382 — La Víspera De La Felicidad Familiar

Sal Nuñez

Durante casi una semana, dejaré de fastidiar con estos intrusivos textos que nadie me ha solicitado, porque los cinco que vivimos en San Antonio abordamos hoy un avión para viajar a California. Vamos a disfrutar del presente y a utilizar el pasado para reírnos a carcajadas que convulsen barrigas y abdominales. Geo no ha dejado de bromearme porque voy a ver a mis cinco gavilanes de 56, 54, 48, 41, y 38 años de edad. Los seis somos muy distintos uno del otro. Ninguno de ellos se parece a mí física ni psicológicamente. Cada uno tenemos un eneatipo distinto de los 9 del eneagrama. Tampoco se parecen entre sí: como los lados de un dado. A todos los he disfrutado enormemente en su infancia y cada uno me ha pulido para ser mejor de lo que era antes de traerlo al mundo. Ser padre necesariamente es biológico y jurídico. Lo seré hasta que me muera, y aún después, habré de serlo en la memoria de mis hijos. Soy feliz como padre porque he renunciado a ser necesario para atreverme a ser querido. Los padres necesarios le dicen a sus hijos: Sin mí no puedes. Eso no aplica en nuestro caso. Dejé de ser padre imprescindible cuando todos ellos aprendieron a vivir y a ser felices, por cuenta propia, sin mí. Eso es mi mayor éxito: haberlos criado para que no me necesitaran. Para que supieran ganar dinero sin mi dinero, consolarse sin mi consuelo, decidir sin mi permiso, emprender el rumbo con su propia brújula, y encontrar la pareja con la que conviven. El día que sentí que definitivamente ya eran independientes, derramé lágrimas ocultas, me dolió, pero nunca lo he lamentado: es la graduación de la vida autónoma. Dejé de ser el juez al que le deben obediencia, para empezar a recibir las manifestaciones de amor que a cada uno le surgen. Según su estilo y las circunstancias. De niños, les daba órdenes; ahora les ofrezco sugerencias y comentarios sobre lo que me consultan. Tengo claro que, si sigo dándoles órdenes, dejan de contarme cosas que les importan. Espero que identifiquen a esta otra persona vieja en la que me he convertido gustosamente. Pues ya no corrijo, acompaño si me lo permiten, cada vez que me lo solicitan y estoy en condiciones de aceptarlo. Porque tengo que seguir siendo yo. Como lo harán ellos cuando lleguen a los 80+.

Entendamos que ya no soy parte integral de su familia primaria. Hubo épocas en su tierna infancia en las que me vieron como si yo abarcara todo: la fuerza, el poder, el conocimiento, el dinero, las habilidades. Eso quedo atrás. Ahora su todo es su pareja, sus hijos, su trabajo, sus planes a corto plazo. Yo, entonces, me ubico sin resabios a su alrededor: zona muy amorosa y al alcance, pero periferia. Me hace feliz y celebro mudarme del centro a la orilla sin hacer drama. No dejo de ser padre cuando los suelto, así los enseñé a volar papalotes, a nadar, a bucear, a andar en bicicleta. Me hace feliz pensar que sin mí pueden, pero conmigo quieren. Y de alguna forma me siento necesario cuando mi presencia contribuye a que se reúnan. Esa ya no es paternidad de sostén. Es paternidad de faro. No los alumbro el camino cargándolos. Los alumbro desde lejos. Me hace muy feliz que hayan dejado de pedirme objetos o tiempo, porque carezco de recursos y energía para apoyarlos. Estoy justamente en ese tránsito. Y lo disfruto en paz.

Hoy acudo a su encuentro. Viajo ligero. En la maleta llevo muchos años de no verlos juntos bajo un mismo cielo, respirando el mismo aire. No nos convoca una obligación. Nos convoca el amor. El motivo visible, la estrella que nos alinea a todos como navegantes, es la primera parte de la boda de mi nieta mayor. La que vi dar sus primeros pasos, la que me ha prestado sus ojos para ver países y ciudades, personas y museos. Ahora dará un paso vital y mucho más grande: unir su vida a la de un joven musulmán de Pakistán. Hay quienes verían en esto un distanciamiento en nuestra familia. Yo lo veo como una ampliación. Su amor nos enseña. Nos dice que el mundo no se acaba en nuestra frontera, que nuestra estirpe no termina donde termina nuestro apellido o nuestras costumbres. Que el amor, cuando es verdadero, aprende otro idioma, aprende otra oración, aprende a descalzarse antes de entrar a otro templo. Y nosotros vamos a ese templo no como visitantes curiosos, sino como devotos de mi nieta, a orar por su felicidad. Porque si ella ama a su cónyuge, nosotros ya lo amamos. Si su familia lo crió con honor, somos espejo de esa familia. El sábado 17 será nuestra reunión aparte; nuestra convocatoria de almas. Lo haremos en la casa inconclusa de mi hijo el Creativo. El fuego de principios del 2025 dejó su fastidiosa y cruel marca y destruyó el estudio donde componía sus melodías. Pero los de fuera les llevaremos alegría y esperanza para enmascarar el humo pertinaz que les dejó la conflagración. No hay casa más hermosa para reunirnos porque los humanos estaremos a cargo de la temperatura, de la luz, y del festejo. Porque esa casa de ellos es como todos: golpeada por la vida, sí, pero de pie. Sin terminar de quedar como era, sí, pero llena. El fuego no se la llevó, como no se ha llevado a ninguno de nosotros. Y ahí, entre andamios y pintura fresca, entre recuerdos que se salvaron y otros que se hicieron ceniza, volveremos a ser.

