Sal Nuñez
Cómo a la mayoría de los de mi generación, nuestras madres nos enseñaron lo que ellas consideraban la forma correcta de orinar. Mi caso en la tierna infancia, en cuanto pude pararme, fue para mí mucho más divertido que para cualquiera de mis hijos. Porque crecí en los aserraderos de la sierra de Durango. Había un incentivo para evolucionar de la bacinica dentro de la casa de madera, a la tierra apisonada en el exterior. Me sentía en absoluta libertad.
Mi madre sólo atendía a que yo terminase para volverme a poner un calzón de los que ella hacía, y me ajustaba con un cordón. Nada de resorte ni bragueta absorbente. Yo feliz. Me sostenía el puerto de salida con la diestra, con ambas, o con la izquierda si traía algo en la mano derecha que no quería soltar. lUnas veces pujaba para medir la distancia de mis pies hasta la caída del chorro. Otras iba haciendo viboritas a izquierda y derecha. En otras trataba de horadar un pocito lleno de líquido amarillo y espumoso, como sidra navideña. Perseguía algún insecto rastrero hasta agotar la carga de mi lanzaorines. O evaluaban los efectos del orín sobre las plantas cercanas. Mi madre en lo suyo: desgranando mazorcas, moliendo el nixtamal, preparando comida, alimentando gallinas...
Cuatro años gocé de esa plena libertad silvestre para seguir todos los dictados de mi curiosidad ante las funciones de mi aparato excretor. Hasta que me fue acotada cuando nos mudamos a la ciudad. El proceso de domesticación me arrebató de cuajo mis proyectos aleatorios de irrigación natural. Mis hijos no pasaron por el purgatorio de la bacinica.
Sus madres los iniciaron pronto a que orinaran durante un baño de regadera. A que siempre levantaran tapa y asiento y fueran certeros con su puntería. El menor, criado de abuela, hasta la edad de 5 años hizo pipí siempre sentado. Los demás fueron regañados incontables veces por salpicar de orines el asiento del excusado. Y es que por más que siguieran las instrucciones, la presión de la vejiga y la configuración interior del tracto urinario determinan el resultado. No siempre del agrado de las mamás que piensan que la riegan por no seguir las instrucciones al pie de la letra: "¡Preparen. Apunten. Fuego!".
Cómo si la uretra fuera un metálico tubo de rifle cuyo contenido que siempre da en el blanco si el soldado ha sido bien entrenado y es obediente. Pero como las mamás no admitirían falla en sus instrucciones. Aducen que el niño, es rebelde, no le importa, es desobediente, o tiene algún déficit de conducta que no le han diagnosticado. En contraste con mi experiencia, cero libertad, cero creatividad, cero desarrollo de investigación científica, cero alegría.
Llegué a la vejez. Predecible y plácidamente. El segmento de la vida en que se invierten los tres pasos del proceso que les enseñaron a mis hijos. Ahora es: ¡Fuego. Apunten Preparen!
Si escucho el ruido de agua que fluye o estoy lejos del baño: fuego. Cuando llego al mingitorio o excusado: apunto casi siempre con reprobable puntería. Es decir, mis ductos están flácidos como el cuello de un globo sin aire. Si tengo tiempo puedo enmendar el rumbo. O si uso ambas manos para alinear el torrente. Pero en las urgencias, rara vez doy en el blanco aunque sea un muy visible y poroso hule rojo. Y no soy el único. No hay baño público que tenga el piso perfectamente seco bajo el mingitorio.
Y eso pasa muchas veces más con los que no estamos circuncidados. Pues con frecuencia la tortuga esconde su cabeza aunque proteste a gritos la próstata, o la tiene enmarañada en vello púbico. Resolver esta situación para tener éxito en el paso de 'apunten' merece en pago algunos errabundos mililitros. Lo que conduce a revisar los preparativos previos.
Ya no compro pantalones color caki o gris. Delatan mis incidentes de incontinencia por abrir fuego antes de apuntar. Uso truzas con el frente acojinado. Antes de desplazarme de una dirección a otra, paso al desagüe. Visito más seguido el inodoro antes de la hora de vencimiento del abono.
Y para prepararme aún mejor, busco testimonios y resultados científicamente comprobados en los sitios médicos del internet, para documentar mi condición y defender mi causa ante los recurrentes reclamos de mi compañera cuyo razonamiento es maniqueo: "todos los hombres son unos cochinos, y nunca limpian lo que ensucian". Aunque es una batalla perdida hace años. No matter what.