387 — Lo Visual Y Lo Auditivo En Los Peques

Sal Nuñez

Luna tiene 33 semanas de vida a partir de su nacimiento. Mientras sus papas cumplen con el compromiso de una boda en Colombia, la tendremos Geo y yo casi una semana entera. Estamos felices. Ojalá y que ella también lo esté. Nos experimentaremos juntos. Su abuela ya es uno de los laboratorios donde Luna ensaya variaciones de carácter, actitudes, humor, niveles de tolerancia, capacidades y predictibilidad. Yo me encargo de su nutrición y entretenimiento cuando su abuela está ocupada en algo imprescindible. Le resulto un espécimen extraño e impredecible porque no hago lo que otros adultos hacen con ella cuando la cuidan: Toman uno de los juguetes que ella selecciona y la acompañan como si fueran compañeritos. O le leen un cuento de los que ella propone. Su abuelo, deliberada e impunemente, no hace nada de lo que ella ha estado acostumbrada a hacer con un adulto. Se comporta en forma impredecible y eso la divierte cuando está con humor de experimentar. Ejemplos: la mete en una caja de cartón colocado sobre un tapete, y la pasea por toda la casa; utiliza relojes de arena para enseñarle a comparar las dimensiones temporales de 1, 3, 5, 10, 15, y 30 minutos; le inventa improvisadamente historias cortas de cinco personajes donde ella es uno, para que visualice un relato ella se imagine lo que acontece en el relato estrambótico. Mi intención es contribuir más a su desarrollo auditivo estimulando su imaginación, creando imágenes que se le ocurran, y ampliando su umbral de atención hasta el final del relato. Siento cómo su corazón se acelera cuando participa con su abuelo de estas actividades, y su respiración se aleja de lo repetitivo. Aunque ayer me sustituyó mi sobrino GPCO en entretenerla; y ella evidenció haber superado la androfobia que exhibía de bebé.

Cuando yo era un preescolar, los estímulos visuales y auditivos en casa eran menos de una fracción de lo que envuelven y sumergen a los niños de ahora. No me opongo ni critico a la realidad tal cual es. Pero observo que los niños de ahora escuchan mucho más y entienden mucho menos que los de mi infancia. Aparte de la tecnología de pantallas con estridentes colores y audios vertiginosos creo que hay otras razones básicas que me lo explican:

1) La cantidad de estímulos visuales totales, a los que están sujetos los niños de hoy es diez veces mayor a lo que yo tuve de niño preescolar: sin TV, solamente con un radio que ni me pertenecía.

2) La cantidad de estímulos visuales por hora (la frecuencia de imágenes diversas en una hora), también es diez veces superior a la que yo tuve. Incluso en el cine, donde las historias y las palabras eran lentas.

3) La mayoría de los estímulos visuales ahora están sincronizados con ruidos y sonidos que entran en el zaguán de la atención de los y son más del triple de los sonidos por minuto a los que estuve yo expuesto.

4) El sistema nervioso de los niños de hoy es muy distinto, según se requiere para discernir la sustancia o el sentido que le acarrean tal abundancia de estímulos originados en las pantallas y las personas.

A mí me pasa hoy como el siglo pasado le su sucedía a un aborigen selvático cuando llegaba al centro de una metrópoli llena de luces, sonidos, y aparadores. Para los niños de hoy hablamos de un sistema nervioso distinto del que se tienen que encargar padres y maestros. No necesariamente los abuelos. Por lo que esta semana hago uso de mi prerrogativa con Luna, subordinado a la supervisión y juicio de su abuela. La que hasta el momento avala los resultados. Ella también procede de una infancia habituada a la voz humana, en vivo, y a las actividades manuales dialogadas durante un juego. No digo que son mejores o peores las prácticas de antes. La diferencia estriba entre el estímulo visual y el auditivo. Si yo tomo un libro con imágenes y frases cortas, mi nieta quiere que repita las palabras que ha asociado con las imágenes y que lo haga al ritmo que está acostumbrada mientras ella mira las figuras. Como repite conmigo lo que hace con otros adultos, guía las pausas para indicarme dónde está el delfín o el búho. Eso está bien, es otra manera de ejercitar su habilidad de explicación. Pero en realidad pudiera yo ser la voz de un audiolibro y ambos estaríamos privados del vínculo divertido y emocional de convivir entreteniéndonos. Por eso, dejo que le lean otros y yo le improviso historias apócrifas en las que ella es uno de los 5 personajes del cuento que le inventa/relata su abuelo a un ritmo pausado de ~ 90 palabras por minuto; sin efectos de sonido ni acciones sorpresivas.

