384 — Crónica De Una Boda Anunciada – 2ª Perla

Sal Nuñez

El protocolo de la boda, que nadie criticó y todos aceptamos, fue deliberadamente segregado. ~ 40 musulmanes invitados por el novio sentados a la derecha viendo hacia la pareja. ~40 acompañantes de la novia a la izquierda. La proximidad con ellos era en función de la cercanía del parentesco. Dos mundos que por primera vez se reunían a la intemperie de un lindo dia soleado de California. Los novios vestidos de blanco frente a la audiencia en un sofá blanco. No era un altar. Era un cómodo asiento para dos, colocado a la sombra de un frondoso árbol. Nada de arrodillarse. Sentados juntos, al mismo nivel, tomados de la mano. Supuse, que lo blanco de sus trajes no simbolizaba pureza como me dijeron de niño; sino empezar de cero. Lila y Danyel no estaban uno frente al otro como si uno entregara y el otro recibiera. Estaban lado a lado, mirando hacia el mismo futuro y hacia el pasado representado por todos los asistentes. El idioma ceremonial partido en dos. 1º árabe, para los invitados de la derecha. No entendí nada, algo que no me pasaba desde que dejé China. Pero no me sentí incómodo, y muy agradecido de estar sentado en primera fila con mi esposa actual (Geo) a la izquierda y mi 1ª esposa (Nancy, la abuela de la novia) a la derecha. En varias ocasiones, el oficiante habló 1º en árabe y 2º en inglés; sin micrófono. Mis defectuosos oídos no captaron las frases completas, pero creo que entendí lo esencial. El tono no era admonitorio ni condescendiente. Tuve la impresión de que el religioso musulmán hacía más de puente entre los novios, que de juez. No percibí un ápice de proselitismo. Solo tradujo reiteradamente el amor de la pareja. Sin música de fondo. Por supuesto que irrigué mis mejillas por goteo al ver a mi nieta tan feliz.

Media hora antes del oficio, su marido me agradeció haber escrito los textos sobre Pakistán que le compartió mi nieta. Cálidamente nos invitaron a Geo y a mí, a visitarlos en Boston. Reconocí el barrio donde me informaron que vivirán, porque queda cerca del estadio de los Medias Rojas y del Museo de Arte cuyo atrio fue diseñado por el mismo arquitecto chino que concibió la pirámide de cristal para expandir el Louvre. La mención de esto a Danyel nos aproximó físicamente 30 centímetros. Es el reflejo automático que produce la cita de lugares comunes donde uno ha estado. Para revestir de certeza mi familiaridad con el barrio de su próximo domicilio, le dije que durante nuestra visita Geo y yo los invitaríamos a cenar en Legal Sea Foods porque ella es fan del clam chowder y de la langosta a la termidor. Danyel sonrió ampliamente. Su dentadura es del color del vestido de la novia. Tuvo la certeza de que habríamos de estrechar relaciones más allá del evento. Ya se lo había dicho a su primo que radica en Houston; cuando le conté que por un fortuito accidente, vomité de risa un sorbo reciente de café en la camisa del primer pakistaní que conocí en mi vida: Naseem Mohammed. Eso fue porque después de alabarle la blancura y pulcritud de sus dientes, antes de beber café le pregunté por los productos y técnica de limpieza que usaba, y al yo beber mi latte, me dijo con adusta seriedad: En Pakistán masticamos ramitas de un árbol nativo, cuya savia y textura nos limpia los dientes. Se me atragantó la sorpresa mezclada con risa porque nunca había yo escuchado tal cosa y le rocié con café ensalivado su bata de laboratorio. Es cierto, me dijo mi Lila: Esas ramitas se llaman Miswak Sticks. Los pakistanís las usan en vez de pasta y cepillo dental. Y funcionan mejor.

