376 — Audición E Inteligencia – Última Parte

Sal Nuñez

La música ha sido alterada sustancialmente por el procesamiento digital. Tanto para interpretarla como pata grabarla. Los auxiliares optimizados para el habla no siempre reproducen adecuadamente su rango dinámico y tímbrico. Los programas de voz tienden a comprimir el sonido, reducir ciertas frecuencias graves y realzar las frecuencias asociadas con la comprensión verbal. La música requiere un rango más amplio y un procesamiento diferente. Por ello puede percibirse metálica, con pocos graves, o fatigante. La música que sintonizo en mi computadora pasa por unas limitadas bocinas y el sonido que resurge tiene que pasar por mis aparatos de sordera. El resultado y huácala son lo mismo. Para mitigar tan descarada infidelidad, instalé a la altura de la pantalla una bocina externa que por Bluetooth me reproduce —con calidad de audio aceptable para mí y que no requiere transitar a mi cerebro a través de las bocinitas de mi laptop + mis aparatos de sordera. Mi finalidad no es aumentar el volumen de lo que escucho, sino lograr una menor cercanía con mi pasado. Mi deseo es aminorar la fatiga actual de mis oídos causada por compresiones con pérdida de la abundante colección de música acústica de mi juventud, transferida a MP3, clasificada por país, y guardada en memorias USB. En estas fichitas almacené la música internacional, que nos entretenía a mis clientes y a mí cuando recorríamos las carreteras mexicanas. El archivo maestro lo tenía en el disco duro de mi laptop. Para escuchar estas grabaciones comprimidas y filtradas en esta ruta de compresión-> almacenaje-> reproducción escuchada en las bocinitas integradas de mi laptop-> dispositivos de sordera-> mi cerebro; recurrí a Bluetooth. Antes de ello, mi cerebro me decía al comparar las canciones memorizadas por repetirlas en la radio FM, que las versiones a través de tanto aparato le sonaban como los mensajes robotizados que se escuchan en los vagones sin operador de los aeropuertos de Atlanta o Houston. Los sonidos que escucho ahora le complacen. Un triunfo más de la inteligencia sobre la audición.

Oír nos cuesta mucha más energía a los ½sordos. La corteza auditiva está todo el día interpretando lo que recibo o prediciendo lo que sigue. Cuando hay ruido constante, eso nunca termina. Pero como la burbuja de mi estilo de vida está a la mitad entre el estilo de todos mis hijos y el de un monje cartujo; me percaté de lo estéril que es a mi edad, anhelar mejorar lo que no tengo, en vez de disfrutar de la enormidad de lo que sí tengo. Por lo que para concluir tan extenso texto revaloro los méritos y beneficios de lo que me sobra: el silencio. La ausencia de sonido no es el vacío. Es trabajo activo incomprendido. En el silencio es donde pasan las cosas que el sonido no deja. Cuando hay silencio de verdad, sin Geo presente, apartado de aparatos domésticos, y sin dispositivos insertos en mis oídos, escucho mi interior sin competencia: mi respiración, mis latidos, mis pasos, mis articulaciones. Se va Geo a disfrutar de la vida con nuestra nieta. Yo me quedo conmigo. Con quien no soy frente a nadie. En esos lapsos de tiempo, como eneatipo 5, me traduzco al mundo como es. Dejo de ser receptor o emisor. Habito. Existo. Vivo. Mi cerebro deja de adivinar y empieza a ordenar o a evocar los segmentos de nostalgia que le autorizo. En ausencia de sonido, mi procesador de inteligencia queda libre. Por eso le tolero que se acuerde de cosas que almacena comprimidas sin pérdida. Por eso resuelvo problemas bajo la regadera o antes de dormir. No es magia, es que libero la RAM congestionada en mi mente.

