiar de oídos, pero los jóvenes interesados en dialogar a profundidad con nosotros sí pueden cambiar su habla. Pueden ponerse de frente, pararse donde veamos sus gesticulaciones, no hablarle al aire o mirando como si divagaran, no gritar (eso distorsiona), sino hablar más despacio, con pausas, con frases cortas, dejando que la consonante clave caiga entera. Es un acto mínimo de cortesía cognitiva: yo no puedo oír más rápido, pero los más jóvenes pueden hablar más claro. Ahí se juega no la audiología, sino el respeto.
Los viejos nos apartamos de las conversaciones de los grupos más jóvenes no por falta de deseo —a veces más vivo que nunca— sino por cálculo. Sabemos, por haberlo experimentado, que no vamos a captar a la velocidad de habla de los jóvenes, esa ametralladora de ideas a medias, de sobreentendidos, de ironías rápidas que exige respuesta inmediata. Y sabemos también que no podremos responder con igual celeridad y ritmo, no porque nos falte qué decir, sino porque nuestras palabras ahora necesitas un segundo más de armado, un respiro para salir afinadas. Entonces nos quedamos al margen, en la orilla, asintiendo, sonriendo, no por desinterés ni por falta de inteligencia, sino por pudor y por economía de energía. Preferimos el silencio digno al malentendido ruidoso. El grupo interpreta nuestro retiro como apatía o lentitud mental, cuando es justo lo contrario: es un acto de inteligencia preservada que mide sus condiciones y decide no exponerse a una carrera que ya no podemos correr, aunque conozcamos perfectamente el camino. Decir que la sordera definitiva implica falta de inteligencia es como decir que una biblioteca es menos sabia porque se le cerró la puerta de entrada, o que un astrónomo ya no sabe de estrellas porque se le empañó el telescopio.
(Continúa).