Sal Nuñez
La historia universal nos ofrece ejemplos elocuentes sobre el mismo tema auditivo. Beethoven compuso la 9ª Sinfonía cuando ya había perdido la audición. No le faltaba música interior; había perdido el canal para oírla externamente. Su inteligencia musical permanecía en plenitud. Goya, sordo desde los 46 años, realizó después algunas de sus obras más lúcidas y críticas. Thomas Edison, con una hipoacusia severa desde la infancia, afirmaba que su sordera le ayudaba a concentrarse. La diferencia puede compararse con la existente entre un pianista y un piano desafinado: que el instrumento esté desafinado o tenga teclas defectuosas no reduce la capacidad del intérprete; solo exige un esfuerzo adicional de la audiencia para que la melodía resulte reconocible. La inteligencia es el compositor. No es culpable de las fallas del micrófono, mientras la partitura continúa siendo interpretada en forma invariable.
Quienes hemos mantenido capacidades intelectuales estables a lo largo de la vida podemos experimentar, con la edad, una pérdida natural de fidelidad auditiva. No buscamos compasión; pedimos condiciones que nos permitan participar en igualdad, aportando experiencia, criterio e inteligencia. Cuando decimos hábleme de frente y más despacio, no pretendemos despertar lástima. Damos una indicación práctica, equivalente a decir acérquese al micrófono. Responder con un tono compasivo o con gestos de conmiseración transmite un mensaje peyorativo: sustituye la conversación por un juicio y nos convierte en objetos de cuidado, en lugar de interlocutores. Esto puede inhibir nuestra participación futura. Por ello, necesitamos una comunicación neutral y eficaz: Míreme, vocalice y haga pausas; no grite ni emplee un tono infantil o condescendiente. Diríjase a mí, de frente.
La explicación de nuestra condición nos corresponde siempre. No la deleguemos. No le corresponde a nadie mas. Nos incomoda que un familiar bien intencionado se adelante y diga: Ya no oye; grítele para que entienda. Aunque pretenda ayudar, esa intervención puede minimizarnos o incluso excluirnos de la conversación. Nos priva de la posibilidad de explicar nuestra propia dificultad. Preferimos una presentación respetuosa: Él sabe cómo necesita que le hablen; pregúntenselo. Conservar la capacidad de decidir cómo queremos ser tratados es una forma esencial de autonomía. Hace poco acudí a un consultorio. Desde el momento en que la técnica dental me indicó cómo sentarme en el sillón, sentí como siente mi nieta cuando la conminan a subirse a su periquera para comer. La señora que iba a atenderme se dirigió a mí en voz alta y con un tono infantilizante: ¡Hola! ¿Cómo ha estado? Me dijeron que le hablara fuerte para que entendiera. Siéntese primero y luego recuéstese sin cruzar las piernas. Relájese; no tendrá dolor. Al finalizar, la odontóloga, que no me conocía, recibió delante de mí la misma indicación que le retransmitió su subalterna: Háblale fuerte y despacio para que entienda y pueda decidir. La intención aparente era que considerara un tratamiento de 2,500 dólares no cubierto por el seguro, además de la limpieza cubierta por el seguro que acababan de hacerme. Si se hubieran dirigido a mí como a un igual, se habría propiciado un diálogo de mutuo razonamiento y consideración. En cambio, respondí de manera tajante: No me realizaré aquí ningún procedimiento que no esté cubierto por mi seguro de gastos médicos.
Quien asocia la dificultad auditiva con una menor capacidad intelectual incurre en una inferencia automática y equivocada: supone que tardar en oír equivale a tardar en pensar, que no responder significa no comprender o que pedir una repetición indica incapacidad. De esta confusión surge la infantilización. Aparecen los diminutivos, el exceso de volumen, la exclusión de decisiones y las referencias en tercera persona, como si no estuviéramos presentes. Ese trato no describe nuestra inteligencia: la menosprecia. Además, puede desalentar la participación social. Por ello, elegimos con mayor cuidado los entornos y las personas con quienes conversamos. Evitamos a quien habla desde lejos, sin mirarnos o mientras consulta el teléfono, porque la señal llega distorsionada. En cambio, valoramos a quien se sienta de frente, mantiene contacto visual y permite observar sus labios. Ese comportamiento crea un verdadero puente de comunicación.
Cuando una persona no mira a su interlocutor al hablar, puede interrumpir sin saberlo ese puente de comunicación. Quizá piense que el adulto mayor no presta atención, cuando en realidad es que la señal sonora no le llega con claridad. Con frecuencia, los ancianos no nos aislamos voluntariamente: las condiciones de comunicación nos excluyen. Ese aislamiento no implica una disminución de la inteligencia. Quien deja de asistir a reuniones ruidosas puede orientar sus capacidades a otros espacios: leer con mayor profundidad, ordenar documentos y recuerdos, escuchar música elegida, escribir, reparar objetos, cuidar un acuario, cocinar o resolver pasatiempos. No se trata necesariamente de retiro, sino de adaptación. La inteligencia no se apaga al cerrarse una puerta social; encuentra otra forma de trabajar. Por ejemplo, la que ha asumido el escribiente.
