388 — La Disfrutable Liviandad Del Ser

Sal Nuñez

En el español mexicano se usan coloquialmente los términos sangre liviana y sangre pesada para diferenciar, con vaguedad, el temperamento que exhiben las personas al interactuar con otras en cualquier circunstancia de la vida. Ayer convivimos varias horas con dos lectores de estos textos: NPS y GPCO, a los que incluyo en la primera clasificación. Dos personas que caen bien, sin esforzarse y aligeran el ambiente que comparten. A pesar de que transcurran muchos años de no tratarse, después de cinco minutos, parece que se reinstala la conversación en vivo con ellas como si se hubiese suspendido el día anterior. Se ríen con facilidad, no se toman las bromas personales, aunque a otros les parezcan pesadas o de mal gusto. No juzgan lo que uno les confía. Tienen ángel. Caen bien. Son a toda madre. Sin saber por qué nos agrada tenerlos cerca. No es que su físico sea atractivo y su conversación chistosa, es que no hay que soportarlos porque no pesan. Son de sangre liviana. Todo lo contrario, en el otro tipo de personas cuya presencia cansa; que cuando se insertan socialmente en un grupo, tensan el ambiente. Porque todo lo critican, muchas cosas les molestan, y con frecuencia hacen comentarios que incomodan. Se quejan, son envidiosos, siempre quieren tener la razón, emiten malas vibras. Le drenan la energía a uno a los 2 minutos del encuentro. La gente de sangre liviana nos quita las penas. Las de sangre pesada nos las deja, y agrega las suyas. Y eso no tiene arreglo. En Monterrey escuché a un anfitrión decir: Se puede ser educado con alguien de sangre pesada, pero nunca invitarlo a una carne asada.

Alivianar es de los verbos más mexicanos y más útiles que hay. Viene de un origen múltiple y rizomático, como una palabra-comodín aplicable en acepciones muy distintas como: aligerar, aliviar, apoyar, calmar, socorrer, tranquilizar, ayudar, relajar, quitar peso, echar la mano, compartir, hacer el paro, etc. El significado de esta palabra siempre conlleva un mensaje de solidaridad superior al de una empatía pasiva. Uno siente que las personas alivianadas son de hecho como de nuestra familia inmediata, los sentimos y nos sienten solidarios en cualquier situación. Es la relación ideal entre los mexicanos. Las personas alivianadas jalan, no se clavan, rompen la tensión, no se encajan, no son fresas ni mamones, mejoran los ambientes. Como son nuestro huésped temporal GPCO y nuestra visitante de ayer NPS quien hizo escala para degustar un exquisito caldillo duranguense en su ruta de Minnesota a Monterrey.

Mientras aguardábamos el desembarco de NPS, GPCO me dio un testimonio de su tipo de temperamento sanguíneo al referirme su experiencia de tres años trabajando en un bar en Inglaterra. Me habló de los estereotipos de los tomadores asiduos que se reúnen a ingerir bebidas alcohólicas. Por lo general son estudiantes universitarios que se sienten liberados de las restricciones familiares y beben de pie casi tanto como lo que hablan. Pero también están los que se sientan en los banquillos de la barra a beber solos, porque si lo hacen en casa se deprimen. Tras repetidas visitas, le pagaban una copa mientras le contaban sus penas. Traduzco: le convidaban al cantinero de lo que ingerían, por el aliviane que recibían. Ya que, bebiendo a solas en casa, hay más riesgo psicológico porque la introspección aislada hace rumiar negativamente al bebedor. Y es que el proceso del cerebro para transmutar la misma molécula de alcohol es distinto en un bar que a solas en casa: un sitio carente de distracciones y de euforia ajena. El sentimiento egocentrista trae ansiedad en la soledad, pero se disipa en un ambiente concurrido donde aleatoriamente el bebedor es observado, y se siente vigilado. Su cerebro está más alerta. Lo que no le pasa en casa.