El silencio causa la desfragmentación de la memoria. Y me dota de absoluta autoridad sobre el tiempo. No es como cuando tengo compañía y mi atención debe seguir el ritmo de quien habla. El silencio es el único estado donde yo dispongo completamente del tiempo. Puedo quedarme horas en el desarrollo de una cuando Geo duerme o está ausente. A los 45-60 minutos de silencio continuo, la red por defecto del cerebro —la que se activa cuando no hacemos nada—, empieza a hablar. No son voces. Son frases que tenías a medio terminar desde hace 20 años. Tengo que decirle a... Nunca le dije que... Es el cerebro aprovechando que por fin no le estás pidiendo que decodifique el mundo externo y se pone a archivar el interno. En silencio corto descansamos el oído. En silencio prolongado, descubrimos que el que necesitaba descansar no era el oído. Éramos nosotros tratando de entenderlo todo al mismo tiempo.

Uno prolongado, de más de 40 minutos sin aparatos, sin música, sin radio ni rumores de fondo, nos revela que el mundo sigue sin nuestra intervención. Y eso alivia. Por eso muchos viejos, después de un día de forzar el oído, nos quitamos los aparatos, y pretendemos reposar. No estamos aislados. Estamos descansando de la fatiga de tener que entender nuestra circunstancia. La ausencia de sonido no es pérdida. Es el único lugar donde oír deja de ser trabajo y volver a ser elección. Se descubren cosas que no existen en otro estado, por ejemplo: Nuestra memoria auditiva está dañada en parches, no por completo. En silencio, el cerebro repite solo, como un tocadiscos rayado, canciones viejas. Y recordamos perfecto el poema o la letra de una canción favorita que reprodujimos acústicamente hasta el hartazgo de los demás. Nadie lo detecta con audiometría. Solo nuestra propia repetición involuntaria nos rescata el mapa de lo perdido. Descubrimos que también oímos con la vista y con la piel; incluso cuando no miramos. A los 30 minutos sin sonido, si alguien entra al cuarto, lo sentimos antes de verlo por cambio de presión de aire, por su sombra periférica. Nuestro, liberado del trabajo auditivo, sube el umbral de todo lo demás. Advertimos tener un sistema de alerta para no sentirnos indefensos sin aparatos. Eso quita un cierto tipo de vulnerabilidad, de miedo. Con ruido, el aislamiento duele porque no entendemos: estamos rodeados de gente hablando y nos sentimos fuera. Pero el silencio prolongado, no nos exige entender, descubrimos que podemos estar solos sin estar aislados. Que estar con uno mismo durante horas no es ni una tribulación ni un castigo. Que el aislamiento en compañía nos fatigó no por falta de audición, sino por el esfuerzo continuo de fingir que oíamos.

0 a 8 horas sin lenguaje externo: el cerebro protesta. Te quitan el celular, te quitan conversación, te dejan en celda. La corteza auditiva y el área de Wernicke —la que entiende palabras— siguen encendidas esperando entrada, como una radio buscando emisora. ¿Qué sientes? Ansiedad, ganas de tararear, de hablar solo, de leer labios de otros. El tinnitus sube porque el cerebro sube el gain: no oigo nada, subo volumen. Es la misma sensación del viejo que se quita los aparatos y siente que el silencio le zumba.

8 a 24 horas: el cerebro se rinde y cambia de red. Como no entra lenguaje, el cerebro apaga un poco el modo escuchar afuera y enciende a tope la Red por Defecto (Default Mode Network) que es la que trabaja cuando no haces nada y realiza dos cosas que no hace nunca con ruido:

1. Repasa memoria autobiográfica no resuelta. Te vienen recuerdos de 30 años atrás con detalle de sonido y olor que creías perdidos. No es nostalgia, es archivo.

2. Deja de narrar en primera persona. Normalmente tu voz interior dice "yo debería, yo tengo que". En esta fase, la voz se hace en tercera persona o sin persona: imágenes, no frases. Descansas del "yo". Aquí es donde mucha gente abandona el retiro espiritual que exige votos de silencio porque cree que se está volviendo loca. No. Está por fin oyendo lo que tenía guardado.