Mi principal dificultad es que algunas personas interpretan mi pérdida auditiva como si mi coeficiente intelectual se hubiera reducido. Esto puede ser más doloroso que la propia dificultad para oír. La sordera no es visible: los demás observan que no respondo de inmediato, que pido una repetición o que contesto algo diferente, y pueden concluir erróneamente que no comprendo. Ese prejuicio está asociado tanto a la edad como a la pérdida auditiva. En la presbiacusia, cuando falta información sonora, el cerebro necesita unas fracciones de segundo adicionales para reconstruirla mediante el contexto. Desde fuera puede parecer lentitud; desde dentro, es un esfuerzo adicional para completar el mensaje.
Quienes superamos los setenta años tenemos la primera experiencia como humanos en que la población del planeta hizo a un lado lo acústico por lo digitalizado. Durante décadas nuestro oído fue acústico: escuchamos el mundo sin intermediarios, desde la voz de nuestra madre hasta una guitarra o la lluvia sobre una lámina. Nuestro cerebro registró esa realidad de manera continua, con todos sus matices. Hoy, gran parte de lo que escuchamos llega procesado digitalmente: la radio, la televisión, el teléfono, la computadora y, sobre todo, los auxiliares auditivos. El sonido pasa por un procesador que lo analiza, filtra y reconstruye, y puede devolverlo con una cualidad distinta: metálica, aplanada o ligeramente retardada. No solo oímos menos; a veces oímos un mundo traducido. Esta transición también puede generar intolerancia a ciertos sonidos. El choque de cubiertos, un llavero, un timbre, la risa aguda de un niño o las consonantes sibilantes pueden resultar estridentes a través de los dispositivos. Estos amplifican frecuencias agudas que coinciden con la zona de pérdida auditiva y, en ocasiones, también elevan ruidos que un oído joven filtra automáticamente: un acuario, el viento, una televisión distante o el roce de la ropa con el micrófono. Todo puede llegar simultáneamente y competir con la voz de la persona que habla.
No podemos controlar lo que otros piensan, pero sí podemos corregir el prejuicio con rapidez. Algunas estrategias útiles son:
1. Hacer visible lo invisible antes de que surja una interpretación equivocada. Una frase breve, firme y sin tono de disculpa puede cambiar la interacción: Tengo una pérdida auditiva importante; oigo aproximadamente el 40% de lo que escuchaba hace 20 años. Si me habla de frente y despacio, le entenderé bien. Conviene describir la necesidad concreta, en lugar de limitarse a decir estoy sordo o ya no oigo, porque esas expresiones suelen llevar a que la otra persona simplemente eleve la voz.
2. Restablecer un diálogo entre adultos, sin confrontación. Si alguien eleva demasiado la voz o simplifica el lenguaje, podemos responderle: No necesito que me grite; necesito que me mire cuando habla. Otra opción es: Comprendo la idea, pero no capté esa palabra. ¿Podría repetirla? Mi oído falla; mi capacidad de comprensión no. Hábleme con normalidad.
3. Controlar el entorno. Podemos procurar ver el rostro de quien habla, bien iluminado para complementar lo que dice con sus gesticulaciones. En grupos, solicitar un lugar desde el que pueda ver a todos, preferentemente en un extremo de la mesa. En reuniones familiares, proponer que hable una persona a la vez. Si hay demasiado ruido, podemos decir: Aquí no podré entender bien; ¿podemos movernos a un lugar más tranquilo? No es un capricho, sino una condición para que nuestro auxiliar auditivo separe mejor las voces.
4. Buscar aliados, no intérpretes. Podemos pedirla a una persona de confianza: Cuando no entienda, no respondas por mí; repíteme únicamente la última palabra que creas que no escuché. Cuando otros contestan en nuestro lugar, refuerzan la impresión de que no podemos hacerlo. Si esta situación favorece el aislamiento, reduce el deseo de salir o genera frustración constante. Como sucede con drogadictos y alcohólicos, existen grupos de apoyo para adultos mayores con hipoacusia en los que se comparten experiencias y estrategias frente al trato condescendiente. Décadas de vocabulario, memoria y criterio no desaparecen por una pérdida auditiva. La distinción esencial permanece: puede fallar el micrófono sin que falle el procesador. Recordarlo y comunicarlo con claridad es legítimo y necesario.
(Continúa…)