Y una conversación intermitente sobre cualquier tema en la que el cantinero se limita a escuchar, les sirve de terapia. Se desinhiben, les disminuye la ansiedad. El alcohol reduce el filtro de autorrevelación. Después del primer trago (lubricante social) les da por hablarle a un extraño por el aliviane del intercesor. Tal es así, que a pesar de haber dejado ese oficio hace años, aquellos clientes que le invitaban a una copa que no podía rehusar (parte de su trabajo es que la gente consuma en el bar), siguen en esporádico contacto con él. Su capacidad de escucha encaja perfectamente con sus actividades previas de croupier en un casino mexicano, y ahora de un instalador y desmontador en las carreras de F1 porque ha sido entrenado para ello desde la edad de Luna mi nieta. La madre y las dos hermanas mayores de GPCO hablan incesantemente a una velocidad de 200-250 palabras por minuto. Su padre lo hace a 20. Como él.

Sus dos hermanas mayores desde sus primeros dos años: interpretaron, anticiparon, corrigieron, completaron sus frases, y usaron sus propias palabras para que los demás lo entendieran. En familias con hijas mayores muy competente verbalmente, el tiempo en que el hijo menor tiene el turno de palabra siempre es menos del 10% a la hora de la comida familiar. El niño jamás compite por hablar. A lo sumo lo hace para meter una palabra entre dos personas. La consecuencia a largo plazo es un estilo telegráfico y funcional: frases cortas, de alta precisión, sin rodeos. No es déficit de lenguaje, es eficiencia aprendida. El promedio medido al habla de las madres con sus hijos es de ~ 150 palabras por minuto. Opino que la madre y las hermanas de GPCO hablan arriba de esa cifra. Creo que son escasas las veces en que su madre deja un silencio de 2-3 segundos para que el hijo tome el turno. Lo supongo porque a veces ella se hace preguntas y se responde sola. Y encadena 4-5 enunciados sin pausa. No dudo de que interrumpía el intento del niño ante cualquier titubeo. Por lo que éste aprendió que si no habla rápido y corto, su punto de vista no es tomado en cuenta. Y que si intenta decir un párrafo de 3 oraciones, lo van a interrumpir tras la primera. Por lo que desde entonces ha adoptado un rol de receptor, nunca de narrador. Los niños con madres de alta verbosidad y baja responsividad, muestran en los tests grupales un largo medio de enunciados 20% más corto que los demás, pero una comprensión auditiva 15% superior. Entienden todo, producen poco. Son excelentes oyentes.

Cuando se le suma a la verborrea de la madre que no deja huecos, a la de las hijas mayores que interpretan al hermano pequeño, se establece el sistema perfecto para que nunca necesite construir un párrafo. Baja su necesidad porque lo entienden con poco. Baja su oportunidad porque no hay espacio para explayarse. Y hay una alta recompensa por ser breve: cuando dice algo corto, por fin le hacen caso y se callan lo suficiente para que se manifieste. De adulto, ese patrón se queda como estilo conversacional. No es inseguridad, es aprendizaje pragmático. Habla en frases aisladas porque así asegura que cada frase caiga limpia, sin ser interrumpido. Evita párrafos porque en su historia familiar, los párrafos eran invadidos. Parece poco expresivo, pero si uno le da un contexto 1 a 1, sin interrupciones y sin una hermana que complete, a los 10 minutos empieza a hilar párrafos largos. No le falta la capacidad, le faltó el andamiaje para practicarla. Ese es el núcleo de todo. *El rol de receptor vs narrador no se elige, se le asigna en la mesa de la cocina a los 3 años y lo desempeña profesionalmente por el resto de su vida.