24 a 48 horas: el reset auditivo. Pasadas 24 horas sin tener que decodificar lenguaje, suceden 3 cambios medibles:

a) Baja el umbral de discriminación de tono. Tu oído interno, que estaba fatigado de comprimir habla rápida, recupera algo de sensibilidad en agudos. No es que oigas más fuerte, es que distingues mejor. Como cuando apagas la soundbar un rato y al volverla a prender suena más clara.

b) Se resetea la ganancia del tronco cerebral. El tronco había aprendido a amplificar todo porque vivía en ruido. En silencio prolongado, entiende que no necesita amplificar tanto y baja el ruido de fondo interno. Por eso el tinnitus baja de volumen real alrededor de la hora 36, no por habituación psicológica, por ajuste fisiológico.

c) Se apaga el compulsivo "predictive coding". Normalmente tu cerebro está prediciendo la siguiente palabra antes de que la digan. En silencio de 48h, deja de predecir. Cuando vuelves a oír a alguien después, lo oyes tal cual es, no lo que esperabas que dijera. Por eso al salir de un retiro de silencio, la gente dice "te oigo distinto". El ciclo completo de limpieza glinfática del cerebro —el sistema que saca desechos metabólicos del oído interno y de la corteza— tarda de 36 a 48 horas: Dos sueños profundos sin interrupción de lenguaje. Si duermes una sola noche en silencio, limpias la mitad. Los monjes trapenses lo hacen de domingo a martes, o de jueves a sábado. Dos noches seguidas porque se necesitan 48 horas sin lenguaje para que un cerebro vuelva a querer oír. Ya me ha pasado. Y no me ha ido mal.

1. El silencio hace crecer neuronas en el hipocampo – memoria. 2 horas diarias de silencio producen neurogénesis significativa en el hipocampo de ratones, más que música, ruido blanco o ruido ambiente.

2. El cerebro tiene un canal separado para detectar cuándo se acaba el sonido —no es lo mismo oír que oír el silencio. Hay sinapsis específicas que solo responden al offset del sonido. El silencio se procesa activamente.

3. El silencio activa la Default Mode Network (DMN) la red que repasa tu vida Cuando no hay tarea externa, la DMN se enciende para introspección, consolidación de memoria y ensoñaciones. 120 personas con audición normal, metidas 20 min en cabina insonorizada, la mayoría empieza a percibir sonidos fantasma. El silencio sostenido cambia la percepción.

4. El silencio baja cortisol y presión arterial en 2 minutos. 2 minutos de silencio después de música producen mayor relajación que la misma música relajante.

Mejorar la audición es fisiológico: audífono bien adaptado, hablarte de frente, más lento, bajar ruido de fondo. Es sumar información. Loa beneficios del silencio es lo contrario: es dejar de sumar. Es darle al cerebro permiso para no decodificar durante un rato, para que se limpie y baje su propio ruido interno. Uno te hace entender al otro. El otro te hace aguantar estar sin entender. Son dos herramientas para dos momentos distintos.

Amarcord.

Cuando no hay sonido, el cerebro cambia de canal. Sube la visión. En este instante en que pienso en Geo —cuidando a la nieta en su papel de abuela profesional— el silencio actual me rescata una estrofa del inicio del poema XV que Neruda escribió en su septenio 3º: Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Mismo que mi cerebro eslabona con el recuerdo de una frase de la letra de una canción compuesta por Paul Simon en su septenio 3º: Los Sonidos del Silencio: Gente hablando sin decir. Gente oyendo sin escuchar. Y también me lleva al 6º septenio del poeta gallego José Angel Valente, titulado El Silencio: El que no tiene voz, habla con su silencio. Si no creas un silencio, no dices nada. El silencio es lo que queda… de todo. Terminan estos pensamientos dócilmente intrusivos con este poeta escrito por Octavio Paz en su septenio 7º: Así como del fondo de la música brota una nota, que mientras vibra crece y se adelgaza, hasta que en otra música enmudece; brota del fondo del silencio, otro silencio —aguda torre, espada— que sube y crece y nos suspende. Y mientras sube caen recuerdos, esperanzas, las pequeñas mentiras y las grandes. Y queremos gritar. Y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.


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