Yo fui el 3er más viejo de los presentes. El mayor fue mi consuegro JFLM que tiene 88, seguido por Nancy, de 84: 3 de los 4 abuelos de la novia, porque Diane, su abuela materna falleció hace meses. Éramos un trío de octogenarios sin señales ni de demencia, ni de decrepitud, ni de memoria en fuga, ni carentes de movilidad autónoma. No nos sentamos juntos, porque los organizadores de bodas disponen los lugares al entender de quien paga quien busca el predominio de la armonía y el enfoque en los novios. Los veteranos con tener cerca el baño y lejos el volumen del DJ estamos agradecidos; ya que somos satelitales y el centro de gravedad son los novios. Pero durante el evento me complugo constatar que los octalescentes éramos más articulados al hablar que los adolescentes. Quizá porque nuestros temas están lejos de ser actuales. Tal vez porque pertenecemos a la primera generación longeva letrada, que ha tomado a muchos por sorpresa porque el anciano del siglo pasado era típicamente un analfabeta funcional; callado, obediente, carente de opiniones dignas de ser consideradas. Y nosotros hoy esgrimimos con eficiencia una forma de expresión que sin dificultades convierte nuestras emociones en palabras; a veces certeras como dardos, otras contundentes como mazos, o extrañas a sus oídos porque los jóvenes no las habían escuchado coloquialmente. Para los del 12º y 13º septenio es cosa fácil porque nos hemos liberado de la tiranía de la productividad. Ya no tenemos que convertir emoción en palabra útil para convencer, persuadir, vender, liderar, ligar, educar. Si no nos embriagamos seguido, podemos convertir nuestras emociones en palabras con soltura, lo que en los jóvenes causa la impresión de una elocuencia que les ralentiza lo que desean explicarnos de sus propias emociones.

En el siglo pasado, ser viejo era a menudo sinónimo de ser pendejo, además de torpe, necio, obstinado, obsoleto, candidato al asilo. Estamos rompiendo el estereotipo. Complacido por mis propias respuestas a un par de preguntas espontáneas que me habían formulado un día antes, decidí formularle las mismas al mayor del trío ochentero. Ya que en cada encuentro me imparte lecciones gratuitas para ayudarme a ser un viejo de la nueva generación de ancianos: la lúcida, la elocuente, la que cuestiona, y responde sin vergüenza ni pudor. Así que le pregunte en corto: ¿Te arrepientes de algo? ¿Tienes remordimientos por algo? Su 3ª hija alcanzó a escuchar las preguntas y presurosa se acercó para escuchar las respuestas contundentes de su padre que ostensiblemente le irritaron y ahora reproduzco: No tengo remordimiento alguno. No me arrepiento de nada. Su hija respondió tensa como un resorte estirado. ¿Cómo es eso posible, papá? ¡No te creo! Supongo que acostumbrado a sus diatribas, sin mirarla a ella, procedió a darme a mí, ignorándola a ella, esta explicación.

Mis hijas siguen todavía en la etapa de la vida en que las emociones están en un expediente que constantemente abren y cierran. Lo cargan en la mente a todas partes y lo consultan frecuentemente. Mi hijo hace un inventario cada año sobre lo bueno y lo malo que le ha ido en los meses previos. Y se dice con firmeza lo que debe hacer para enderezar o evitar lo malo y aumentar lo bueno. Tú y yo tenemos expedientes similares en un baúl empolvado que jamás abrimos. Hace años realizamos un balance, aceptamos los resultados, y nos apartamos para siempre de ese tipo de folder mental que ellos llevan de sus errores y de sus aciertos. Y sobre esa base creen legítima su afirmación de que Es imposible no arrepentirse. Tal vez tú ignoras eso porque no tuviste hijas y posiblemente tus hijos no verbalizan sus emociones como lo han hecho siempre mis hijas conmigo y ahora lo hacen con sus maridos e hijos. Son tajantes disfrazadas. Sobre cualquier asunto emiten un juicio contundente. Cada decisión que nosotros, padres o esposos, tomamos; para ellas merece un juicio sobre la bondad o perjuicio que involucra. Si decimos “no me arrepiento de nada, tampoco tengo remordimientos,” les suena a negación, a soberbia, a falta de autocrítica, tal vez a cinismo. Piensan que decir “me arrepiento de esto” es una señal de madurez, de honestidad, o que si no lo exclamamos es porque reprimimos lo que nos lastima como un mecanismo de defensa.