En cualquier conversación hay 2 puestos. El narrador abre el tema, lo sostiene, lo expande y espera que lo sigan. Ocupa 70% del aire. Controla el ritmo. Puede hacer párrafos porque nadie le va a quitar el piso. El receptor confirma, responde corto, regula. Dice: Ajá, sí, ¿y luego?. Ocupa 30% del aire. Su trabajo es hacer que el narrador siga narrando. No puede hacer párrafos porque su función es no interrumpir el flujo del otro. En la familia de GPCO la jefa es una narradora crónica y las hijas mayores también. Por lo que el menor y el padre son receptores especializados. No porque sean callados de temperamento. Es porque alguien tiene que hacerlo para que la conversación familiar no colapse. Si todos narran a la vez, es un caos. Ese sistema familiar le asigna al más pequeño el rol de amortiguador. Ser receptor crónico de adulto no es competir con historias. Es aprender a escuchar con alta resolución; a desarrollar una comprensión de alto nivel y a emitir muestras de empatía; a detectar incongruencias, tonos, mentiras. GPCO lleva 30 años entrenando el oído, no la boca, y observando para luego hacer algo manual.

El receptor no se queda sin inteligencia, la mueve de lugar, la desplaza. GPCO la sacó de la boca y la metió en sus manos. Eso está muy documentado en la psicología del desarrollo. Si en el septenio 1º el cerebro del niño aprende que el canal verbal está saturado (madre habla, hermanas traducen) pero tiene la misma necesidad de entender que cualquier niño, cambia de canal. Deja de competir por el canal auditivo-verbal y potencia otros canales donde no lo pueden interrumpir. Desarrolla su inteligencia manual: habla con sus manos, arma y desarma todo. Porque un juguete desarmado no lo interrumpe. Puede estar 40 minutos en silencio armando un Lego. Desarrolla sus habilidades motrices, ata nudos, arregla las cosas, aprieta tornillos, su lenguaje es la herramienta. Su lógica es: si no puedo explicar de palabra con un párrafo cómo funcionan las cosas, las muestro funcionando. Aprende por ensayo físico, no por instrucción verbal. Tiene una memoria muscular brutal. Por eso muchos receptores son buenísimos en deportes de reacción donde no hay tiempo de narrar, hay que reaccionar. Aunque son malos en deportes de estrategia hablada. Leen las mandíbulas de cada interlocutor. Su inteligencia es espacial. Ubican todo. Saben dónde están las llaves que todos perdieron, recuerda cómo estaba acomodada la bodega. En el trabajo, el receptor suele ser el que todos buscan cuando algo físico no funciona. No porque estudió más, sino porque su atención nunca estuvo en la conversación, estuvo en el entorno.

No es fortuito que Geo se preparó para la visita de GPCO con una lista que lo tuvo callado haciendo cosas durante varias horas dentro y fuera de la casa. Y él ya lo sabía y con sus manos hizo lo que nos ablanda el corazón y nos predispone a darle de comer lo que más pueda gustarle. A mí no me explicó su trabajo en párrafos, pero me escuchó sin interrumpirme; porque sabe lo que se siente ser interrumpido. Estoy seguro de que, en casa, cuando se enoja, no discute, se va a hacer algo con las manos. Regula con el cuerpo lo que no regula con la palabra. Geo y yo no le pedimos que nos exprese sus sentimientos, pero los observamos en acción entreteniendo pacientemente a nuestra nieta. Ensenándole juegos activos que requieren del vigor y la agilidad que ya se me fue.

Por primera vez, NPS probó el caldillo duranguense y quedó tan seducida por esta delicia, que se sirvió tres veces. No dudo de que lo repetirá en casa en compañía de sus gemelos varones y su par de hijas igualmente asertivas. NPS emprende la ruta de ser otra persona. Está en la bisagra de la vida que la lleva del septenio 8º al 9º. La acaba de contratar una exitosa empresa de Hangzhou situada en la desembocadura del río que separa Shanghái y Ningbo. Hangzhou es una de las ciudades chinas con más renombre durante el último milenio. Su lago es Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO. Nos faltó tiempo para platicar pero lo que iniciamos ayer indudablemente que tendrá secuelas. Hoy, GPCO se regresó a Austin a la competencia F1 que creemos habrá de darle el campeonato mundial a Kimi Antonelli, y convertirlo en el más joven campeón de todos los tiempos. El primogénito de GPCO se llama Kimi.


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