Nos acompañarán otros familiares de California, ramas del mismo árbol que se extienden y nos dan sombra. Será un convivio informal, es decir, será el más formal de todos, porque no habrá protocolo, solo abrazos. Solo risas. Solo el milagro de volver a reconocernos en la cara del otro, de buscar al niño que fuimos en el rostro del hermano que o perdió cabello o lo convirtió en canas. Y el domingo, la ceremonia. Entraremos a la mezquita a la que está afiliada la sultana del evento. Nos quitaremos los zapatos y, con ellos, los prejuicios. Entraremos con respeto, con silencio, con el corazón abierto. Escucharemos palabras en una lengua que quizá no entendamos por completo, pero cuyo significado conoceremos de sobra: compromiso, fidelidad, Dios como testigo del amor humano. Allí estarán los familiares del novio que volaron desde la costa este para convivir con nosotros. Gente que como nosotros trabaja lejos de su lugar de origen. Ese día no habrá dos o tres familias. Habrá una sola, más grande, más sabia, más universal. El evento principal no es la boda. Somos nosotros. La boda es la excusa perfecta que nos dio la vida para reunir a los hermanos que hace una década que no se reunían los cinco. Para juntar a mis nietas y nietos en la misma fotografía, no en la misma pantalla de celular. Para que los primos que solo se conocen por historias se den la mano y se prometan no volver a soltarse. Vamos a reencontrarnos. Esa es la palabra. Re-encontrarnos. Volver a encontrar lo que creíamos perdido: el tiempo compartido, la sobremesa que no termina, la broma del hermano 2º al 4º, la carrilla al menor, solo por serlo. La seriedad madura del hermano mayor, la risa de todos. Voy cargado de añoranza. Como dicen en Brasil: de saudade.

Voy a llegar a abrazar como si no hubiera mañana, porque el futuro no está garantizado. El incendio de Altadena nos lo recordó. Una casa que era refugio puede arder en una noche. Una familia que es refugio necesita ser cuidada todos los días. Los que esto lean y acudan, lleguen llenos de historias. Cuéntenlo todo. Lo bueno y lo no tan bueno. Pongámonos al día como solo nosotros sabemos hacerlo. Lleguemos dispuestos a asombrarnos con gusto de lo que ignorábamos del otro. A maravillarnos del crecimiento y de la inteligencia de los nietos, de cuánto hemos cambiado los viejos como el escribiente, de qué hermosa es la novia, de qué noble se ve el novio, de qué bonito suena el llamado a la oración cuando se escucha con amor. Y, sobre todo, lleguemos dispuestos a ser felices. La felicidad familiar no es un accidente, es una decisión. Es decir: hoy decido amar a los míos por encima de mis prisas. Hoy decido estar presente. Hoy decido que esta reunión vale más que cualquier pendiente pecuniario. Hace siglos que no convivimos. Que ya no nos suceda más. Que este reencuentro sea la víspera de muchos más encuentros. La víspera de la felicidad familiar que aún nos debe la vida y que, por fin, hemos venido a cobrar juntos. Geo y yo los esperamos con el alma lista. Los abrazo en esta despedida textual, antes de abrazarlos en vivo, apretándoles el vientre para que expulsen los gases nocivos a todo fragor. Como hacían de bebés.

A guisa de exhorto espero que la decena de lectores que asistirán a ese tsunami de emociones ininterrumpidas durante 72 horas, se nutran de memoria gráfica y auditiva durante este reencuentro. Por lo que me corresponde, ayer fui con la audióloga para que me extirpara medio gramo de cerumen endurecido y ennegrecido dentro del canal en cada oído. Porque no quiero traducciones ni interpretaciones de las palabras y exclamaciones de alegría que me propongo empacar de regreso. Las oportunidades de esto son tan escasas como la honestidad en los políticos.


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