No entienden que decir no me arrepiento de nada nunca quiere decir que todo lo hicimos perfecto. Cuando en realidad lo que decimos es: todo lo que hice, incluyendo lo que salió mal, me trajo hasta aquí, hasta esta silla donde celebramos la boda de nuestra nieta común, y aquí estamos bien, optimistas, emocionados. Hay una diferencia enorme entre: “Ojalá hubiera hecho otra cosa, me castigo por no haberla hecho, me arrepiento.” Y: “Me duele lo que pasó, me equivoqué, perdí, pero si lo quito, me quito a mí. Dejo de ser quien soy. El que ya hizo las paces con el precio de sus errores.” Quien ya lloró el lamento, ya pagó el arrepentimiento, y lo que quedó es el destilado de: no cambiaría nada porque cambiar algo sería dejar de ser quien soy hoy. Y así me acepto y espero vivir muchos años más. Es la misma operación que un contador hace al cerrar el año. No es que no hubo pérdidas. Es que el balance cerró. Y a mis 88, arrepentirse es un lujo caro. El arrepentimiento me pide energía y me consume un tiempo estresante para reescribir el pasado. Y necesitamos mucho de la energía para seguir viviendo. Decir “me arrepiento” nos saca del presente y nos regresa a unos 1970s que imposibles de arreglar. Pero no nos creen porque ellos aún necesitan arrepentirse para crecer. Nosotros, no. Necesitamos permanecer. Son tareas evolutivas distintas. Ellos no han aprendido a perdonarse, pero al acercarse a nuestra edad lo harán. De nada sirve andar cargando culpabilidad.

Mientras buscaba algo de comer, noté que Cathy, la 2ª hija de Nancy me hacía señas de querer conversar conmigo. Vino desde Francia con su hija que recién regresaba de China. Cuando dejó de ver a Nancy tenía la edad de mi nieta Luna. Me dijo que durante 60 años vivió con la curiosidad de conocer al 2º esposo de su madre; mientras crecía muy encariñada con su madre putativa, Yolanda, la mexicana con quien se había casado su padre años después que Nancy se fue. No fue parte de nuestro diálogo, pero si de lo que reflexiono ahora. La vida requiere un esfuerzo libre de prejuicios para entender cómo una madre deja hogar e hijos al cuidado del padre y se marcha en búsqueda de sí misma. La sociedad lo condena en forma apabullante. Lo hizo toda Europa cuando la emperatriz Sissi abandonó esposo, hijo, hijas, palacio, lujos, y protocolo impuesto por la investidura importante que había aceptado al casarse con el emperador de Austria. Mismo tema de la película Kramer vs Kramer. Y sobre todo de la famosa obra teatral del autor noruego Henrik Ibsen: Casa de Muñecas.

Cathy, en muchos sentidos y con sus propias palabras me dijo que hacía años había exculpado a Nancy y a convivir con ella. En un evento de estos todo es entrecortado. Comio el tema es sensible, pero similar, parafraseo a Gisela, la hija de Sissi, quien declaró a la prensa: Mi madre era un fantasma hermoso en palacio. Todos la adoraban, nadie la escuchaba. Mi abuela nos crió. Nos decían que mamá estaba enferma, viajando. Yo la juzgué mucho. ¿Qué madre deja a sus hijos por irse a educarse en lo que a ella le interesa y ser ella misma? Ahora que soy madre, sé lo que es que te quiten a tu hijo de los brazos porque “tu no sabes criar hijos.” A mí también me dijeron cómo amamantar, cómo vestirlos, cómo no llorar, y cómo proyectar una imagen de felicidad inexistente. A ella le quitaron todo. Las opciones de mamá eran enloquecer o ser una mala madre. Ella eligió irse para no volverse ninguna de las dos. Me dejó algo más valioso que su presencia diaria: me dejó la prueba de que una madre puede amar y no tolerar. Que amar no es aguantarlo todo. Si ella se hubiera quedado, yo habría tenido una madre amargada, que me habría odiado por robarle la vida. Al irse, aunque me dolió, me dejó espacio para quererla como mujer, no solo como función. Ahora cuando viajo sola tres días sin mis hijos, sin culpa, es por ella. Me enseñó que una madre que respira vuelve todo mejor, y que una que se queda asfixiada contamina todo. Papá nos dijo que mi mamá era egoísta, que las buenas madres no se van. Si se hubiera quedado, ¿qué madre habría tenido yo? La que nos enseñaba a mentir. La que nos decía obedezcan a su esposo aunque ustedes se nulifiquen. Yo no quiero eso para mi hija. Ahora entiendo que irse no fue “no las quiero”. Fue “no puedo quererlas bien si me quedo.” Necesitó irse para tener lo que no tenía y que yo sí tengo gracias a que ella se atrevió. No la perdono porque no hay nada que perdonar. Le agradezco. Porque gracias a su portazo, yo puedo decirle a mi pareja “no me hables así.” Ella pagó el precio de ser la primera en la familia que hizo un gran sacrificio por ser ella misma.


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