El cerebro preescolar es auditivo por naturaleza. El lenguaje entra por oído. Pero creo que hoy le damos el triple de carga de estímulos al ojo que al oído. Creo que saturamos visualmente a los niños y le damos mucha menor importancia a que funcionalmente sean más auditivos de lo que observo. Eso no es un defecto. Es la realidad impuesta por Disney y por Marvel en todo el planeta. Para mí esta diferencia es clave porque para aprender a leer correctamente es necesario sostener la atención y retener en la mente unas palabras que harán sentido cuando se escuchen las siguientes. Eso es imprescindible para aprender el castellano y no tanto en inglés. Ejemplifico: La frase que inicia con: Era de noche y llovía torrencialmente (32 letras) requiere que el que escucha aguarde atento para saber más. Esto en inglés no se hace, la traducción computarizada es: It was night and it was raining torrentially. Hay que agregar un it que en castellano se sobreentiende ampliando nuestro umbral de atención. Los que no somos angloparlantes nos confundimos con este tipo de añadiduras de sujeto en las oraciones para aprender correctamente el idioma inglés. Por eso le invento relatos a mi nieta que le llaman la atención cuando ella participa en la historia en la que un bebé dinosaurio vuela o una unicornia se pedorrea en una alberca. Ella tiene que imaginar esos personajes del cuento en el que participa, y se queda callada y pendiente para completar las escenas siempre divertidas.

En mi infancia creábamos sonidos. La mayoría de los niños de hoy oprimen botones para escuchar cualquier sonido digitalizado. Ayer le di toques a mi termo metálico con una cuchara y mi nieta dijo: Una campana. Me gustó el detalle. Me disgusta (lo confieso) que me traiga su caja de sonidos y cada botón cause la emisión de un sonido distinto: digitalizado, electrónico. En el desarrollo de todo niño pueden existir problemas no tan evidentes como la fractura de un hueso, pero si igual de discapacitantes. Uno de ellos es la disfunción del procesamiento sensorial, un problema relacionado con una inadecuada integración de las sensaciones internas y externas en el cerebro que puede provocar que niños brillantes cognitivamente no sean capaces de aprender a montar en bicicleta, y que niños que viven en un entorno rico en estímulos tengan problemas importantes de comportamiento. Los problemas de integración sensorial no son siempre evidentes, pero sí muy graves debido a las importantes repercusiones que estos tendrán en la participación del niño en las diferentes actividades de su vida diaria. Mi nieta no da atisbos de nada de ello. Pero el tiempo que interactúa con su abuelo siempre obedece a una intención positiva para irla ayudando a crecer.

El proceso de la integración sensorial, como los latidos del corazón, o la respiración, sucede de manera automática en la mayor parte de las personas, razón por la cual nadie suele pensar en dicho proceso de modo consciente. Del mismo modo es difícil que alguien pueda plantearse que un déficit en este proceso pueda ser la causa de que un niño se niegue a probar diferentes tipos de alimentos o a vestirse con ciertos tejidos. Las disfunciones en la integración sensorial tienden a pasar inadvertidas para aquellas personas no entrenadas en su detección. En la mayor parte de los casos, son los propios padres los que, sin saber nada del sistema nervioso y sin comprender concretamente qué es lo que pasa, son capaces de describir de manera detallada el problema de sus hijos para procesar la información sensorial de forma correcta. La infancia y la primera infancia se caracterizan por relaciones dinámicas entre las diferentes dimensiones del desarrollo humano, incluyendo las capacidades emocionales, sociales, del lenguaje, lo cognitivo, lo regulatorio-sensorial y lo motriz. Actualmente no existe un sistema de clasificación que describa los desafíos en cada una de estas áreas de funcionamiento y las relaciones entre ellas.

El nuevo Manual de Diagnóstico del Consejo Interdisciplinario de Trastornos del Desarrollo y del Aprendizaje para Bebés y Niños Pequeños (ICDL-DMIC) utiliza un enfoque integral que incluye trastornos interactivos, neuro-desarrollativos, regulatorio-sensoriales, del lenguaje y del aprendizaje. Enfatiza las múltiples relaciones entre diferentes áreas del desarrollo y puede identificar a los bebés y niños pequeños que presentan un tipo específico de problema pero que a menudo presentan dificultades en otras áreas del funcionamiento. Por ejemplo, un niño en edad preescolar con problemas de control de impulsos suele tener dificultades en cuanto a patrones de interacción con su cuidador y en diferentes aspectos del procesamiento sensorial, el lenguaje y la cognición. De manera similar, los niños con problemas de lenguaje también pueden evidenciar contribuciones en la planificación motora y la secuenciación y otros aspectos del procesamiento sensorial. Los desafíos en cualquier área pueden descarrilar tanto un desarrollo emocional saludable, como las relaciones personales. El gobierno de EE UU trabaja en estos aspectos desde hace 30 años, en el programa de Desarrollo Clínico Infantil (NIMH).

*La Academia Americana de Pediatría llama desplazamiento sensorial a la migración de la importancia de los estímulos auditivos a los visuales; que entrena a los infantes a lo visual rápido, que les provoca que la corteza cerebral les pida más velocidad, y deja la sección auditiva con menos entrenamiento para discriminar fonemas en un ruido. Por eso hoy hay más niños que oyen bien pero no entienden cuando hay ruido de fondo, y se les etiqueta como distraídos. No son más inteligentes por ver más. Están saturados de estímulos. Y el poco tiempo que mi nieta me asigna para divertirse o aprender algo, lo recibe de un abuelo siempre solícito y diligente; aunque aparentemente excéntrico y ocurrente. Lo importante es que sabemos entendernos.


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