Entrega 12

Sal Nuñez

"Los párrafos cortos mantienen viva una conversación de texto, fluye mejor. Así no tienes a la otra persona esperando tanto tiempo. Puedes picarle INTRO más seguido y seguir escribiendo", esto me dijo mi hijo en 4 mensajes distintos transmitidos por WhatsApp. Poco tiempo después abandoné mi intención de transmitirle con elocuencia y originalidad mi pensamiento junto a las emociones asociadas a ciertos conceptos, por considerarlo estéril. Así es la vida.

Mi manera de adaptarme es tratar menos a quien capta mejor la comunicación en textos cortos desprovistos de recursos literarios que favorecen la intimidad. Porque es infructuoso hacerlo con quien la mayor parte de su día se comunica como le funciona. Como hacen los demás. Porque los viejos somos torpes en el teclado del celular. Porque mi umbral de atención es mucho mayor al de mis hijos menores. La generación de ellos se caracteriza por la disgrafia: se les dificulta escribir ensayos, cuartillas, reportes... Y optan por dictarle a un dispositivo y enviarlo como texto, o dejar un mensaje telefónico grabado.

Otro de mis hijos me dijo hace diez años: "Papá, todo lo que realmente me interesa lo encuentro con mi celular. Deseo escuchar lo que quieras decirme siempre y cuando no te excedas de 30 segundos". No lo dijo con ánimo de ofender. Lo dijo con más sinceridad que empatía. Él tenía 29, yo, 68. Imposible que se pusiera en mis zapatos. A esa edad yo no me calzaba los zapatos de mi padre.

Tenía diez años cuando ví por vez primera una televisión en el aparador de una tienda. Para entonces ya había leído docenas de novelas detectivescas, de vaqueros, de literatura infantil, y había memorizado una docena de poemas para competir en concursos escolares. La extensión de mi vocabulario impresionaba. Algunos adultos me miraban como si yo fuera un erudito precoz. No era tal. Quiénes así opinaban eran personas sin hábitos de lectura. Desprovistos de la habilidad de expresar las emociones que tienen. Mucho menos describir las de otros.

Los protagonistas de las películas que veía cuando puberto, hablaban en párrafos y el promedio de duración de cada escena era de 10 segundos. Las noticias viajaban con parsimonia y las imágenes que les correspondían se referían a hechos acontecidos semanas antes, pues era necesario revelar y editar los rollos de acetato, antes de insertarles en la banda sonora, el texto correspondiente. Ahora, el planeta culturalmente esculpido por Disney, nos ha condicionado a escenas de fracción de segundo que anestesian el raciocinio y nos dejan catatónicos.

Ingresé de 14 años al bachillerato de dos años en el Tecnológico de Monterrey. Todos debíamos de cursar filosofía, literatura, inglés , e historia. En ambos las 4 me fue muy bien porque provenía de una primaria jesuita y una secundaria lasallista. Y en ambos sistemas educativos se preocupan por mejorar el software cerebral de los alumnos en ambos hemisferios. El mensaje subliminal del ITESM de entonces hacia los alumnos era: "aprende la tecnología que te produzca dinero". En otras palabras: "aquí educamos exclusivamente el hemisferio izquierdo de los alumnos". En las parrandas de los fines de semana no faltaba un camarada borrachín que me dijera:

- Pinche Núñez, ¡me siento a toda madre!

- ¿Cómo?

- Pues chingón, güey. ¿Qué no entiendes?

Y ya cerca de la madrugada, ida la ebullición de la convivencia y algunos colegas, otro me decía:

- Pinche Núñez, no sé cómo me siento. Ando agüitado. Como que no sé qué pedo conmigo...

Fast forward.

En estas épocas el tema de la inteligencia emocional está en boga. Una de las premisas es que si uno es incapaz de verbalizar con precisión las emociones propias. Uno está impedido de describir las que percibe en quien tiene enfrente. Y esa falta de empatía yace en la raíz del nocivo bullying, y en un gran porcentaje de los divorcios. A contrasentido: son más longevos y felices en la vida quienes carecen de estrés. Lo que está vinculado con la verbalización de las emociones.

En la Universidad Yale, desarrollaron una matriz de 100 palabras que describen tanto el tipo de emoción como el nivel de la misma. E imparten clases a niños para que incorporen en su vocabulario cotidiano estos cuatro grupos de 25 palabras c/u. Anexo graficas.

Ya es ésto muy tarde para mis hijos. En mi generación repetíamos el romanticismo de los tríos mientras pasábamos noches enteras en partidas de dominó. Mis hijos ahora escuchan música electrónica, donde el ritmo y la mezcla de sonidos reemplaza a la armonia y a las palabras mientras compiten en un juego electrónico que veta cualquier tema de conversación. Y en situaciones sensibles me dicen:

- No sé cómo me siento, Pa. Como que no me hallo. No sé si me entiendes.


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