281 — El tiempo abunda, no así la libertad.

Sal Nuñez

MSB, gracias por votar a favor de leerme en tu celular; aunque tu visión en tu 14º septenio a veces te atribula. Aquí sigo. La mayoría de quienes respondieron solicitan que estos textos les lleguen a sus celulares. Ánimo. No hay más tiempo que el que nos ha tocado. A mí me quedan creo que 7500 días antes de mi fecha de caducidad. Reconocerlo es una invitación a aceptar la finitud del tiempo y a valorar el presente que me toca donde me halle viviendo la vida según mi libre albedrío. Cada uno dispone únicamente del tiempo que le ha sido asignado (piensan algunos creyentes) o que nos corresponde vivir (pensamos los incrédulos). Pues el pasado ya no está y el futuro es incierto. Ante la inevitabilidad del paso del tiempo, y a la edad que tenemos, se vuelven imperiosas varias cuestiones: la necesidad de disfrutar conscientemente el momento presente, tener siempre en mente por lo menos un propósito altruista que influya en mi diario comportamiento, actuar con respeto y responsabilidad hacia los que conviven conmigo, desahuciar las expectativas excesivas, reducir la ansiedad por lo que es imposible cambiar, priorizar acciones y objetivos coherentes con los valores que arropamos en el septenio que corresponda, evitar la procrastinación y el desperdicio innecesario de energías. Y ser feliz sin empeñarnos en ello; pues ser feliz es mucho más loable que no ser desgraciado.

Todo eso implica la valoración del tiempo presente, tomando conciencia de cada instante que vivo para aprovechar de manera significativa el tiempo que me resta, dedicándolo a lo que realmente importa: relaciones personales con cada banda de un arco iris generacional, aprender, y disfrutar de experiencias enriquecedoras... todo desde una perspectiva emocional y motivacional. Reflexionar me serena y motiva. Compartirlo en estos textos les da mantenimiento a mis redes neuronales en activo; todavía más que las pasivas. En la emisión previa la mayoría votó por leerme en WhatsApp porque se les facilita hacerlo en tiempos muertos (a espera de algo que no llega). También me pidieron desligar párrafos para disminuir confusiones. Acato.

Por un lado, escribir me conduce a aceptar mi finitud, lo que me acarrea paz; por otro, me impulsa a vivir con intensidad según lo que corresponda al propósito, dado que el tiempo es un recurso que no se puede recuperar lo que nos inspira el aprecio por la vida y la urgencia de vivir auténticamente. Ya que no estuve cotidianamente con ninguno de mis cuatro abuelos y ambos padres, atestiguando su proceso por la mengua de varias facultades físicas y mentales, por el deterioro o caducidad de otras, tengo que autocapacitarme pacientemente en mi propio proceso de envejecimiento, deterioro, senectud, aislamiento, y obsolescencia. Suena tétrica la realidad. Así son muchos sueños a los que pronto nos sobreponemos olvidando las imágenes primero que las emociones. Como recién le dije a una lectora: las emociones siempre son reales, los recuerdos no son verdades fiables.

Y a través de estos “Consejos de Viejo”, le refiero a quien le interese lo que implica transcurrir por el 12º septenio de vida. La mudanza #12 de piel por fuera y las nuevas partituras sobre el pentagrama del cerebro. Esta arenga es un llamado a vivir plenamente el presente, a valorar cada experiencia, y a actuar con intención altruista, reconociendo la limitación natural de nuestro tiempo en el mundo, la ineludible ausencia de personas queridas (vivas o fallecidas) por el resto de vida, y la adecuación a las nuevas oportunidades según nuestra disposición y posibilidades.

Desde hace un trimestre, tengo el deseado y asignado rol de proveer de alimentos a cada miembro de la familia cercana. Con el alce al precio de la gasolina es más conveniente la entrega a domicilio de Amazon que la visita al supermercado. Así que cuando no escribo, hago las compras del mandado; sin canasta ni el rebozo de bolita que vestía la patita de Gabilondo Soler. Todo lo encuentro y en varias opciones para cocinar como obliga el caso. Mi responsabilidad es poner sobre la mesa alimentos adecuados a Luna y apetecibles a sus padres y a su abuela. Por adecuados, me refiero a lo recomendado por su pediatra, y a la etapa de su desarrollo. Ella yace en el centro de mi actividad culinaria. Tiene apenas 33 meses de edad. La interacción entre sus papilas y sus neuronas se está fraguando con mi contribución. Me lo tomo en serio. Su cerebro es como plastilina que con frecuencia la impulsa a rechazar lo que es inconveniente: muchas cosas de las cinco categorías que debe detectar, clasificar, y rechazar o aceptar por su sabor, textura, o dimensiones del bocado que pretende deglutir por una tráquea de medio centímetro de diámetro y cinco de longitud.

Los padres primerizos cuentan con el fuerte apoyo de su instinto y la asesoría de sus propias madres. Un abuelo cocinero es un caso aislado con un instinto por descubrir. Fui padre en una época en que Beechnut, Gerber, Kellogg, y Nestlé no estaban controlados en los productos procesados que vendían y la persuasiva publicidad les había encumbrado las ventas. Las madres de entonces amamantaban a sus bebés por lo menos nueve meses. Como lo siguen haciendo las indígenas en México. Para evitar el rechazo de las madres al ver que las emulsiones se separaban aun dentro del periodo de caducidad, les agregaban almidón a las papillas, endulzantes a los cereales, químicos higroscópicos a los polvos, y colores muy vivos a todas las golosinas. Por lo que adoptamos prácticas de no comprar alimentos procesados optando por cocinarlos en casa y congelarlos para usarlos recalentados los días siguientes. Íbamos contra lo establecido. Nos llamaban los “contra cultura”. Las nuevas generaciones hacen otras cosas que les dicta el internet o les aconseja su LLM (Long Language Model) de la inteligencia artificial especializada en “predecir” el interés de quien lo accesa en su celular. Por ello, afortunadamente, hoy cuento con más información que aire puro y mi LLM me aporta apabullantes y actualizados datos relevantes a mi rol de chef-abuelo primerizo. Mañana prosigo. Me propuse parar cerca del millar de palabras por vez.


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